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    La línea esencial

    Columnista de Búsqueda

    N° 1670 - 12 al 18 de Julio de 2012

    La filosofía del pórtico impactó sobre el pensamiento latino, mucho más pragmático, que si bien abrevó en sus fuentes, no dejó de considerar excesivas las observaciones de aquellos sabios que al amparo de la prosperidad material alejandrina y de la absoluta decadencia moral y de costumbres que se había enseñoreado de la sociedad griega al momento de la conquista romana, postularon ideas contrastadas.

    Las seis paradojas que ocupan a Marco Tulio Cicerón tienen la peculiaridad de presentar cierta silueta ambigua: algunas de ellas son paradojas en cualquiera de sus acepciones (de acuerdo a lo que informa el diccionario de la R.A.E, como idea extraña u opuesta a la común opinión y al sentir de las personas; como aserción inverosímil o absurda, que se presenta con apariencias de verdadera; como figura de pensamiento que consiste en emplear expresiones o frases que envuelven contradicción), pero otras no llegan a establecer plenamente ese juego de oposiciones imposible y quedan solamente como opiniones que están al margen de la luz pública, opiniones paralelas, tal vez, al gusto común o dominante.

    La paradoja III pertenece con legítimo título a la primera de las especies; es, con propiedad, una paradoja con toda la barba: “Los pecados y las buenas obras son iguales”.

    Lo bueno que tiene Cicerón es que no se inmuta, no presta atención al escándalo que conlleva la contradicción. Le sirve la proposición no para encadenarse a ella o para tratar vanamente de conjeturar acerca de la intención secreta de su oscuro y lejano autor, sino para hacer su propio negocio, para decir aquello que le interesa, para darse la oportunidad de una reflexión que ponga en el centro sus ideas.

    Y el centro lo constituye esta vez su singular concepto del pecado, que echa por tierra mucha de la buena literatura que desde siempre ha suscitado el fenómeno. Para el romano, el pecado tiene su raíz en la libertad del sujeto, algo muy parecido a lo que recién unas cuantas décadas más tarde se encontrará en el discurso del cristianismo: “Los pecados no se han de medir por los acontecimientos de las cosas, sino por los vicios de los hombres. Aquello en que se peca puede ser uno mayor o menor que otro; pero lo que es el pecar, de cualquier modo que lo tomes, es uno. Si un piloto pierde una nave cargada de oro o de paja, en esto hay alguna diferencia; pero la ignorancia del piloto la misma es en una cosa que en otra”.

    El eje de este concepto está en la idea no de grado sino de transgresión. Considera Cicerón que no interesa sustancialmente el alcance de la falta sino su comisión; lo que define al pecado no es el espectro de posibles afectaciones que engendra sino que se decida optar por el camino de sortear la norma para hacer algo: “El pecar es como el salirse de la línea; lo cual una vez hecho se comete culpa: mas cuán lejos se haya pasado una vez que se pasó, nada importa para acrecentar la culpa”.

    Es irrelevante, según esta mirada, fijar grados o montos en los efectos del pecado; lo que positivamente cuenta para quien juzga, y más, para quien se juzga, es la ilicitud de atravesar esa frontera que marca las esferas de la realidad sobre las que se debate la conciencia del hombre civilizado: la esfera del bien, del derecho, de la moral recta y, por oposición, la esfera del mal, de la discrecionalidad, de la inmoralidad convertida en norma. Reservamos los adjetivos “aberrante”, “abyecto”, “infame” y otros de análogos significados a aquellos que pretenden que es indiferente habitar de un lado u otro de esa clara línea que todas las sociedades evolucionadas han fatigado por trazar nítidamente para construir su destino en paz y con libertad.

    Conforme a los facinerosos dictados de la modalidad local, se conoce con el ruidoso nombre de democrático al proceso que define los privilegios y credenciales para atravesar impunemente, y con toda liviandad, la crucial línea.

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