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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáUn transeúnte cualquiera, caminando una mañana por la acera sur de 8 de Octubre, entre Mariano Moreno y Pedro Olmida, puede pasar de largo la placa de bronce montada sobre una estructura de ladrillos, clavada entre la reja que delimita el predio del Hospital Central de las Fuerzas Armadas y una parada de ómnibus, como especialmente dispuesta para atraer sobre sí las miradas casuales y aburridas de los pasajeros que esperan su turno para volver a sumirse en el tedio de otra jornada de trabajo. Pero si, poseído por los destellos que el sol matinal ejecuta con gracia indiferente sobre la placa, el transeúnte se decide a mirarla, esto será lo que entonces a continuación lea:
“En este edificio funcionó la sala 8 del Hospital Militar donde estuvieron detenidos y sufrieron tortura u omisión de asistencia militantes políticos y sociales entre 1968 y 1985”.
Incrédulos y somnolientos, sus ojos se ven abrasados de lleno por la rotundidad envolvente y sulfúrica de la declaración. Al levantar la mirada lo primero que vuelve a ver es la fachada del hospital, asociada de ahora en más y para siempre a las imágenes siniestras conjuradas por la placa. Cierto que allí se habla de fechas de hace más de cuarenta años, pero el tiempo es una categoría maleable y fugaz de la mente humana y la placa es un objeto físico, palpable, indiferente al paso de los años, tan sólido y tan terco como la calle, como la reja, como la misma fachada. Más incrédulo que nunca, sacude dos o tres veces la cabeza, alejando de sí con un ligero gesto, junto con la modorra de la mañana, la blanca imagen de la fachada, y sigue paso hacia su destino como si nada. “¡Qué diablos me importa, yo no me atiendo acá!”.
Pero, si el transeúnte resulta ser militar, la escaldadura no se detiene en la superficie; al punto la flecha disparada por el odio atraviesa la córnea, transformada en un impulso doloroso que en el milisegundo de un rayo viaja por el nervio óptico hacia lo más recóndito del cerebro, desde donde la memoria vital, revolviéndose dolorida, lacerada por ese objeto extraño, surge de lo profundo como la madre tierra y convoca uno a uno a todos sus recuerdos a dejarse punzar por el cinismo venenoso de una navaja que solo busca ultrajar a sabiendas la carne del pasado en una acusación tan desleal como ciega.
“El lugar donde yo nací, el lugar donde nacieron mis hijos, el lugar donde me dieron su último adiós mis padres, ¿un centro de tortura? ¿Las manos que me trajeron al mundo eran las mismas que torturaban… del otro lado de una sala? ¿Cómo puede ser?”.
Y un transeúnte memorioso podrá también acaso decir: “Pero si yo era un niño y todavía recuerdo, como si fuera hoy, haciendo la fila con mi madre en un pasillo del hospital, la imagen de dos militares llevando a un recluso esposado a la consulta con el otorrino, con un vendaje que le cubría media cara, y la gente murmurando indignada porque lo iban a atender a él antes que a todos ellos”.
Y era cierto. Ese recluso (entre otros muchos que allí se asistieron) era nada más ni nada menos que Raúl Sendic, a quien, en ese mismo hospital, el médico cirujano Rodolfo Saccone (uno de los más prestigiosos del momento) le había salvado la vida, un primero de setiembre de 1972, al evitarle la asfixia con la lengua, la sangre y los colgajos de una herida explosiva que había sufrido en el maxilar inferior, reconstruyéndole luego la mandíbula, utilizando para ello lo mejor de su experiencia y del equipamiento y materiales que la época permitía.
Momento: si la tortura había empezado (según la placa) en 1968 y prosiguió ininterrumpida hasta 1985, ¿cómo entonces aquel día de 1972 se le pudo brindar la más humana y la mejor atención posible al número uno de los guerrilleros, al símbolo viviente de la revolución, a quien (siguiendo el hilo de las mentes perversas detrás del bronce) hubiera debido hacerse acreedor del más salvaje y desconsiderado de los tratamientos?
¿Puede haber en tamaña mutilación de la verdad otro designio que el de violar en público y con calibrada saña la memoria de quienes cumplieron su deber humanitario, la de vestir de ladrillo a la mentira y proscribir a la verdad en su propio nombre, desollando la piel viva de la memoria colectiva y tejiendo con ella una caricatura grotesca en la que el enemigo (el mismo de siempre) queda privado de toda chance de participar en las cualidades más dignas y nobles de la especie humana, aniquilado, suprimido y vilipendiado bajo un rótulo que, lejos de tender a la verdad completa, destruye inhumanamente cualquier puente que pueda levantarse, a pesar de las grandes diferencias, en la construcción de un destino unitario bajo el cielo compartido de una misma nación y una misma bandera?
“Bueno, pero solo es una placa”, dirán algunos, encogiéndose de hombros como se encogerían ante la terca persistencia de un hecho cualquiera de la realidad. ¿Pero es la placa, vista de esa manera, un hecho como otros, un producto acabado ante el que solo cabe resignarse, o es nada más que un resto de escupitajo todavía tibio perpetuándose en la inamovilidad del bronce, un insulto malicioso alimentado en su intención por el silencio de quienes erran en creer que defienden la verdad quedándose callados frente a una mentira que los escupe en la cara día tras día y que, en su empuje totalitario, no cejará hasta haberlo engullido todo, ya no solamente el pasado, sino también la forma inaccesible del futuro y, con ella, el destino sagrado de quienes todavía no han venido?
Guillermo Walter Cedrez Ferreira