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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáMultaron a Mieres: Calavera no chilla, pero... En respuesta a la invitación de la UNASEV de reflexionar en torno al episodio en el que se vio envuelto el senador Pablo Mieres al ser multado, filmado y grabado por inspectores municipales, y todo eso subido a las redes, hago llegar a usted mis reflexiones sobre el particular.
Multaron al ciudadano Pablo Mieres un domingo de mañana por conducir a 76 kms en zona de 60 kms. Calavera no chilla, dice el lunfardo. Sin embargo, él chilló. Chilló de bronca, porque era y no era calavera. Lo era por no respetar la letra muerta, y aunque no recurriera a intentonas non sanctas, de las que todos conocemos alguna anécdota, y que llevaran, hace unos cuantos años, a prohibir que la policía de tránsito pusiese multas. La Caminera sigue pudiendo y ya se vio en estos días lo que pasa. Y no era calavera porque, en conciencia, y dadas las circunstancias, creyó estar conduciendo en forma tal de no representar un riesgo para nadie.
Mieres creía estar solo, cara a cara con quien lo multaba. Lo que explica, sin que por ello lo justifique, que alguien habitualmente calmo y equilibrado, se mostrase exasperado. Circunstancias que descubrían una inocultable intencionalidad recaudadora empujaron a Mieres a expresar lo que sentía. Él mismo diría más tarde que su intención no fue agraviar al inspector. Éste, sin embargo, sí se sintió agraviado y, cuidándose de permanecer en el anonimato junto a su colega de apoyo, buscó la forma de vengarse levantando un video en las redes para escrachar a Mieres mostrándolo enojado y acusador. Luego se sabría que eso se hizo sin autorización superior.
¿Por qué usó Mieres el plural si supuestamente solo una persona lo podía escuchar? Porque no se dirigía solo al inspector, sino al conjunto de artífices de una reglamentación que, en vez de favorecer la seguridad en el tráfico, incentiva la corrupción. Si salir a controlar, en determinadas circunstancias, sólo se explica por el deseo de salir a recaudar para la bolsa de la que salen las comisiones para el cuerpo inspectivo, tenemos un problema de ética pública. Problema que, entre otras muchas cosas, desató la bronca de Mieres aquella mañana de domingo, en un Boulevard sin tráfico, cuando apareciera un inspector para multarlo por exceso de velocidad, además de filmarlo y grabarlo sin que Mieres lo supiera, y sin realizarle el control de alcoholemia que, cualquiera hubiese sido el resultado, hubiese servido para justificar lo pertinente del control que se realizaba.
Todo hacía difícil de creer que no se tratara de un operativo con el fin de facturar. Pese a lo cual el uso de la imagen que se hizo de Mieres en las redes, informativos y comunicados no fue en absoluto neutro, sino que pareció quererse insistir en que no debió haber chillado, sino pagar y punto. Pero por haber chillado, además de la multa, se buscó cobrarle un costo político adicional. Costo que de haber servido para advertir que detrás del sistema municipal del control de multas no se esconde una paloma, sino un halcón (o un zorro, para el caso) trabajando en provecho propio, más que un costo hubiese sido una inversión para el líder de un partido que pretende poner límites a la gestión pública.
Mieres admitió haber cometido una infracción y no dudó en pagar la multa. Pero sostuvo hasta el final que no era moralmente culpable en razón de las circunstancias, como sí lo eran los que multaban por hacer creer que estaban trabajando para proteger a la comunidad, cuando en realidad estaban facturando en provecho propio. En términos técnicos su acción habría sido mere penalis, es decir, objeto de castigo formal sin existencia de culpa moral.
El radar verificó la infracción, Mieres pagó, se tragó la bronca y pretendió dejar todo por esas. Pero no así pensaron los inspectores, que aparte de recibir la comisión que más tarde les habría de corresponder por haber multado a Mieres (multa del valor de la mitad de un salario mínimo nacional), y a muchos más, quisieron seguir golpeando a un político por haberles dicho lo que parecía innegable: que estaban ahí para facturar. Lo que si bien era difícil de probar, más difícil era de negar. No obstante lo cual la voz del colectivo se solidarizó con la actuación y, contra el son unos delincuentes de Mieres, la consigna pareció ser golpeen a Mieres a como dé lugar.
Hasta aquí hemos llegado —tratando de no caer en un análisis simplista— en respuesta a la invitación a la reflexión que hiciera la UNASEV. Nos queda por agregar, como se dijera en las expresiones corporativas, que tildar la discrepancia de Mieres con el modus operandi del cuerpo inspectivo municipal como una incitación al odio y la violencia, es mero terrorismo verbal. Non bis in idem: no se puede acusar a nadie dos veces por el mismo “delito”. Pero por lo visto, los inspectores se sintieron tan tocados que no les bastó con castigarlo una vez.
El inspector que multó a Mieres también usó el plural. En efecto, se escuchó que decía: nosotros somos empleados y a nosotros nos mandan. Es cierto que no son ellos los que fijan la política. Pero tampoco es fácil de aceptar que sean quienes la fijan los que los mandan a facturar, como todo parece indicar que es lo que hacían ese día a esa hora. ¿Por qué no se le aplicó a aquel conductor el control de alcohol en sangre o de otras drogas? Porque, independientemente del resultado, haberlo hecho hubiese bastado para justificar que no se estaba ahí para facturar, sino para proteger a la población, prevenir riesgos y educar a los conductores.
Mieres se dejó llevar por lo que pensaba usando el viejo argot oriental de “son unos delincuentes”. Porque ocurre que en el ejercicio de la función pública inspectiva, no sólo hay que ser honesto, sino además parecerlo. Y todo hacía parecer que no se era. Pese a lo cual el rechazo de Mieres contra un sistema de procedimientos perverso que favorece la corrupción, resultaría irónico en un momento en el que, quienes tuvieron lustros para derogarlo, anunciaban que lo derogarían en caso de volver a ser gobierno.
El son unos delincuentes de Mieres se sintió sonar en varios medios, sin mostrar quiénes eran esos son. Hasta que a algunos, por lo visto, sintieron que les caía el sayo, se lo pusieron y salieron a solidarizarse con la actuación en la que se vio involucrado Mieres. ¿Se solidarizaron tan solo con aquella actuación o comparten también la política de ir en comisión por las multas que se cobran, sin importar las circunstancias, y aunque eso conlleve el peligro de volverse cómplices de actuaciones inmorales en el ejercicio de la función pública?
Pablo Mieres, ciudadano y senador de la República, no respetó una normativa municipal y debió pagar por ello. Hay quien cree —entre los que me incluyo— que protestó por disentir con la existencia de una norma que puede ser perversa. Por lo que su credibilidad pasa ahora por empeñarse en emprender acciones para cambiarla. Dicho en otras palabras: Mieres piensa que el sistema debiera ser revisado, y en particular modificarse el régimen vigente sobre el destino dado al cobro por concepto de multas que se presta a un accionar quasi delincuencial.
Para Mieres: ¿cree que la expresión que usó y su indisimulada bronca fueron una forma feliz y un medio eficaz para combatir la corrupción o la delincuencia en el sector público? Para la UNASEV, que nos invitara a reflexionar: ¿qué piensa de que los encargados de multar vayan en comisión sobre las multas? ¿No hay riesgo de que se incentive con ello la conformación de un actuar mafioso?
Lic. Alejandro Bonasso
CI 807.357-8