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    La imperfeccionista

    Fleabag, en Amazon Prime Video

    “A veces pienso que no sería tan feminista si tuviera las tetas más grandes”, dice Fleabag (Phoebe Waller-Bridge) en el cuarto episodio de la serie que lleva su nombre y que tiene enamorada a la crítica y a la audiencia de Amazon Prime Video desde el capítulo uno de la primera temporada. Y con razón.

    Fleabag es inteligente y sensual y disparatada. Como la misma Phoebe Waller-Bridge, creadora del personaje y su universo, tan bien retratados en esta ficción compuesta de dos temporadas de seis capítulos de menos de media hora cada uno. Y cada capítulo, hay que decirlo, es una joya que supera y a la vez enriquece al anterior.

    Está bien, Fleabag está de moda y Waller-Bridge está de moda (fue la encargada de pulir el guion de la próxima de James Bond) y entonces es fácil e incluso saludable desconfiar un poco antes de dedicarle medio minuto a ver qué pasa. Es fácil y saludable: está ambientada en Londres y la protagoniza una treintañera feminista que es dueña de un café y también, al parecer, de una vida rica en amores y de una vibrante y desprejuiciada libertad sexual. Y, para colmo, la protagonista le habla a la cámara, a los espectadores, un gesto posmo y cool que House of Cards explotó tan bien que posiblemente lo agotó.

    Pero no. Poco a poco se revela una realidad más turbia. Poco a poco se narra una historia más compleja, entre el drama y el humor, sobre una mujer que canaliza a través del sexo sentimientos de malestar y culpa, una persona que se mueve entre dos fuerzas, la del intenso anhelo por obtener y controlar todo aquello que refuerce su ego, y la fuerza irrefrenable del rechazo que le produce todo lo que no encaja dentro de su verdad. Una tragicómica historia, en definitiva, sobre la insatisfacción y el sufrimiento que este mecanismo de anhelo y aversión produce.

    La ficción nació de un monólogo que Waller-Bridge presentó en el festival Fringe de Edimburgo y con el que, al parecer, la hizo de goma. Waller-Bridge se mete con el sexo anal, la hipersexualidad, la masturbación femenina y la nueva masculinidad. Hereda de la pieza original la ruptura de la cuarta pared, que la comediante derriba con miradas cómplices, malabarismos gestuales y comentarios o apuntes en su gran mayoría humorísticos que funcionan como enriquecedoras notas al pie de página.

    Todo está rodeado de humor, lo que facilita la empatía hacia los personajes y también prepara el terreno para una revelación que golpea fuerte sobre el final de la primera temporada. Y si la primera temporada es sencillamente notable, la segunda sube la apuesta de una manera asombrosa. El capítulo que abre este tramo transcurre durante una cena donde se produce una revelación bastante terrible pero de una manera un poco retorcida. Y sí, también cómica. Otro capítulo incluye un diálogo entre una empresaria lesbiana (Kristin Scott Thomas) y Fleabag acerca de las mujeres y el dolor que es contundentemente bueno.

    Pasaron tres años entre ambas temporadas: la primera se emitió en 2016, esta nueva es de 2019. Y se nota que hay un trabajo fino detrás. Que Waller-Bridge supo aprovechar y observar a sus personajes y sus circunstancias: al cuñado alcohólico y repugnantemente cargador; a la madrastra (Olivia Colman, ganadora del Oscar por La favorita), artista talentosa que realiza una muestra dedicada a sus experiencias sexuales y en la que incluye el bidé con el que tuvo su primer orgasmo; a Claire, su hermana, impenetrable, capaz de organizar al detalle su propia fiesta de cumpleaños sorpresa; y a ella misma, Fleabag, que asegura que no está obsesionada con el sexo aunque llega a mirar a un perro con cariño, quiere acostarse con un cura y se masturba viendo un discurso de Barack Obama. Y están los novios y los chongos y los levantes ocasionales de la protagonista, que son casos aparte.

    Dato: Waller-Bridge es cuidadosa y respetuosa con sus personajes y ya dijo que no hay más que dos temporadas. No piensa estirar la serie ni mejorar lo que ya está muy bien. Y es genial que así sea.

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