N° 1869 - 02 al 08 de Junio de 2016
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáDecía Virginia Woolf que “no son las catástrofes, los asesinatos, las muertes, las enfermedades las que nos envejecen y nos matan; es la manera como los demás miran y ríen y suben las escalinatas del bus”. Esa respuesta a la implicada pregunta por la maldad del mundo es la que quizá explica mejor la pasión y muerte de la doncella de Orleans, y es, me parece, la única o principal razón que justifica la vasta literatura que ha producido la memoria del personaje.
Asocio la Guerra de los Cien Años inevitablemente a Enrique V; a la mañana de Agincourt, día de San Crispín; al notable episodio de los Burgueses de Calais, según lo recreó Bernard Shaw y consiguió inmortalizarlo Auguste Rodin; a la Santa Juana, del mismo Shaw y que es su obra más perfecta, más ambiciosa, secretamente más sentida.
Me quedo en esta última referencia, porque observo algo curioso. Si por un signo notorio que siempre se ocupó de propagar reconocemos a Bernard Shaw, es por su iconoclastia, su rebeldía desprejuiciada, provocativa, a veces insolente, siempre profunda y divertida. Era un escéptico con toda la barba, un receloso de los dogmas, un crítico implacable de las tradiciones. Sin embargo, cuando dio con la figura de Juana se ahondó en dirección a la piedad, a la contemplación admirada de la fe, al reconocimiento de una cierta idea de la justicia donde el valor de la religión no estaba exento. Algo análogo observo en Mark Twain, a quien tampoco podríamos afiliar al club de los pacientes y devotos, y que escribió la que sin duda es su novela más honda y despojada de toda ingeniosa invectiva. No mencionaré el caso de Voltaire, porque en su semblanza se mal disimulan los pleitos que el escritor mantenía en su tiempo. Retengo los anteriores y le añado la admiración que me ha suscitado la reciente lectura del trabajo de Vita-Sackeville West, amiga o amante o tributaria o súbdita o simplemente rendida seguidora del arte, de la nube mágica, de la palabra, del pensamiento de Virginia Woolf, que ha quedado con orgullo crucificada como el posible protagonista de Orlando.
Admito que la sensación de fatiga que me engendró el prejuicio hizo que demorara en iniciar la lectura de este libro. Como ya no creía que pudiera escribirse algo casi tan bueno como lo de Shaw y lo de Twain, como, además, nunca me abandonaron las portentosas imágenes de aquella Jeanne D’Arc de Carl Dreyer (nunca me pude despegar del rostro de María Falconeti recorrido minuciosamente por una cámara apenas temblorosa, exigente; nunca conseguí que los inquisidores que pasan agrupados por la pantalla se fueran de mis pesadillas; nunca, en fin, me he separado de la composición que realiza Antonin Artaud), me resultaba gravoso a priori poner atención o expectativa en este texto ya antiguo. Pero me alcanzó con abrir las primeras páginas para saber que también estaba frente a una obra mayor, una pieza que justificaba la razones visibles de la correspondiente admiración que le profesó Virginia. Y comprobé lo siguiente: de todo lo que he leído sobre Juana, lo más ordenado, lo que permite encuadrar la figura, la personalidad, el contexto histórico, los valores de la época y el diálogo entre las mentalidades reinantes lo hallé en este libro. Es un relato transparente, sólido e informado donde los acontecimientos encuentran el espacio comprensivo que los hace elocuentes, donde los personajes son ubicados por sus decisiones, pero también por el conjunto específico de creencias y de necesidades circunstanciales que los definieron. Sackeville-West maneja el tono justo y la distancia adecuada: se acerca a la personalidad de los actores, pero no tanto como para que perdamos perspectiva; da una excelente medida de la situación política, cultural y social, pero cuando lo hace busca que esa realidad trabe contacto con las acciones y valoraciones de los personajes.
El resultado de todos esos méritos es conceptualmente parecido al que encontró Bernard Shaw (que asigna a la estupidez una buena franja de culpa en la suerte que le asignaron a Juana) y al que nos ha fijado para siempre Dreyer, donde el estupor y la incomprensión de la joven se contrastan con la fealdad de alma, con la intolerancia, con esa mezcla de ignorancia y altivez que por lo común tiene la gente del poder en los momentos críticos. Es verdad lo que dice Virginia: las calamidades están en las cosas pequeñas, insignificantes; en las personas mediocres, inocentes de tan idiotas. Eso mata más que la pura maldad.