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A los 17 llegó a Montevideo a estudiar guitarra clásica con Olga Pierri, dio algunos conciertos, cambió de ambiente hacia la música popular, entró a Canciones para No Dormir la Siesta y luego integró Rumbo. Tras el declive del canto popular se dedicó a la publicidad, fundó el estudio La Mayor junto a Gonzalo Moreira y más tarde se sumergió en el aprendizaje de las músicas del Lejano Oriente, incursionó en la musicoterapia y fue uno de los fundadores del centro Somos Sonido. Tras casi dos décadas de silencio artístico, este guitarrista, arreglador y compositor salteño irrumpió en 2010 con su proyecto solista que, sin hacer mucho ruido, se ha transformado en uno de los más exitosos de la música uruguaya actual. El concepto es simple y el título no podría ser otro que Calma: versiones en guitarra en un clima distendido y austero, de canciones uruguayas de todas las épocas, con énfasis en clásicos como Mateo, Zitarrosa, Cabrera, Rada y Roos.
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En cinco años, sus tres discos vendieron más de diez mil placas, lo que ubica a Ripa entre los autores instrumentales más exitosos en la historia uruguaya. Los dos primeros —Calma y Más calma— son Disco de Platino (4.000 copias cada uno) y el tercero, Calma 3, a seis meses de su edición, ya llegó al Oro (2.000). Mañana viernes 17 lo presenta a las 21 h en La Trastienda (entradas en Red UTS).
En los dos primeros trabajos impera un respeto casi total por la melodía y la estructura rítmico-armónica de la canción. En este último, suelta su mano derecha y su inventiva para proponer variaciones sugestivas, siempre sutiles. En la portada afina su guitarra, cabizbajo, vestido de traje oscuro, sentado en una silla. Más montevideana, imposible. En el disco aparece la amargura en El instrumento, del Darno; la melancolía beatle en Carbón y sal, de Jaime y Estela Magnone; la atmósfera country en Guardo tantos recuerdos, de Dino; la tristeza en Mejor me voy, de Mateo; el tobogán introspectivo en La casa de al lado, de Cabrera, y su sensibilidad como autor en Luces en la esquina y Luna del río.
Recién en 2009, después de dejar la publicidad, se reencontró con la guitarra, y escuchando a solistas de las seis cuerdas comenzó a surgir el proyecto que cambiaría su vida. “Empecé en casa, casi sin querer, haciendo versiones solo por el placer de hacerlas. Cuando las escuchó el técnico de sonido Hugo Jasa me invitó a su estudio para grabarlas. Cuando escuché las primeras tres, me gustaron mucho, no operaba la autocrítica paralizante, tan poderosa”, contó Ripa a Búsqueda.
Esa trilogía inicial consistió en Príncipe azul, de Mateo y Buscaglia, El país de las maravillas, de Canciones para No Dormir la Siesta, y Negrita Martina, de Viglietti. “Después volví al estudio cada vez que tenía tres o cuatro más, y cuando quise acordar tenía un disco de 14 temas. No tenía demasiadas expectativas cuando salió. Estaba muy conforme con concretarlo”. Así surgió Calma, editado por Ayuí en 2010.
Hay dos nombres de compositores que se repiten invariablemente en la obra de Ripa: Mateo y Cabrera. “Es muy difícil obviarlos. Hago el esfuerzo para que aparezcan un poco menos, ¡pero no puedo! (ríe)”. Entre los tres discos, hay nueve temas de esos dos faros de la canción uruguaya: El tiempo está después, Por ejemplo, Príncipe azul, Canción para renacer, Kin Tin Tan, La casa de al lado, Y hoy te vi, Paso Molino y Mejor me voy.
En su filtro de selección radica una de las razones de la buena recepción que ha tenido su trabajo. “Tengo muchas canciones preelegidas y siempre veo cuál es la que resuena mejor. Ese es el primer filtro, y luego está el técnico: que yo pueda versionar esa pieza en una guitarra con el carácter que tengo ganas de darle”.
Ese carácter se sostiene en un gran respeto por la melodía y cierta literalidad arreglística que predominó en Calma y en Más calma, el segundo trabajo, publicado en 2012 por Bizarro, en el que se aprecian escasas libertades creativas: las yemas de los dedos llevan las melodías con extremo rigor y no se perciben cambios sustanciales en la estructura de la canción. “Opté por trabajar la melodía tal cual, y en algunos casos las canciones funcionan como un karaoke, lo cual descubrí que genera una empatía especial en el escucha. Me importa que la versión sea clara y simple y que tenga carga emocional. Si la música no te mueve, es solo una gimnasia. Dedico gran parte del tiempo a buscar la expresividad, y allí echo mano a todo lo que aprendí en mi formación clásica. Me interesa valorizar además los silencios como un elemento clave”.
Su música instala sin rodeos una atmósfera de profunda serenidad, que para algunos se vuelve excesiva. Pero esta es sin dudas la clave del éxito: encontró un espacio poco explorado por los compositores uruguayos, el de la música idónea para actividades como la relajación, la meditación y el descanso, donde predominan CD con monjes tibetanos, múltiples variantes de la world music y, por supuesto, Enya.
Más allá de las cifras de venta, Ripa se muestra conmovido por la efusiva respuesta del público: “Me mandan mensajes con lo que les ocurre con mi música, desde ‘salgo del trabajo y me relajo del estrés con el disco’ hasta ‘me acompañó todo el embarazo y hoy lo ponemos para dormir al niño’. Los usan en yoga, en pilates, también en blocks quirúrgicos y hasta en servicios de fertilidad, para distender a sus usuarios. Para mí todo eso no es misterio porque conozco bien los efectos de la música y sé qué sugiere lo que hago”.
Además de músico, Ripa se presenta en su página web como “docente e investigador de los aspectos terapéuticos, expresivos y transformadores del sonido y la música”, y aquí se refiere a sus estudios con cuencos tibetanos y sostiene que eso le abrió una nueva mirada sobre el sonido: “Empecé a entender cómo incide el sonido en el ser humano, seamos conscientes o no de ello. Somos mayormente agua y hoy existe abundante experiencia científica acerca de cómo se ordenan las moléculas de agua con determinados estímulos sonoros; puede ser música, o la palabra o cosas más saladas, como el estímulo del pensamiento”. Pero eso es otra historia.
Ripa mantiene un buen recuerdo de Rumbo y vivió “naturalmente” la decadencia del movimiento del canto popular. “Hicimos mucho además de A redoblar. Fuimos por el lado de la experimentación y por alguna razón eso no continuó. Hay muy buenas ideas, me siguen pareciendo pequeñas joyitas. Nos sentíamos muy integrados a un movimiento, a diferencia de hoy, en que los músicos estamos más aislados”.
El hombre que ahora abraza la calma como su concepto artístico, dejó atrás el frenesí de la publicidad, donde trabajó durante casi dos décadas, hasta que se cansó de lo musical solo como un objeto de consumo. Tras su inmersión en la músicalidad tibetana, actualmente estudia música clásica de la India. “No pretendo tocarla, sino que deseo aprender de ella. Me interesan la transmisión maestro-discípulo y su unidad con la danza, y que estas dos no están separadas del cosmos. No soy hinduísta y esto no es un interés religioso sino espiritual. Me siento muy identificado con la posibilidad de sintonizarnos a través de la música con algo que nos trasciende un poco. También creo en la música como posibilidad de encuentro con el otro y no solo como un mensaje del artista desde allá arriba a los que están abajo”.