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    La política y la religión (I)

    Sr. Director:

    Sin la intención de intervenir en una polémica sobre el tema manifiesto, si Ud. lo permite, mi opinión subjetiva sobre este tema.

    Un inolvidable preceptor mío en todos los órdenes de la vida me dijo: “nunca, para justificar una conducta, se deben tener en cuenta como referencia los malos ejemplos”. Yo era muy joven, recién salido de la adolescencia y la conversación que culminó con sus palabras se debía a la noticia de un sacerdote (Zafaroni) que era tupamaro en la época en que la guerrilla asolaba en nuestro país. Yo le había comentado sobre los sacerdotes que habían acompañado a Artigas en su gesta emancipadora y aun otros, que después de haber nacido el Uruguay se embanderaban en las distintas disputas políticas y los consideramos héroes o prohombres del Uruguay. Él sostenía que el sacerdote, independientemente de que pueda tener sus preferencias por los asuntos mundanos, debe ser cauto y reservado, cuando habla y da su opinión lo hace en nombre de la Iglesia, “desde el púlpito” y la Iglesia tiene por objetivo no al hombre sino al alma del hombre y el que piensa de otra manera, el español, porteño, portugués o brasilero, tupamaros, miembros de las fuerzas armadas, etc. a quienes se enfrentaban, católicos o no, necesitan todos de la asistencia del sacerdote por lo que éstos  deben actuar con algo con que la Iglesia actuó siempre pero no así muchos de sus miembros a través de la historia: sabiduría y prudencia.

    Está bien que las autoridades de la Iglesia concurran a rezar por los muertos en una circunstancia trágica aunque ellos no fueran católicos, todos los muertos están fuera del alcance del juicio de los hombres y sometidos al juicio de Dios y por lo tanto, aplicando el mandamiento de amor al prójimo deben ser objeto de la única arma que tenemos los católicos: la oración. Pero también debemos tener presente a las víctimas y soldados del 14 de abril y del 18 de mayo de 1972 y a todas las víctimas de la delincuencia olvidadas por la obligación de protegerlos por parte de este gobierno y de los anteriores. No recuerdo si el obispo coadjutor de entonces, que fue al velatorio de los asesinados que se recordaron, concurrió al velatorio de las demás víctimas.

     Distinto es el caso cuando se concurre a un acto organizado por un partido político o se visita una organización sindical afín a ese partido que, hasta hace pocos años fue filial del PCUS que sembró de mártires el santoral de la Iglesia e incluso, el ultimo Papa canonizado fue perseguido y acosado en su actividad pastoral en su país, donde se persiguieron, encarcelaron y asesinaron sacerdotes y laicos y que la policía secreta de ese partido fue la autora intelectual del atentado contra su persona.

     En lo referente a la reforma constitucional a plebiscitarse en octubre próximo se ha desatado una campaña en contra en la cual han tomado partido el Sr. arzobispo y varios obispos y se refieren a ella como si fuera un ataque discriminatorio a los menores, enfocándolo sobre todo en cuanto a la baja de edad de imputabilidad. La reforma no se refiere a los menores sino exclusivamente a los menores delincuentes y la baja de la edad de imputabilidad a los 16 años es lo que menos los afecta porque la misma, como hasta ahora, va a estar bajo el control de la Justicia, la reforma tiene un alcance mayor: la creación de un instituto de rehabilitación fuera del INAU (instituto que desde que era Consejo del Niño cumple una función social trascendente con menores y adolescentes no delincuentes pero que solo es noticia por estos últimos) y que no es la cárcel común de los mayores (como por mala fe o ignorancia lo manifestó un precandidato presidencial,) y el mantenimiento de los antecedentes penales cuando delinquen siendo mayores, que ahora se le borran automáticamente por el solo hecho de cumplir la mayoría de edad; o sea que la reforma es mucho más que la baja de edad de imputabilidad. El problema de la minoridad es muy sensible a la Iglesia en general, a la comunidad salesiana en particular y muy especialmente al señor arzobispo que, incluso desde antes de ser seminarista trabajaba en esos temas haciendo una obra social trascendente y muy especialmente en el campo de la educación, sobre los menores que están en situación carenciada, menores uruguayos (y no de otras partes remotas del mundo como se pretende hacer ahora buscando un cartel internacional) y educándolos en sus necesidades morales, materiales e intelectuales y no mandándolos a que “hagan lío” en una expresión muy difícil de entender. Pero el problema no es social, es político jurídico porque si la delincuencia, de menores y/o mayores fuera un problema social estamos agraviando a decenas de miles de personas que pasan por situaciones extremas, que vemos a diario en las calles de Montevideo, y que no son delincuentes, es gente sana que por las vueltas de la vida llegaron a esa situación y a mejorar esa situación es que se debe apuntar.

    Pero lo que más sorprende es que las críticas que se le hacen a la reforma, la ubican como una reivindicación del “conservadorismo católico”. El problema político y jurídico penal que se le presenta al país nada tiene que ver con ese conservadorismo católico y se refiere al mismo como algo malo y fuera de lugar, cuando el conservadorismo de los valores divinos de Dios Padre (Monte Sinaí), Dios Hijo (la prédica de Jesús) y Dios Espíritu Santo (la asistencia en el peregrinar por la historia) fue lo que sostuvo a la  Iglesia a pesar incluso de gente, religiosos y laicos, que desde dentro de la Iglesia actuaron contra esos principios, le permitió superar cismas, reformas, separaciones, el anticlericalismo de la revolución francesa, la revolución bolchevique y actualmente la embestida islamista. La Iglesia es obra de Dios y no es ni conservadora ni liberal ni antigua ni moderna, es el Mensaje de Dios al que no se le puede enmendar la plana y que trasciende en el itemlo por más que los humanos tengamos la tendencia  a caer en el síndrome del Dr. Fausto que tan bien explica el poeta alemán, de querer hacerle la competencia a Dios.

    Saluda atte.

    Miguel Ángel Estévez