N° 2002 - 03 al 09 de Enero de 2019
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEl vocablo libertad ha sido pulido por manos multiseculares y en distintos momentos y lugares adquirió formas y contenidos diferentes. Un origen muy lejano, protoitálico de raíz griega, lo asimila al dios del vino Loebasios, que tal vez provenía del griego loibé, ofrenda al vino o con vino, una libación que seguramente aluda a la exaltación dionisíaca, a esa momentánea suspensión de lucidez o de límites o de ataduras sociales que conlleva el sagrado caldo y con la que pueda explicarse algún rasgo de lo que ha sobrevivido en las etapas más avanzadas de la civilización. No ser obediente de obligaciones ajenas a la propia voluntad, que es lo caracterizado antiguamente con la expresión “nacido libre”, es una capa más que se suma a la historia de la palabra y que no debe ser descuidada a la hora de entender qué es en sentido moderno para la común existencia de las personas eso que todos llamamos libertad, pero que no todos conciben en el mismo marco teórico.
La lectura de los textos de Friedrich von Hayek es esclarecedora. No hay en la profusa bibliografía contemporánea otro autor que haya situado con tanta precisión el fuero exacto de lo que se entiende por libertad a la hora de vivir en sociedad. Desde sus estudios de economía, Hayek pudo ver que los grandes problemas de los países residen en la sustitución de las energías personales, en el desaliento a la iniciativa individual por formulaciones planificadoras que van desde el sojuzgamiento más abyecto y total hasta formas más o menos suaves o educadas o de apariencia leve que poco a poco conducen al mismo fin, que de día en día, de medida en medida, van definiendo un cuadro de obediencia o desinterés o temores que termina por abatir cualquier esfuerzo de superación, quedando los ciudadanos a expensas de un poder formalmente legítimo pero sustancialmente extraño y enemistado con los superiores derechos de la persona. A esta situación le llama lacónicamente esclavitud.
En uno de sus libros más interesantes en los que aborda este tema, Los fundamentos de la libertad (Unión Editorial, España, 2008), nos propone de manera revolucionaria considerar la libertad desde la óptica de la coacción y sus grados. Vale la pena conocer textualmente su argumento: “Nuestra definición de libertad depende del significado del término coacción y ella no será precisa mientras no hayamos definido este último. De hecho, tendremos también que dar un significado más exacto a ciertos conceptos relacionados íntimamente con ella, especialmente al de arbitrariedad y al de normas generales o leyes. Lógicamente, deberíamos, por tanto, proceder ahora a un análisis similar de tales conceptos. Trátase de una investigación que no cabe eludir. Sin embargo, antes de pedir al lector que siga adelante en lo que pudiera parecerle la estéril tarea de precisar el significado de ciertos términos, acometeremos la explicación de por qué la libertad, tal como la hemos definido, es tan importante. (...) Por ‘coacción’ queremos significar presión autoritaria que una persona ejerce en el medioambiente o circunstancia de otra. La persona sobre la que se ejerce dicha presión, en evitación de mayores males, se ve forzada a actuar en desacuerdo con un plan coherente propio y a hacerlo al servicio de los fines de un tercero. Excepto en lo que se refiere a elegir el menor mal, la persona que se halla en esa situación, a la que forzosamente ha llegado por causa de otro, es incapaz no solo de usar su propia inteligencia y conocimiento, sino de perseguir sus propios fines y creencias. La coacción es precisamente un mal porque elimina al individuo como ser pensante que tiene un valor intrínseco y hace de él un mero instrumento en la consecución de los fines de otro. La libre acción, en virtud de la cual una persona persigue sus propios objetivos utilizando los medios que le indica su personal conocimiento, tiene que basarse en datos que nunca pueden moldearse a voluntad de otro. Presupone la existencia de una esfera conocida, cuyas circunstancias no pueden ser conformadas por otra persona hasta el punto de dejar a uno tan solo la elección prescrita por aquella”.
La metáfora de la cadena y el látigo en las galeras no es excesiva, aun en esta época de refinamientos de gestión, para aludir a las formas en las que opera la sustitución de los derechos del individuo por parte de sus indeseables benefactores, que se atribuyen la fastidiosa finalidad de libertarlos de los riesgos de la libertad.