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    La política exterior de Macri

    Sr. Director:

    Macri, Venezuela, el Frente Amplio y Almagro. Mauricio Macri, el presidente electo de Argentina, hizo un anuncio impactante —tanto para los americanos demócratas (a favor) como para los populistas (en contra)— y es que, en el Mercosur, va a invocar la cláusula democrática para Venezuela y solicitará que ese país sea suspendido del organismo. Con esta definición de real importancia, se coloca a la vanguardia en la región y va a ser el primer jefe de Estado en ejercicio que rompa el silencio cómplice con Venezuela, más allá de cierta imprecisión en el lenguaje jurídico y más allá de que, desgraciadamente, no logrará consenso con los otros gobiernos mercosureños, ya sea por pusilanimidad, ideología o avidez de “petrodólares”.

    Por supuesto, la reacción venezolana no tardó y el defensor del pueblo (¡qué ironía!), Tarek William Saab, acusó a Macri de recibir órdenes de Estados Unidos para atacar a Venezuela. Y tras cartón el segundo personaje del gobierno bolivariano, Diosdado Cabello, largó uno de sus habituales exabruptos, únicamente superados por Maduro, y trató a Macri de “fascista” y otros duros términos. Y como era de esperar, abundó el propio Maduro afirmando que “el pueblo de Argentina está listo para luchar” contra el gobierno del presidente electo, quien ganó por un margen “micromilímetro”.

    Sin embargo, esto no es de extrañar dado el estilo (o la falta de estilo) chavista y que ya no pueden disimular el autoritarismo imperante. Y al fin y al cabo son los acusados. De Ripley son las afirmaciones de los “compañeros” del Frente Amplio uruguayo, que han salido a rasgarse las vestiduras ante el triunfo del “diablo neoliberal” de Macri y los ataques a la intocable Venezuela bolivariana. Empezando  —y nos limitaremos a él— por el propio ex presidente José Mujica, quien llegó a decir en el colmo de la irresponsabilidad: “Mis temores tienen que ver con la estabilidad institucional de la República Argentina (…)”. Mujica no se dio cuenta de que dudar de la estabilidad institucional después de unas elecciones sin tachas, no es dudar de Macri, es poner en tela de juicio el respeto al resultado de las urnas, por lo cual está acusando a la futura oposición, es decir a su amiga Cristina Fernández, de posible golpista o conspiradora.

    Y como era de cajón, también criticó a Macri por la invocación de la cláusula democrática para Venezuela: “Es muy fácil criticar a Venezuela cuando hay muchos otros para criticar; en Asunción, Paraguay, mataron a cuatro alcaldes, y está ahí al lado”.

    Se olvida Mujica o en su mala fe tergiversa: en Asunción murieron candidatos a alcalde, que eran integrantes de grupos armados y en enfrentamientos con la policía. Y, además, no hay que mentar la cuerda en casa del ahorcado: Paraguay fue vergonzosamente suspendido del Mercosur por haber cometido el pecado de aplicar simplemente una disposición constitucional y porque —según lo justificó el propio Mujica— “lo político primó sobre lo jurídico”.

    Volviendo a Macri que es quien nos interesa en las actuales circunstancias, si hay un área de la política argentina en que el futuro presidente parecería tener bien decidido el futuro, es la acción exterior.

    Futuro de ruptura total con la política de confrontación permanente de los Kirchner, del agravio, la grosería, la mala educación; futuro de olvidarse de los derechos humanos flechados y de la distracción hacia los abusos populistas y a todo lo cual contribuyó con entusiasmo uno de los más mediocres cancilleres que ha conocido América: Héctor Timerman.

    Sobre todo, futuro de volver a colocar a Argentina en el sitial que le corresponde por su importancia intelectual, política, económica y territorial. Y para ello, el presidente electo dio la mejor señal: el nombramiento de canciller de la ingeniera Susana Malcorra, actual jefe de Gabinete del secretario general de las Naciones Unidas, Ban Ki-Moon y una de las posibles candidatas a su sucesión.

    Malcorra, rosarina de origen radical y de 61 años de edad, luego de 5 lustros de experiencia en el sector privado, llegando a ser Directora Ejecutiva de IBM y de Telecom Argentina y de larga actuación en la docencia de Ciencias Políticas, emigró de su país a raíz de la crisis de 2002 y de inmediato se vinculó al sistema de las Naciones Unidas, como directora adjunta del Plan de Alimentos de FAO y luego en la ONU, como secretaria general adjunta de “Apoyo a las actividades sobre el terrero”, en la cual gestionó la ayuda logística a las misiones de paz actualmente compuestas por alrededor de 120.000 militares, policías y civiles.

    La actuación de Malcorra en el organismo internacional le ha permitido conocer a un centenar de jefes de Estado del globo y el propio Ban Ki-Moon lo confirmó en el sitio oficial de las Naciones Unidas: “Sé por mis conversaciones con líderes mundiales que la señora Malcorra es respetada en todo el mundo”. Ese nombramiento de alguien de prestigio internacional, que va a ser apuntalado por los mejores funcionarios diplomáticos de carrera después de un período de oscurantismo exterior, hace recordar, por las características, al de Enrique Iglesias como canciller, por el presidente Julio María Sanguinetti, al retorno a la democracia.

    Además del nombramiento de Malcorra y cambios en el Palacio San Martín, Mauricio Macri respecto del Mercosur dijo que se debe recuperar la dinámica del mismo y que buscará lograr un pacto comercial de éste con la Unión Europea; que espera mejorar la relación bilateral con los Estados Unidos y derogar el acuerdo con Irán sobre el atentado a la AMIA. Agregó que de inmediato visitará Brasil: “el principal socio a futuro”.

    Y en su relación con Venezuela, Macri cuenta con un inesperado aliado: el secretario general de la OEA, Luis Almagro. Porque en ese organismo es más fácil la invocación de la carta democrática interamericana y la suspensión, ya que se necesita sólo 2/3 de los países miembros en la Asamblea General extraordinaria, citada a ese efecto.

    Conste que personalmente —lo he reiteradamente escrito— he considerado que Almagro fue un pésimo canciller y estuve en contra de su designación en la OEA. Todo lo cual no me inhibe para reconocer que su carta a la autoridad electoral venezolana fue impecable. Y no quiero saber las motivaciones de esa mutación entre un canciller más chavista que Chávez y un secretario general que cumple con el clamor de los demócratas de América.

    Simplemente agrego que su respuesta a las ofensas venezolanas fue, asimismo, irreprochable. Y cuando el presidente Nicolás Maduro lo trata de “basura, con el perdón de la basura”, además de una grosería sin par, le está haciendo un agravio al gobierno uruguayo, que fue quien lo promovió por todos los medios disponibles, y al Frente Amplio, quien defendió a ultranza su mediocre gestión y del cual Almagro fue senador.

    Porque se trata del secretario general uruguayo del máximo organismo interamericano. Y, ante todos los países del continente a los cuales les solicitó el voto para ese funcionario, sería inverosímil que el gobierno del Frente Amplio ahora no le exija al presidente Maduro explicaciones y las excusas del caso, no por las opiniones, sino por los insultos.

    Así lo esperamos. Sentados, por las dudas…

    Adolfo Castells Mendívil