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    La nueva verbalidad

    No es broma

    por Kid Gragea

    El mundo ha cambiado, vaya novedad. Han cambiado costumbres, prácticas, actitudes, comportamientos y relacionamientos.

    Ya las cosas no son como antes, y vaya uno a saber si alguna vez volverán a serlo.

    Una de las mayores alteraciones de la “nueva normalidad” que nos acuna, es la del idioma que estamos utilizando para comunicarnos.

    El idioma es un cuerpo vivo que se va moldeando con el uso, y quienes tenemos unas cuantas primaveras sabemos lo diferente que era el lenguaje que utilizábamos para hablar con nuestros padres, y el que nuestros hijos y nietos utilizan ahora para hablar con nosotros, sin pensar ni un minuto en el que utilizan para comunicarse entre ellos.

    Pero la pandemia ha hecho estragos en las comunicaciones interpersonales y grupales, tal cual lo demuestran algunos ejemplos que hemos recabado, grabando subrepticiamente conversaciones muy ilustrativas al respecto.

    En una feria vecinal, tras haber comprado tomates y zapallitos a muy buen precio, doña Tota le decía a su comadre doña Vicenta.

    —Mire, vecina, usted podrá no estar de acuerdo, pero la tasa de incidencia acumulada del vector de transmisión, lo que es a mí, me tiene muy preocupada. Me decía mi sobrina la Violeta, que el hilo epidemiológico que la doctora le dijo que vigilara por temor al sobrecontagio latente, es una clara indicación que vamos hacia la inmunidad de rebaño…

    —Claro, Tota, yo coincido con usted… eso del rebaño no me convence nada, sobre todo que no solo nos tratan como animales, sino que la vigilancia epidemiológica la supera a una, y una no puede estar siempre pendiente de las reacciones en cadena de la polimerasa, a ver si dan negativo o positivo.

    Más o menos por el estilo fue el diálogo que pudimos grabar en un programa deportivo en la televisión, donde dos connotados comentaristas analizaban los cambiantes resultados de los partidos del campeonato Clausura, con su incierto desenlace, tras lo cual, pasando a un intercambio más personal, se produjo esta conversación:

    —Mire, Toto, como le decía ayer cuando hablamos por teléfono, la etiología desconocida de la curva epidémica me tiene desconcertado, porque el agente patógeno agresor está tan encubierto, que podríamos estar frente a un caso en el que la toxemia pudiera presentarse por la vía linfática, generando un múltiple fenómeno de acumulación de incidencia patológica como la del llamado “síndrome de Frank Ultenberg”, que ha sido recientemente descripto en la revista The Lancet por los doctores Bruck y Martínez Barbosa, de la Universidad de Georgetown, ¿no le parece?

    —Pero, Alberto, ¡no podría estar más de acuerdo con usted! ¿Fue en la última o en la penúltima edición de The Lancet? Porque yo la leo todas las semanas ¡pero ahora hay tanta lectura relevante sobre estos temas, que a veces se me atrasa algún ejemplar!

    —Fue en la penúltima, Toto, ¡no se me atrase con esa lectura, que si no nos quedamos sin diálogo! No todo son tarjetas amarillas, rojas, goles y penales, ahora hay que estar al tanto de las novedades científicas… ¡Tenga en cuenta que la patogenicidad y la virulencia dentro del período de latencia son en estos tiempos más importantes que los goles de Suárez o de Cavani!

    Muy interesante también es este intercambio grabado durante un té entre damas de nuestra sociedad, en el que, tras intercambiar datos sobre los colores predominantes que se vienen para el otoño y los efectos maravillosos del ácido hialurónico en el combate a las arrugas faciales, se produjo esta conversación.

    —Beba, la incidencia de la semiótica en la nomenclatura biológica ordenada taxonómicamente, como lo requieren los tiempos que corren, nos obliga a todas a tener presente, ¿querés otro pedacito de carrot cake? bueno, ta, después te sirvo, nos obliga, decía, a saber que esta torta, por ejemplo, podría ser un fómite…

    —Por Dios, Beba —replica Margot—. ¿Qué demonios es un “fómite”? Dicho sea de paso, los brownies están exquisitos, pero si me decís que un brownie es un fómite, creo que no lo como. Y servime otra taza de té, por favor…

    —Servite, Margot, este Earl Grey es insuperable, te diré, y te informo, porque yo leo todos los días los reportes de la Johns Hopkins en Internet, que un fómite es un objeto contaminado por microorganismos, que tiene potencial infeccioso. ¿Ven? ¡Chicas, tenemos que estar muy informadas en estos tiempos!

    Para ir terminando, les paso un intercambio muy interesante suscitado en un asado entre amigos, tras un sanitario picadito de fútbol cinco en el que todos jugaron con tapabocas, que se sacaron al momento de ingerir unos choris, aguardando que las tiritas lograran el tono requerido.

    —Bocha, las ideas morfológicas del coronavirus pueden ser caracterizadas a través de procesos filogenéticos o fisiológicos, y todos tenemos la obligación de estar al tanto de los perfiles del ácido desoxirribonucleico, porque estos parámetros pueden llegar a desorientarnos en su incidencia…

    —Perdoname, Emilio —replica el Bocha—. Tanto Juan Julio como yo intercambiamos diariamente información sobre los biocentrifugados fotosintéticos de la homocigosis, de manera de estar vigilantes ante la posible fosforilación oxidativa tanto de la hiponimia como de la hiperonimia, y servime otro poco de vino, porque este chorizo ahumado estaba mucho más picante de lo que me imaginaba.

    Ciertamente, la pandemia vino no sé si para quedarse, pero sí al menos para ampliar nuestros horizontes verbales, dentro del mundo de la ciencia, que ya existía antes, pero que no conocíamos para nada.