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    La pandemia misma

    Antes del inicio, la obra comienza en la imaginación del espectador. Esos nueve habitáculos, nueve pequeños escenarios, nueve apartamentos de una ciudad cualquiera. Una ciudad con mucho de Montevideo pero que en esencia, salvando leves distancias, puede ser cualquier ciudad occidental. Pero no estamos en un año cualquiera. Estamos en 2020. En marzo de 2020. Tiempo de confinamiento. Más precisamente, el inicio de la cuarentena. En algún caso obligatoria, en otros casos voluntaria. Tanto da. La nueva realidad que se instaló siete meses atrás invadió las pantallas, con múltiples creaciones audiovisuales, escénicas, musicales, literarias y plásticas. El libanés Wajdi Mouawad, los uruguayos Marianella Morena y Sergio Blanco, el inglés Anthony Fletcher y el argentino Ezequiel Hara son algunos de los tantos creadores que llevaron al plano ficcional todo lo que todos, en mayor o en menor grado, estamos viviendo. Ahí está Distanciameinto social, la nueva serie de Netflix producida por Jenji Kohan (Orange Is The New Black), para mostrarnos el rostro más duro del SARS-Cov-2 en Estados Unidos, la madre patria del covicho.

    Volvamos a la Zavala Muniz. Allí la Comedia Nacional aprovechó la privilegiada condición sanitaria uruguaya, primer país de las Américas donde reabrieron las salas teatrales, y estrenó Cuando nos volvamos a abrazar, uno de las primeros títulos en torno al Covid-19, no solo en Uruguay sino en el mundo. La acción sucede en simultáneo en los nueve microescenarios orgánicamente ensamblados, de modo que el espectador puede concentrar toda la acción simultánea en el mismo campo visual. Desde sus confinamientos, los personajes revelan sus aristas, sus facciones, sus hábitos, sus taras, sus pliegues, mientras intentan adaptarse a lo desconocido. No es necesario explicar demasiado: recuerde el lector cómo vivió aquellas primeras semanas de marzo y abril. Ansiedad, incertidumbre, angustia, insomnio, obsesión por la limpieza, paranoia. Todas condiciones que aparecen en esta decena de intérpretes que habitan esta ciudad encuarentenada. La estupenda escenografía de Florencia Guzzo se complementa de manera óptima con la iluminación de Ivana Domínguez, quien explota al máximo la división de los espacios, tanto con luces externas como con los nuevos recursos de microiluminación interna surgidos en los últimos tiempos, de la mano de las luces led.

    La madre sobreprotectora que llama a su hijo a todas horas. El joven despreocupado y escéptico que pretende seguir como si no pasara nada, pero es consciente de que al ser diabético, es población de riesgo. La esposa médica, en máxima alerta por el posible contagio. Una chica que va y viene entre la hiperactividad y la depresión, permanentemente al borde del ataque de pánico. Una pareja que está en los inicios de la relación, obligada a no verse por tiempo indeterminado. Un extranjero varado por la suspensión de los vuelos, impedido de estar con la madre de su hijo, con un embarazo a término, que combate la ansiedad haciendo ejercicio con fruición. El irascible portero del edificio, vaya personaje, que combina su rol con el de vigilante y también con el de psicólogo. Un joven trans en plena transición de género de mujer a varón que enfrenta el exigente desafío de relacionarse con los vecinos y enfrentarse al prejuicio y la mirada condenatoria. Una comunicadora muy adepta a las redes sociales y a realizar transmisiones en vivo donde cuenta cómo vive, habla de todo y tira verdes y maduras.

    En su debut con la Comedia, los dramaturgos montevideanos Federico Roca (1974), quien ya había mostrado en Seis: todos somos culpables, su buena mano para el teatro documental, y Anselmo Hernández (1985) lograron plasmar con sencillez y sin excesivas pretensiones un mosaico de historias pequeñas, entrelazadas con inteligencia, sin dramas demasiado densos y con un acertado uso del humor como catalizador para hacer de esta apuesta un buen producto de entretenimiento.

    Hay que destacar también la efectiva dirección de Cecilia Caballero —su primera puesta para la Comedia—, quien en su trabajo en La Escena (la pequeña sala-escuela situada en Rivera y Ponce) ha demostrado su capacidad para llevar a buen puerto historias que transcurren entre cuatro paredes, con personajes que entablan vínculos tan estrechos como conflictivos, y que por lo general están forzados al límite de sus condiciones físicas y emocionales. Un detalle: está muy bien aprovechada la omnipresencia de los celulares, en mano de todos los personajes durante casi todo el tiempo. La vida misma.

    Una tos en la platea, en cualquier obra de teatro, es parte del paisaje. Aquí provoca una inédita reacción de paranoia en el elenco completo, que detiene sus parlamentos y lanza una mirada inquisidora al público. Signo de los tiempos.

    Del mismo modo, están muy bien los tres intérpretes invitados, Cecilia Martínez, Andrea Rodríguez Mendoza y el español Iñaki Moreno, quienes aportan frescura y contemporaneidad en los roles más jóvenes, un rubro flaco en el actual plantel de la Comedia.

    Junto con Nociones básicas para construir puentes, la interesante creación de Jimena Márquez (también de la Comedia, en cartel en el Solís) que demuestra que se puede decir algo interesante y novedoso sobre Mario Benedetti sin caer en citas architrilladas, Cuando nos volvamos a abrazar (sábados, 21.30 y domingos 19) es una interesante, atractiva y hasta optimista recepción al coronavirus al mundo de la ficción, un temita que llegó para quedarse, tanto a nuestra existencia como terrícolas como a nuestras pantallas, páginas y escenarios.

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