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    La mejor excusa

    Columnista de Búsqueda

    N° 1718 - 20 al 26 de Junio de 2013

    Lo que me ha maravillado siempre de los marxistas no es que crean en la posibilidad absurda de una redención por la fuerza y a costa de negar la naturaleza de la persona, sino cómo explicaron y todavía explican la frustración por no haber alcanzado esa perniciosa quimera. Al excluir la premisa mayor de todos sus razonamientos (a saber: el hombre es un ser individual, diferenciado, irreductible y por lo tanto imposible de ser disuelto en la colectividad), los marxistas deben buscar razones fuera de la ideología para admitir el fracaso. Sin excepción la respuesta ha sido y es: la culpa no es del proyecto sino de la burocracia; la burocracia puede más que las fuerzas coaligadas del proletariado triunfante.

    Los ejemplos son abundantes y se disparan en todas las direcciones: en la Unión Soviética, Lenin admitió el fracaso de las primeras medidas, acusando a los burócratas; seis décadas más tarde Gorbachov empieza su apertura emitiendo feroces dicterios contra la burocracia. No fue más original Fidel Castro, que explicó los sucesivos chascos de sus planes económicos (los topes nunca logrados en la producción de caña de azúcar, los tampoco nunca alcanzados objetivos de diversificar las exportaciones) a la burocracia. Le sirvió la burocracia para intensificar purgas, para explicarse por qué la Unión Soviética había colapsado y para definir qué razones hubo para que los movimientos insurgentes que tanto apoyó naufragaran en penosas y tan solo sanguinarias asonadas. Sin ir más lejos: en este abrumado y gris arrabal del universo los comisarios del sistema atribuyen sus muchos tropiezos no a la falta de pericia, lucidez, conocimiento o claridad de objetivos a mediano plazo, sino pura y exclusivamente a la burocracia; como si el fenómeno proviniera de alguna otra parte diferente de la propia élite del poder.

    En algo tienen razón: la burocracia, es cierto, termina quedándose con todo; le gana la partida a todas las fuerzas, a todas las clases; derrota sin piedad cualquier estrategia y los sueños más encendidos de todas las ideologías. Tengo para mí que la burocracia siendo en sí misma una maldición por donde se la quiera mirar, es, sin embargo, el último refugio que tiene la sociedad para ponerse a salvo de las locuras revolucionarias. Porque es verdad: su poder es tan fuerte y está tan arraigado que es inmune a otras depravaciones que no sean las propias.

    En el libro de Ramiro de Maeztu “La crisis del humanismo” (Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1947) hay una buena descripción del fenómeno de la democracia (págs. 123 y ss.) y de algunas de sus principales notas. Una de ellas es precisamente el carácter absorbente de la vida social que termina por crucificar las energías de una nación, condenando a los productores a ser quienes sustentan la inútil función que encima oficia de obstáculo. Leemos en la página 129: “La tendencia de las burocracias a crecer en número es antagónica a los intereses de las demás clases sociales. Los burócratas viven de los fondos públicos, y estos, a su vez, son extraídos de los bolsillos de los particulares. Podemos imaginarnos una sociedad en la que no hay bolsillos particulares, y en que todas las funciones económicas, tanto productivas como distributivas, corren a cargo de empleados públicos; solo que en este tipo de sociedad todos los miembros que las constituyan serán empleados públicos. Al suponer la existencia de semejante sociedad habremos ya cancelado el supuesto sobre el cual estamos discutiendo, a saber, el de una sociedad en que los burócratas se distinguen, por el carácter público de sus funciones, de los restantes ciudadanos. En una sociedad en que los ciudadanos se dividan en burócratas y no burócratas, la producción de la riqueza quedará probablemente encomendada al interés de las personas particulares, mientras que la acción económica de los burócratas consistirá en distribuir la riqueza o en consumirla, a cambio de bienes principalmente espirituales, como la educación o la justicia o la defensa del Estado”.

    Lo que desalienta es la absoluta falta de esperanzas. La burocracia, como clase parasitaria, es la que domina la sociedad mediante sus funciones propias, pero también mediante la imposición de sus normas y códigos culturales, de sus crecientes mayorías aplicadas a la oferta que trafican con unción y destreza los demagogos, especialmente atentos, como se sabe, a satisfacer las demandas de sus votantes. Es un poder irrevocable, un gobierno que nunca conoce el ocaso, que jamás se debilita, que no zozobra, ni teme. Como va dicho: una maldición.

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