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    La política y la nada

    Sr. Director:

    El horror al vacío. Para Aristóteles, la naturaleza aborrece el vacío. Para algunos especialistas en arte, es ese temor el que lleva a muchos artistas a cubrir hasta el más mínimo detalle con tal de que no quede en blanco. Más que el deseo de expresar algo (un sentimiento, una idea) prima en ellos el miedo a la nada. Y eso, para quienes saben ver, lo es todo.

    De un tiempo a esta parte, a contramano de la máxima aristotélica, la política no sólo no aborrece el vacío sino que lo exalta, lo promueve, lo cultiva. Como vemos y escuchamos a diario, se rinde pleitesía al envase, al ruido, a la nada. Y cuando se pretende cubrir los espacios en blanco (léase, discursos, entrevistas, programas de gobierno, etc.) se lo hace en base a lugares comunes, frases hechas y vaguedades. Nada demasiado trascendente. Nada demasiado pensado. Y eso, para muchos, también lo es todo.

    Como se parte del supuesto de que el “ciudadano de a pie” no piensa (“no quiere pensar”), ¿para qué le vamos a exigir que analice, compare y sopese ideas, propuestas y proyectos? ¿Para qué vamos a invertir tiempo, dinero y energía en alimentar su espíritu crítico y elevar su cultura cívica, si así como está, encerrado en su doble condición de consumidor y espectador, es mucho más fácil de persuadir y conducir? ¿Para qué queremos que piense, si otros pueden pensar por (y para) él? Con papel picado y globos de colores, alcanza y sobra.

    En su modus operandi, la izquierda y la derecha (o eso que alguna vez identificamos de ese modo) convergen en un punto: las ideologías son malas, anticuadas, inútiles. Coinciden en que es mejor no hablar de ellas, que lo que realmente importa es la gestión, el saber hacer, la experiencia. Aun sin saberlo, se hacen eco de aquel entusiasta Fukuyama de principios de los noventa que proclamaba el fin de la historia y la muerte de las ideologías. Es más, lo festejan: ¡viva la anti-política!

    Para estos exponentes del aquí y ahora, las ideas (¿qué cosa es una ideología si no un conjunto de ideas?) son parte del pasado. A la derecha, la sola mención de la palabra “ideología” le evoca cosas espantosas: lucha de clases, gente barbuda y “emboinada”, comunismo, revolución, peligro. A la izquierda, otrora ilustrada y racional, le huele a viejo, a pegatina juvenil, a grafiti de protesta, a discurso de barricada, a derrota. Ahora bien, mientras la primera reniega abiertamente de ellas (tanto de la propia como de las otras), la segunda emplea la suya apenas como referencia y a la “ajena” (¿el neoliberalismo?) como espantapájaros, para consumo interno de supersticiosos y adictos a la literatura romántica de los sesenta. En los hechos, ambas se muestran “liberadas” de sus barrotes y dispuestas a abrir las puertas de un mundo nuevo levantando la bandera descolorida del pragmatismo.

    Imagínense a José Batlle y Ordóñez, o a Luis Alberto de Herrera, o a Emilio Frugoni, o a Baltasar Brum, o a Eugenio Gómez, o a Carlos Quijano, o a Luis Batlle Berres, o a Rodney Arismendi, o a Wilson Ferreira Aldunate, reivindicando la gestión por encima de las ideas. Imposible, ¿verdad? Todos ellos eran profesionales de la política, no “outsiders”; hombres de partido, militantes, no  grandes ejecutivos, ni genios de los negocios; y ahí está la diferencia entre ese ayer, no tan lejano, y este hoy, incierto y gaseoso en el que todo parece valer lo mismo.

    Y si para muestra basta un botón, pongamos un ejemplo que a algunos nos resulta cercano y querido. A Batlle y Ordóñez no fue su pasaje por la jefatura política de Minas lo que lo catapultó al poder, sino su actividad partidaria y su docencia ideológica, periodística y filosófica en los clubes, medios de prensa y ateneos en los que expuso sus ideas. Ideas que, aprovecho a recordar, no sólo llevó a la práctica desde el gobierno, sino que también defendió en los campos de batalla y del honor en más de una ocasión. Sí, el Viejo Batlle no sólo fue un hombre de acción sino también un hombre de ideas. Dio a luz una ideología que no es, como bien dice el Programa de Principios del Partido Colorado, “un artículo importado, ni un catecismo dogmático, ni una especulación doctrinaria despegada de nuestra realidad”, sino una síntesis original, humanista, democrática y profundamente democrática, que aún hoy, un siglo y pico después de parida, sigue siendo tan útil y necesaria para entender al Uruguay y a su gente como en aquel entonces, y si hubiese batllistas dispuestos a levantar el guante, incluso podría servir de hoja de ruta en el difícil proceso de la reconstrucción republicana.

    Precisamente, desde que Batlle y Ordóñez fundó “El Día” en 1886 como tribuna de ideas hasta su desaparición de los kioscos a principios de la pasada década de los noventa, por tomar como referencia histórica la trayectoria del medio más influyente y paradigmático de la prensa partidaria de nuestro país, las redacciones de los diarios fueron grandes usinas de pensamiento, centros de formación política y adoctrinamiento ideológico. Cada partido, cada sector tenía el suyo. Así, entre papeles y tinteros, máquinas de escribir y luces mortecinas se formaron varias generaciones de dirigentes que no abjuraban de su ideología sino que la defendían con convicción y a menudo con brillantez a través de sus editoriales, artículos y columnas. De ese intercambio, a veces vehemente y apasionado, pero siempre genuino, germinó un debate abierto y fecundo que alimentó a una ciudadanía altamente comprometida y politizada.

    Hoy, la prensa partidaria ya casi no existe; las redacciones ya no son escuelas de pensamiento y formación de cuadros; y la dirigencia partidaria, salvo honrosísimas excepciones, ya no ejerce la docencia ciudadana. Y ahí está el problema, nuestra mal llamada “clase política” ya no busca cambiar la realidad sino ajustarse a ella. Ni siquiera sueña en términos colectivos. Cada vez son más los que en vez de dirigir a las masas (de orientarlas, de ayudarlas a pensar, de construir futuro) son dirigidos por asesores de imagen y publicistas. Y los que adhieren a ellos, en general no adhieren a un modelo de país, ni a una bandera o a una promesa de cambio, sino a una persona, o mejor dicho a un personaje, a un cartel en la rambla, a un jingle en la radio, a una sonrisa de dentífrico, a una frase graciosa con rebote en las redes sociales.

    En lo personal, estoy convencido de que no se puede transformar la realidad desde la gestión sino desde las ideas. Y si la gestión no responde a una ideología (es decir, a un proyecto colectivo), no es más que un conjunto de acciones sujetas a la “veleidosa voluntad” del gestor, un impulso sin freno ni dirección, una flecha lanzada al firmamento.

    Un partido sin ideología es una estructura inerte, un instrumento sin capacidad de incidir en la realidad, apenas una cáscara vacía, y un líder sin ideología (uno de esos mesías sin pasado ni convicciones firmes que suelen aparecer en tiempos de crisis), es un oportunista dispuesto a servirse de la política para cumplir un proyecto personal, y por tanto, eventualmente, un peligro.

    Y sí, algunos seguimos temiéndole al vacío. 

    Gustavo Toledo

    CI 3.680.356-9

    Balneario Solís (Maldonado)