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    La pandemia de los populistas

    N° 2070 - 07 al 13 de Mayo de 2020

    El presidente de Estados Unidos (EE.UU.), Donald Trump, sugirió que inyectar con desinfectante de uso doméstico a los enfermos de coronavirus podría curarlos. El presidente de Filipinas, Rodrigo Duterte, ordenó a la policía y a los militares matar a tiros a “quien creara problemas” durante la cuarentena. Y en México, el presidente Andrés Manuel López Obrador negó durante semanas que el virus fuera un peligro y continuó abrazando y estrechándoles la mano a sus simpatizantes, solo para dar un súbito giro e imponer un estricto encierro sin el menor aviso.

    Dado que los líderes populistas tanto de la derecha como de la izquierda han ocupado los primeros puestos en el ranking de la incompetencia durante la pandemia, se ha vuelto común afirmar que pronto ellos pasarán a ser sus víctimas políticas. Desgraciadamente, puede que esto sea solo una ilusión. El virus es letal e implacable, pero por sí solo no aplanará la curva del contagio populista.

    La crisis ha tenido un subproducto saludable: restaurar un mínimo de respeto por los conocimientos especializados. Luego de haber convertido el menosprecio de los expertos en el distintivo de sus carreras políticas, tanto Trump como el primer ministro del Reino Unido, Boris Johnson, se han visto obligados a realizar conferencias de prensa junto con sus asesores científicos, quienes han contradicho abiertamente a sus jefes cuando ha sido necesario. Aún peor, Trump ha tenido que soportar la indignidad de un sondeo que revela que el índice de aprobación de Anthony Fauci, el máximo experto de su gobierno en enfermedades contagiosas, es casi el doble del suyo.

    Este es un golpe contra el fervor antielites que ha llevado a los populistas al poder. Sin embargo, otros factores todavía operan a su favor. Ciertamente, los populistas afiebrados no son los únicos que han demostrado ser incapaces. El primer ministro de España, Pedro Sánchez, y el de Italia, Giuseppe Conte —que no son populistas ellos mismos, pero en cuyos gobiernos de coalición participan populistas— tienen el poco envidiable antecedente de estar a la cabeza de países que lideran el mundo en el número per cápita de muertes por coronavirus.

    Y, de todos modos, ¿quién dijo que los hechos determinan las preferencias políticas? Es posible que en la era del Covid-19 el peso de las noticias falsas y de la política impulsada por la identidad no esté en descenso, sino en aumento. Trump culpó a China por el virus y prohibió la entrada de migrantes a EE.UU., lo que su base aplaudió. Jair Bolsonaro, presidente de Brasil, ha seguido el mismo guion, afirmando que la crisis del coronavirus es una triquiñuela de los medios de comunicación. Como dijo un epidemiólogo de la Universidad de São Paulo: “Es como si todos estuviéramos en un mismo tren que va hacia el borde de un precipicio y alguien dice: ‘¡Cuidado! ¡Ahí hay un precipicio!’ Y los pasajeros exclaman: ‘¡Oh, no, no es así!’ Y el conductor del tren concluye: ‘¡De acuerdo, no hay nada por delante!’”.

    Puesto que es difícil establecer relaciones causales (¿son efectivas las cuarentenas para enlentecer la tasa de contagio?, ¿son efectivas las políticas fiscales expansionistas para que la economía salga de una recesión?), la mayor parte de la gente no espera formarse una opinión propia. En su lugar, uno escucha a las personas que dicen saber y sigue esta simple norma: les creo a aquellos con quienes me puedo identificar, que hablan y actúan como yo y que posiblemente compartan mis valores y tomen las decisiones que yo hubiera tomado de haber tenido suficiente información.

    Es por ello que los votantes confían en los políticos populistas y desconfían del establishment político, de los líderes de las instituciones tradicionales y, hasta hace poco, de los expertos y tecnócratas. Por lo tanto, el que los populistas ganen o pierdan políticamente como resultado de la pandemia depende de si la crisis fortalece o debilita aún más la confianza en las instituciones democráticas.

    Estofado de desconfianza

    Puedo imaginar dos respuestas muy diferentes a esta segunda cuestión. La primera es la de 2010: según lo estimaron muchos electores, luego de la crisis financiera global, los grandes bancos obtuvieron un rescate, mientras que el ciudadano de a pie solo consiguió desempleo y perder su casa (por supuesto que en EE.UU. dicho rescate evitó otra Gran Depresión y además le permitió al Estado ganar dinero, pero eso no lo sabe nadie).

    En algunos países, la recuperación económica fue lenta; en otros, como Grecia, la crisis se arrastró por casi 10 años. Añadiendo una cucharada de corrupción, una pizca de ineptitud y un chorrito de escándalo jugoso, desde la FIFA a la Iglesia católica, voilà: obtenemos un perfecto estofado de desconfianza. No remamos todos para el mismo lado, fue la conclusión de muchas personas. Las elites solo trabajan para sí mismas. Como dice Trump: ¡hay que drenar el pantano!

    La segunda respuesta se remonta a 1945. De las ruinas y la devastación de la guerra surgió una confianza social duradera. En los casos del Reino Unido y EE.UU., el joven rico de la Universidad de Oxford o de Yale había luchado lado a lado con el hijo de un minero del carbón de North Yorkshire o de Hazard (Kentucky). Las empresas privadas, grandes y pequeñas, se habían movilizado para un propósito común: ganar la guerra. Y los políticos habían cumplido la mayor promesa que un político puede hacer: alcanzar la victoria.

    El sufrimiento y la pérdida de vidas durante la Segunda Guerra Mundial fueron horribles. Sin embargo, en muchos países la conclusión razonable de los ciudadanos fue: estamos en esto juntos, y juntos construiremos un mañana mejor.

    Y ahora… ¿la respuesta será la de 2010 o la de 1945?

    Si bien es muy temprano para decidirlo, el aplauso ritual a los trabajadores de la salud de primera línea, sea en Nueva York, Madrid, París o Estambul, recuerda el espíritu de 1945. En mi rincón de Londres, los vecinos salimos todos los jueves a las 20 horas en punto no solo para celebrar al Servicio Nacional de Salud, sino también para intercambiar historias y ofrecernos ayuda unos a otros con las compras o el cuidado de algún niño que lo necesite.

    La confianza en una institución pública y en los vecinos es mala para el populismo, y los políticos populistas lo saben. Es por ello que Santiago Abascal, el líder de Vox, el movimiento de extrema derecha de España, exige que se ponga fin a los aplausos y a las entusiastas canciones que los acompañan, y que en su lugar los españoles toquen las cacerolas en contra del gobierno.

    Pero, antes de que los liberales demócratas se ilusionen demasiado, deben recordar que la crisis también va a crear muchas divisiones: entre los profesionales que pueden trabajar desde su casa y los obreros fabriles que no pueden hacerlo; entre los adultos mayores que no pueden salir y los jóvenes que sí podrían pero permanecen encerrados a causa de un decreto gubernamental, y entre los trabajadores formales que pueden recibir un subsidio salarial y los autónomos que han perdido todo ingreso.

    Es posible que la curva del contagio del virus se esté aplanando, pero las curvas del desempleo y de las quiebras comerciales aún van en alza. Si al shock de salud pública le sigue una crisis económica prolongada y con muchas víctimas, la confianza en el gobierno y en las instituciones sufrirá y las identidades nacionales se fracturarán aún más. Será una repetición del 2010, o peor. Como dice el refrán: unidos resistimos, divididos caemos. Si terminamos cayendo, no serán los demócratas liberales quienes recojan los platos rotos.

    (*) Andrés Velasco, fue ministro de Hacienda de Chile durante el primer gobierno de la presidente socialista Michelle Bachelet y es Professor of Professional Practice in International Development en la Escuela de Asuntos Públicos e Internacionales de Columbia University (Estados Unidos)

    © Project Syndicate, 2020. (Especial para Búsqueda.)