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    La música nos hace mejores

    Chick Corea (1941-2021)

    Casi todos los músicos superdotados comenzaron a tocar sus instrumentos a una muy temprana edad y Armando Anthony Chick Corea no fue la excepción. Nacido el 12 de junio de 1941 en Chelsea, Massachusetts, en un ambiente de origen italiano favorable a los bellos sonidos (el padre era trompetista, contrabajista y compositor), el pequeño Chick ya tomaba clases de piano a los cuatro años. En su casa era frecuente que sonaran en el tocadiscos Dizzy Gillespie y Charlie Parker, pero también Beethoven, Mozart, Chopin y la carissima ópera italiana. A lo largo de su intensa discografía y ecléctica carrera, en la cual cosechó además de elogios internacionales más de 20 premios Grammy, hubo un pianista que lo marcó a fuego y al cual Corea parecía volver una y otra vez: Bud Powell. Tal vez uno de sus mejores discos sea precisamente Remembering Bud Powell (1997), producido por el propio Corea para Stretch Records, grabado en los Mad Hatter Studios de Los Ángeles y en compañía de auténticos monstruos del jazz: Roy Haynes, Kenny Garrett, Christian McBride, Joshua Redman y Wallace Roney. Ningún tema de Chick, que esta vez dejó sus habilidades compositivas para inspirarse únicamente en las de uno de los fundadores esenciales del be bop. Los pianistas viajan, escuchan, prueban y siempre retornan al señor Powell.

    Corea fue conocido mundialmente por su costado eléctrico. Lo mismo le ocurrió al austríaco Joe Zawinul: como pianista de Julian Cannonball Adderley lo conocían en boliches mal ventilados; como tecladista de Weather Report lo ovacionaron en estadios, y más aún cuando estaba en el escenario junto a la megaestrella Jaco Pastorius.

    Corea ya exhibía esa soltura de humor característica de su fraseo en el piano (siempre parece estar contento), había sido permeable a las influencias latinas —y más adelante a todo tipo de influencias— en las agrupaciones de Willie Bobo y Mongo Santamaría y para 1968 tenía un disco en trío, junto con Miroslav Vitous y Roy Haynes, que marcó un mojón: Now He Sings, Now He Sobs. También era el muchacho alegre encargado del piano en los grupos de Herbie Mann y Stan Getz.

    Hasta que llegamos al prócer Miles Davis, que venía cansado —o aburrido— de los instrumentos acústicos y quería experimentar con la electricidad y hacer esas cosas extrañas que hizo como Bitches Brew o In a Silent Way, que son más importantes para la historia del jazz que para el placer del audiófilo. Y Miles lo cambia todo y cambia a todos, ya se sabe. Fue el trompetista quien lo alentó a tocar el piano eléctrico. Y por si fuera poco, Corea se metió de lleno en la vanguardia y el free jazz con el cuarteto Circle, junto con Anthony Braxton, Dave Holland y Barry Altschul, otro camino áspero para el escucha desprevenido. Por allí no había salida. Chick necesitaba reflexionar. ¿Qué hace un pianista cuando necesita reflexionar? Graba un disco solo de piano. Así tenemos sus dos volúmenes para ECM de Piano Improvisations de 1971, con gusto a Béla Bartók. O esos discos estupendos en compañía del vibrafonista Gary Burton, como Crystal Silence y Duet. Íntimo, festivo, intelectual, españolizante, abrasilerado. Habría Corea para todos los gustos.

    Entonces ocurrió Return to Forever, primero con Airto Moreira, Flora Purim, Joe Farrell y Bill Connors, después con Lenny White y Al Di Meola, en tanto el bajo eléctrico sería siempre de su amigo Stanley Clarke. Una aplanadora con cruces de rock, impronta clásica y por supuesto improvisación jazzística. Fueron varios discos, pero si me apuran destacaría uno: Romantic Warrior (1976), que sencillamente marcó mi vida, me transportó del pop, del rock duro y del rock sinfónico (Yes, Genesis, Pink Floyd, Premiata Forneria Marconi) a través de una refriega de sonidos alucinados (como también ocurrió con Weather Report) hacia el jazz liso, llano y básicamente acústico, desde donde no pienso moverme. No sé qué es lo que opera en estas transformaciones. Tal vez sea el gusto personal sin más vueltas. En mi caso, la propuesta de Corea y su fusión —luego de Return To Forever reeditada en los 80 con la Electric Band y los aportes de John Patitucci, Dave Weckl, Frank Gambale y Eric Marienthal— me llevaron hacia zonas mejoradas de polución. Sé que aquellos campamentistas permanentes del jazz-rock no estarán de acuerdo. No tengo nada contra los que arman sus carpas en la zona eléctrica de Miles Davis o en la de Corea. Tampoco es un problema de electricidades: tengo una carpa montada con todas las instalaciones (cocina y baño completo) en Jimi Hendrix y Stevie Ray Vaughan. Lo que me ocurrió con la Electric Band de Corea es que, siendo unos instrumentistas tremendos, me resultaron de una frialdad pasmosa. En 1989 presencié un doble recital en el Palacio de los Deportes de Madrid en el que Djavan con Hugo Fattoruso en las teclas era el telonero de la banda de Corea. Me gustó diez veces más la música de Djavan. Entonces, no es un problema de enchufes: es algo que viene de las entrañas.

    Cuando Corea deja de lado sus fiestas españolas y los sintetizadores me conmueve, como lo hizo en Montevideo, tanto en el Plaza como en el Solís, donde además tuvo la ocurrencia y el buen humor de comenzar su concierto como un empleado de la limpieza que, con las luces todavía encendidas y la gente buscando sus asientos, se va acercando con la escoba al piano, barriendo, con pasitos cortos, sin que nadie se dé cuenta.

    Dicen que además de su sentido del humor y búsqueda de la diversión era un músico que asimilaba cualquier nota errada por los otros y la convertía en una invitación para bucear en lo nuevo. Eso también es riesgo y creatividad, que para Corea resultaba esencial en materia de ensanchar sus horizontes. Según él, se lo debía a L. Ron Hubbard, el fundador de la cienciología, una secta en la cual es más fácil entrar que salir, de acuerdo a los horrendos testimonios de los devotos que se arrepintieron.

    Corea murió el martes 9 de febrero en Tampa, Florida, de un extraño cáncer. Tenía 79 años. Es responsable de haber mejorado la música y de habernos mejorado a quienes escuchamos sus discos y sus conciertos.

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