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    La mediocridad y el poder

    Sr. Director:

    José Ingenieros y el presente. Los individuos vivimos inmersos en nuestras sociedades e intentamos, de vez en cuando, analizar y procurar entender a quienes tienen la responsabilidad de orientarlas y conducirlas o a quienes aspiran a tener esa responsabilidad.

    Lo que he podido hacer a lo largos de mis años para llevar adelante esa tarea es leer o escuchar reportajes, ver imágenes en televisión con declaraciones de esas personas y, muy pocas veces, mantener algún diálogo siempre necesariamente breve, con algunas de ellas.

    Mis concepciones y sentimientos libertarios individualistas, de alguna forma han puesto distancia entre mi ser y el “sistema”, pero al presente el “sistema” rige nuestra sociedad y es parte de nuestras vidas.

    José Enrique Rodó y José Ingenieros fueron algunos de los autores que incidieron sustancialmente en mi vida post adolescente, luego de dejar de lado la “vanidad” de una militancia sin fronteras y optar por los afectos y los sentimientos, aunque intentando conservar los principios y los valores.

    Releyendo “El Hombre Mediocre” de José Ingenieros, he encontrado algunos párrafos que me resultan actuales e importantes.

    Creo conveniente, antes de transcribir los mencionados párrafos, referir en forma abreviada una biografía de José Ingenieros, porque permite ubicarlo en su contexto histórico político y porque no conoció a ninguno de los que, al presente, dirigen o pretenden dirigir las sociedades de los países de América del Sur.

    Una biografía de José Ingenieros. El hermano masón José Ingenieros dejó una huella profunda en el pensamiento argentino a pesar de que sólo vivió 48 años. Nació en Palermo, Italia, el 24 de abril de 1877, fue médico especializado en psiquiatría, además de criminólogo, filósofo, docente y escritor que influyó decisivamente sobre los estudiantes que protagonizaron la Reforma Universitaria (1918). () En 1909 fue elegido presidente de la Sociedad Médica Argentina y Delegado Argentino al Congreso Científico Internacional de Buenos Aires. Completó sus estudios en las universidades de París, Ginebra, Lausana y Heidelberg.

    José Ingenieros fue iniciado en la Logia Unión Italiana Primera Nº 90 el 5 de agosto de 1898 y fue gran hospitalario de la Masonería argentina.

    Entre sus obras se anotan “El Hombre Mediocre”, ”Al margen de la ciencia”, “Hacia una moral sin dogmas”, “Las Fuerzas Morales”, “Evolución de las ideas argentinas” y “Los tiempos nuevos”. ( …) En 1919 renunció a todos los cargos docentes y dedicó ese tiempo al grupo progresista “Claridad”. Poco antes de su fallecimiento, acaecido en 1925, creó “Renovación”, mensuario donde publicó artículos y trabajos con los seudónimos “Julio Barreda Lynch” y “Raúl H. Cisneros”.

    Algunas de sus frases que lo han trascendido dicen: “La curiosidad intelectual es la negación de todos los dogmas y la fuerza motriz del libre examen”; “Enseñemos a perdonar; pero enseñemos también a no ofender, sería más eficiente”; “Los más rezan con los mismos labios que usan para mentir”. (Ángel Jorge Clavero, Gran Maestre http://barriodepalermo.blogspot.com/2012/04/masoneria-argentina-jose-ingenieros.html

    Citas de “El hombre mediocre”, de José Ingenieros. Cada cierto tiempo el equilibrio social se rompe a favor de la mediocridad. El ambiente se torna refractario a todo afán de perfección, los ideales se debilitan y la dignidad se ausenta; los hombres acomodaticios tienen su primavera florida.

    Los gobernantes no crean ese estado de cosas; lo representan. El mediocre ignora el justo medio, nunca hace un juicio sobre sí, desconoce la autocrítica, está condenado a permanecer en su módico refugio. El mediocre rechaza el diálogo, no se atreve a confrontar con el que piensa distinto. Es fundamentalmente inseguro y busca excusas que siempre se apoyan en la descalificación del otro. Carece de coraje para expresar o debatir públicamente sus ideas, propósitos y proyectos. Se comunica mediante el monólogo y el aplauso. Esta actitud lo encierra en la convicción de que él posee la verdad, la luz y su adversario el error, la oscuridad.

    Los que piensan y actúan así integran una comunidad enferma y más grave aún, la dirigen, o pretenden hacerlo.

    El mediocre no logra liberarse de sus resentimientos, viejísimo problema que siempre desnaturaliza a la Justicia. No soporta las formas, las confunde con formalidades, por lo cual desconoce la cortesía, que es una forma de respeto por los demás.

    Se siente libre de culpa y serena su conciencia si disposiciones legales lo liberan de las sanciones por las faltas que cometió.

    La impunidad lo tranquiliza. Siempre hay mediocres, son perennes. Lo que varía es su prestigio y su influencia.

    Hay más presencias personales que proyectos. La declinación de la “educación” y su confusión con “enseñanza” permiten una sociedad sin ideales y sin cultura, lo que facilita la existencia de políticos ignorantes y rapaces.

    Inferior, mediocre o superior, todo hombre adulto atraviesa un período estacionario, durante el cual perfecciona sus aptitudes adquiridas, pero no adquiere otras nuevas. Más tarde la inteligencia entra en su ocaso. Las funciones del organismo empiezan a decaer a cierta edad.

    Esas declinaciones corresponden a inevitables procesos de regresión orgánica. Las funciones mentales, lo mismo que las otras, decaen cuando comienzan a enmohecerse los engranajes celulares de nuestros centros nerviosos.

    Es evidente que el individuo ignora su propio crepúsculo; ningún viejo admite que su inteligencia haya disminuido. El que esto escribe hoy, creerá, probablemente, lo contrario cuando tenga más de sesenta años.

    No he mencionado a nadie.

    Ariel Callorda Salvo

    CI 1.206.841-4

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