N° 1782 - 18 al 24 de Setiembre de 2014
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEl célebre aforismo de Bernard Shaw —“el progreso depende del hombre irrazonable”— no alcanza a situar la complejidad del problema que se suscita en torno a esa religión de los tiempos fatuos que se ha dado en llamar Progreso. Lo que el dramaturgo quiso significar es que es el sentido crítico, la rebeldía ante la realidad lo que produce cambios, lo que permite tentar mejores realidades, no la molicie, no la resignación o la automática conformidad.
El concepto, hay que reconocerlo, es problemático. Si se entiende por progreso “avance”, “adelanto” o “perfeccionamiento”, es difícil apresurar una conjetura acerca de si es deseable o temible que exista una suerte de filosofía que auspicie o postule el progreso. Creo que lo más sensato es acotar la idea de progreso en la línea del concepto de avance dentro de un determinado paradigma o, incluso, aceptar que progreso también es una sustitución de un paradigma agotado por otro que dinamiza las preguntas y encuentra un método más adecuado para nuevas respuestas. Como bien lo señala Kuhn, muchas revoluciones científicas quebraron líneas de avance progresivo con novedades que estaban fuera de la agenda de los científicos.
La complicación con el progreso, es que distintas posiciones que están enfrentadas lo han defendido como producto privativo de su corriente específica. Así, por ejemplo, tenemos que en el campo de la epistemología la corriente inductivista sostuvo con mucha convicción que en la ciencia efectivamente se registra notoriamente un progreso que es directo resultado del proceso de observación como el punto de partida, como la materia prima empírica del conocimiento; y por ser así es una fuente segura de conocimientos.
Afirma esta escuela que de los enunciados observacionales se pasa enseguida a enunciados universales mediante el principio de inducción. Este principio establece que si en una amplia variedad de condiciones se observan un alto número de elementos pertenecientes a la clase A y si todos los elementos observados presentan la propiedad B, entonces se concluye que todos los A presentan la propiedad B. Una de las condiciones que garantizan la fidelidad es que exista un número elevado de observaciones, es decir, el sustento más amplio posible y con condiciones variadas. También es indispensable que no exista contradicción entre enunciados observacionales y enunciados universales.
La aparición y acumulación de los enunciados universales que produce el proceso inductivo vendrían a definir, según los inductivistas, el progreso de la ciencia. Tal postura tuvo su momento de reinado o de credibilidad hasta que aparecieron distintas críticas que demostraron la invalidez del proceso inductivo considerado en términos absolutos.
Los problemas de la inducción fueron abordados por varios autores, entre ellos Karl Popper y Bertrand Russell, quienes acusaron al inductivismo de desconocer que no existe una observación desprejuiciada y desapasionada y por lo tanto no puede ser fuente confiable. Y también que el requisito de tener un alto número de casos, de variar las condiciones y de que los enunciados observacionales no contradigan a los enunciados universales son difusos y bastante discutibles.
Por su valor casi literario, quiero reproducir la perfecta objeción de Russell a esa cerrazón de los empiristas puros. El texto se funda en una fábula según la cual a un candoroso pavo lo llevan a una granja y lo tratan con una amabilidad que no espera ni jamás pudo concebir. Su vida es una maravilla, pues no debe penar por el alimento, ya que todas las mañanas, de manera, puntual, le sirven abundante comida; se siente el pavo más afortunado del mundo: “como era un buen inductivista, este pavo no sacó conclusiones precipitadas. Esperó hasta que recogió una gran cantidad de observaciones del hecho de que comía a las 9 de la mañana e hizo estas observaciones en una gran variedad de circunstancias, en miércoles y en jueves, en días fríos y calurosos, en días lluviosos y en días soleados. Cada día añadía un nuevo enunciado observacional a su lista. Por último, su conciencia inductivista se sintió satisfecha y efectuó una inferencia inductiva para concluir: “Siempre como a las 9 de la mañana”. Pero ¡ay! Se demostró de manera indudable que esta conclusión era falsa cuando, la víspera de Navidad, en vez de darle la comida, le cortaron el cuello. Una inferencia inductiva con premisas verdaderas ha llevado a una conclusión falsa”
Conocer no es tan sencillo como parece; la desconfianza, es decir, el sentido crítico, el recelo, deberían estar invitadas en toda conjetura.