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    La metrópoli estratégica

    Columnista de Búsqueda

    N° 1692 - 13 al 19 de Diciembre de 2012

    A principios de los años 50, Estados Unidos descubriría que en algunos estamentos de su gobierno y en parte de la academia había elementos comunistas. Fue necesaria una vasta campaña de denuncias y acusaciones para desmontar un sistema de espionaje y de traiciones que habían escapado a la vigilancia de los organismos encargados de atender la seguridad y la integridad de la nación. El fiscal Richard Nixon y el comité parlamentario que investigó las actividades antiamericanas descubrieron complejas redes de conspiradores en distintas áreas del Estado, demostrando que el país tenía un alto grado de vulnerabilidad. Las advertencias del embajador Kennan (que denunció las pretensiones expansionistas de la URSS y su disposición bélica para con Estados Unidos) comenzaron a cobrar el debido volumen.

    El problema se reveló y se hizo agudo en esos años, pero comenzó un poco antes, digamos a partir de la segunda Presidencia de Roosevelt, quien incluyó en su staff a diversos elementos que mal podían disimular sus simpatías por la expresión roja de la política. La propia esposa del presidente —todo un emblema de la perversión dominante en ciertos círculos— contribuyó en no poca medida a favorecer estas peligrosas infiltraciones de funcionarios y posturas infieles. Roosevelt se debatió entre esas influencias y su política —especialmente en los años inmediatamente anteriores a Pearl Harbor— fue ondulante, contradictoria, peligrosamente extemporánea.

    Es buena la investigación de Joan Maria Thomàs i Andreu “Roosevelt y Franco. De la guerra civil española a Pearl Harbor”, por cuanto recupera en un relato ordenado el conjunto de documentos que explican los puentes que separaron o vincularon a la España nacional de Estados Unidos durante los años críticos del alzamiento y en el primer bienio de la victoria. Notoriamente, al autor la figura de Franco y su resuelta política de resistir la asonada comunista no le cae en gracia, pero eso no le impide llevar adelante una investigación seria que termina por revelar los tropiezos de la política exterior de EEUU en base, principalmente, a los informes y conclusiones del personal diplomático americano y las minutas de la diplomacia española.

    Cuatro problemas concitaron las tensiones entre ambos países en ese período, a saber: la imperdonable demora del gobierno de Roosevelt por reconocer la legitimidad del gobierno de Burgos, esto es, su empecinamiento por seguir apoyando contra toda evidencia las sinuosidades y la ilimitada barbarie de la facción republicana; la situación legal y humanitaria de los prisioneros comunistas y procomunistas americanos que revistaron en la Brigada Lincoln; posibles préstamos americanos para la compra de algodón y petróleo, materiales decisivos para que España pudiera reactivar su industria; la real o supuesta neutralidad de Franco en la eventualidad de que la guerra se generalizara por toda Europa. Según los documentos que consultó Thomàs, Estados Unidos nunca pudo discernir con claridad ninguno de estos puntos, sino que fueron empujados por circunstancias ajenas a su previsión, por cálculos equivocados, por temores infundados, por prejuicios y luchas intestinas en el seno de la administración.

    Tendría que venir la mano salvadora de Gran Bretaña para poner las cosas en su lugar, para obligar a decisiones inteligentes, prácticas y en sintonía con una estrategia atenta a la realidad y no a los juegos palaciegos y a las intrigas de los grupos que por interés sincero o por sórdidos mandatos buscaba condenar a España. Leo en la página 543: “Las presiones de una Gran Bretaña que necesitaba angustiosamente de una España neutral ante un Eje que entre 1939 y 1941 no dejó de conquistar territorios en Europa y porque temía la participación española en la guerra, tuvieron éxito sobre el presidente Roosevelt y su administración. La británica era una política sofisticada y polifacética que pretendía mantener abastecida a España para que no se echase en los brazos del Eje (y ahí intervenía Estados Unidos como fuente complementaria o imprescindible, en el caso de la gasolina, de suministros), pero que también sobornaba a generales españoles o se mantenía preparada militarmente para responder a cualquier movimiento hostil por parte del régimen. Fruto de las peticiones del Reino Unido en la primavera de 1941, Estados Unidos se mostró abierto a proporcionar a Franco algo más que los suministros petrolíferos que le venía vendiendo y que la ayuda humanitaria que le había comenzado a enviar a través de la Cruz Roja estadounidense; una vía esta, la de la Cruz Roja, elegida por su inocuidad política y para sortear las críticas de colaboración con Franco que se oían en el país y aun en el seno de la administración”.

    Unos pocos años más tarde, desatada ya la Guerra Fría y a la vista del ensañamiento comunista contra Occidente, el presidente Eisenhower visitaría España, le reconocería un estatuto importante en la defensa de los valores de la civilización y prestaría todo el apoyo a un país cuyo único crimen había sido sacudir de su destino la maldición del marxismo.