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1. Durante un mandato de cinco años se encaran asuntos internos complejos y diversos como: el ordenamiento territorial, el medioambiente y la vivienda; el desarrollo, el trabajo y la seguridad sociales; la economía y las finanzas; la educación y la cultura; la ganadería, agricultura y pesca; la industria y la energía; la salud, el transporte y las obras públicas. Esto independientemente de los asuntos supranacionales a través de relaciones exteriores.
2. No todas las personas tienen la capacidad de solucionar —adecuada y oportunamente— situaciones complicadas. Ello ha justificado la creación desde ayudantías simples a complejas (asesores, secretarios, técnicos y profesionales; comisiones y ministerios), que se han potenciado con contemporáneos sistemas tecnológicos para perfeccionar su accionar ejecutivo, además de las generosas remuneraciones y pagos complementarios.
3. El cuerpo electoral proclama a los integrantes de las Cámaras (diputados y senadores), al presidente y al vice.
Pero no es en base a sus competencias —probadas objetivamente— sino al resultado de un proselitismo partidario donde cuentan las adhesiones logradas mediante promesas de “un mejor país”; un intercambio extraoficial de favores, en el cual los titulares de cargos políticos regulan la concesión de prestaciones obtenidas a través de su función pública o de contactos relacionados con ella, a cambio de apoyo electoral (clientelismo político o encubierto canje de votos por regalías (el cargo público, la cuña amiguista en la gestión particular, etc.). Ello sin mencionar el coto reservado de quienes confeccionan las listas; las posteriores repartijas y la “calificación” del votante (en un electorado donde hay una mayoría de tatuados ¿quiénes tienen grandes posibilidades de ocupar esos cargos?)
4. El presidente de toda la nación es un blanco caucásico y ateo. Si por ello perjudica a las otras etnias y religiones, su minoritario desempeño daña a la mayoritaria población mencionada.
5. Alguien logra la fascinación circunstancial de una claque hasta que la realidad muestra el falso brillo que los deslumbrara y se conoce la verdadera verdad, la que muchos pagaron muy caro por ser confiados. La citada claque, una población carente de una superior visión comunitaria, termina demostrando que no siempre a la mayoría le asiste la razón.
Hasta acá una parte de la estrategia referida a la división de roles y tareas con el fin de desarrollar un programa de gobierno cuyo objetivo es el creciente bienestar integral de la nación. Pero además está la táctica, el cómo mejorar cada uno de los que, complicados y distintos. Si el secretario o la ministra no son capaces y competentes, afectan el desempeño de todo el gobierno. Si cualquiera de las ayudantías complementarias equivoca —ética, moral o técnicamente— su función; si subordina su específico accionar a cuestiones ajenas (móviles ideológicos, religiosos o meramente político-partidarios), el resultado no solo es cuestionable sino hasta censurable. ¿Se nombra a un ministro por su versación en la materia o por los votos que tal o cual facción partidaria reclama haber aportado?
El extenso preliminar intenta desentrañar por qué algunos partidos políticos han cambiado sus objetivos y procedimientos. ¿Acaso modificaron su verdadera finalidad? ¿No lograron los promisorios resultados anunciados? ¿Abrazaron una ideología cuya estrategia y tácticas de gobierno han fracasado internacionalmente?
Algunos visualizan cómo mejorar la realidad y se complementan con los que concretan y materializar sus inquietudes. Tales fueron los visionarios ejemplos de Leonardo da Vinci y Steve Jobs. Otros tienen la capacidad de soñar con una sociedad del bienestar (la sozialpolitik germana de Gustav Schmoller, el welfaresState anglosajón de Lord Beveridge y José Batlle y Ordóñez) o de propugnar políticas socioideológicas de difícil actualización (como Marx y Engels).
Ante cualquier cambio, la sociedad sufre la etapa de aceptación y reconocimiento. Mientras los descubrimientos o inventos son rápidamente usados si son accesibles y útiles, las políticas sociales no han tenido similar suerte. Contundentes ejemplos en el mundo entero, demuestran que el ser humano de hoy no se aviene a vivir en un régimen comunista donde: no existe la propiedad privada; no rotan las funciones y roles (diluyéndose las responsabilidades); nadie tiene una remuneración mayor; los beneficios son indivisibles, pertenecen a toda la comunidad, y no a las personas que la integran y si abandonan la comunidad terminan tan carentes como cuando entraron. Los positivos enunciados para el enriquecimiento integral de una colectividad deberían ser de mayor aceptación que la de los individuos. No debería extrañar que el todo fue, es y será mayor que la parte. Pero eso no significa que sea mejor, que la mayoría prevalezca sobre la minoría. Las propuestas de un Estado del bienestar surgieron teniendo tal viso de realidad que las convirtieron en irrefutables e impostergables.
La idealización fundamentalmente entre los jóvenes constituye su característica primordial. Creen que quienes asumen una ideología comunitaria están en el camino acertado. Que quienes lideran ese movimiento a escala mundial son de una alta calificación intelectual y moral. No es fácil entender y aceptar el renunciamiento personal ante una comunidad y menos si esta es prepotente, egoísta y excluyente; con un poder que emana de la cantidad de sus seguidores, de la imposición de su cúpula y no de la calidad de sus propuestas, reñidas con la ética, la lógica y la legalidad. Tampoco es entendible la antagónica dualidad de una economía capitalista con normas de una sociedad comunista, salvo que se interponga un rígido y férreo dirigismo unipartidista (exbloque del Este europeo; Cuba; República Popular de China, Corea del Norte, etc.).
Esta incompatibilidad demuestra la falta de porvenir del “progresismo” que al no lograr satisfacer sus premisas termina abrazado al poder para dominar a la sociedad y mantener sus minoritarios privilegios sobre la mayoría. Otros intentan instaurar el orden y la justicia, asegurar el interés general y el bien común, integrar a los individuos en una comunidad que tienda a la perfección. Me afilio a estos “otros”.
Ignacio David Weisz