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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEn los últimos días, en especial desde la asunción de Daniel Sturla como arzobispo de Montevideo, mucho se ha hablado o escrito sobre el papel que debería jugar la Iglesia en la vida política de nuestra sociedad. Hemos visto a Pedro Bordaberry decir que los obispos deberían ocuparse de sus fieles y dejar el tema de la seguridad en manos de los políticos. Asimismo, el Sr. Francisco Faig, columnista de un diario de circulación nacional, escribió un artículo que él mismo denominó “El obispo político”, estableciendo qué puede hacer y qué no el obispo de Montevideo.
Como ciudadano católico considero que es oportuno dar mi opinión al respecto, ya que entiendo que en ambas opiniones se mezcla el concepto de política propiamente dicha con un aspecto particular de la misma que es la política partidaria.
Así, Faig establece que “el nuevo obispo mantiene la tradición de inmiscuirse en temas políticos y sociales”, como si esto fuera un problema. Coincido que no es función de un obispo ni de un sacerdote hacer política partidaria, expresar su filiación a una colectividad concreta, dar su preferencia por un candidato o una lista particular. Esto, según yo recuerdo, no lo he visto básicamente nunca en mi actividad eclesial, y menos lo ha hecho Daniel Sturla.
Pero si por política entendemos, por consultar una fuente sencilla y a mano de todo el mundo, algo sacado de Wikipedia según la cual “política es una rama de la moral que se ocupa de la actividad, en virtud de la cual una sociedad libre, compuesta por hombres libres, resuelve los problemas que le plantea su convivencia colectiva. Es un quehacer ordenado al bien común. (…) la política es el ejercicio del poder que busca un fin trascendente”, no comprendo cuál es el problema que pueda verse en el accionar de los prelados uruguayos. O más allá, entiendo que el ejercicio de la política así entendida claramente constituye una de las funciones de la Iglesia, su jerarquía y sus adherentes como yo.
Recuerdo que nuestro arzobispo no ha llamado a los medios para dar su opinión, sino que simplemente ha respondido a las preguntas que los periodistas le plantean cuando él acude a algún lugar en particular o lo invitan a determinado programa televisivo o radial. Se ha visto sometido a una infinidad de interrogantes sobre los más diversos temas. Es claro que su persona concentra vasto interés de la opinión pública y de la prensa en particular. Su figura joven y fresca despierta deseos de conocerlo y claramente en los pocos días en su función se ha ganado el respeto de gran parte de nuestra sociedad.
Discrepo también sobre lo afirmado en referencia a que “en una república laica las opiniones políticas que importan son las de los representantes electos por el pueblo”, concepto similar al vertido por Bordaberry. Rechazo ampliamente tal concepto cargado de totalitarismo. Además de los representantes del pueblo, que no son ningunos iluminados, a mí me interesan todas las opiniones del resto de los ciudadanos, luego de lo cual me formo la mía y muchas veces cambio mi forma de pensar luego de escucharlas. Tantas veces he escuchado con atención la opinión de la gente de a pie y me ha enriquecido mucho más que la de cualquier representante electo. Sin ir más lejos, en los últimos tiempos conocí a un ciudadano de 83 años, que se mueve en silla de ruedas ya que le falta una pierna y en la otra tiene un pie deforme, y vive solo, y créame que ha contribuido mucho con su sabiduría a mi forma de ver las cosas.
Entiendo que nuestro arzobispo coincidentemente ha aparecido en forma pública en contacto con sectores de la izquierda del país. Vale aclarar que ello sucedió simplemente porque han sido quienes lo han invitado a concurrir, con la salvedad de que como jerarca de la Iglesia montevideana concurrió a presentarse como corresponde al gobierno nacional y departamental. Podrá creerse o no, podrá asignársele un erróneo trasfondo político partidario, pero nada más alejado de la realidad. Sturla literalmente no ha parado desde que es arzobispo y ha respondido básicamente a todas las invitaciones que le han hecho hasta el momento en cuanto su tiempo físico se lo ha permitido. Sin ir más lejos, el pasado sábado 27/4 fue invitado al acto recordatorio de las ocho personas muertas en la Seccional 20 del Partido Comunista el 17 de abril de 1972, y lo hizo aclarando que había asistido en respuesta a una invitación que le hiciera llegar el secretario general del PCU, Eduardo Lorier, para recordar la presencia del ex arzobispo Mons. Carlos Parteli en el velatorio de los ocho militantes comunistas. “Acepté para rezar por los muertos de ese día y por la paz en nuestro país. No podría ni sabría hacer de otro modo. La oración no tiene bandera ni color” afirmó al retirarse.
Por otra parte se interpreta erróneamente la frase de Jesucristo de “dar al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”. El tema de la minoridad infractora en el Uruguay tiene mucho más de Dios que del César. Es un gran error politizar partidariamente la discusión. Y particularmente nuestro arzobispo no es alguien que al pronunciarse sobre un tema como este lo hace con un puro en una mano y un vaso de whisky en el otro, sino que ha trabajado en una infinidad de lugares de nuestro país donde muchos no se animarían siquiera a pasar en auto. Me contaba un muchacho del barrio Cuarenta Semanas que Sturla le fue a entregar personalmente a su casa la invitación para la celebración de su asunción en marzo. En el barrio Lavalleja, no cuando era lo que es hoy, sino hace veinte años atrás, andaba solo de noche y entraba en cualquier rancho. Eso lo vi yo, no me lo contó nadie. También en su época de seminarista fue fundador de la maravillosa obra de la Iglesia que es el Movimiento Tacurú. Como salesiano que es, el carisma que lo mueve es la entrega a los jóvenes, especialmente los más pobres. Todo esto claramente lo habilita a hablar con propiedad del tema. Se podrá estar de acuerdo o discrepar, todos podemos opinar, pero la autoridad moral que tiene para hablar sobre el tema no muchos representantes del pueblo la tienen.
Creo que le haría mucho bien a nuestra sociedad de una vez por todas aprender a aceptar al que piensa diferente y dejar de señalar con el dedo a quien desde nuestras limitadas categorías intelectuales consideramos que está equivocado. Sería de gran fruto para nuestro país que los uruguayos aprendiéramos a discrepar y respetar al que piensa distinto, sin identificar inmediatamente una idea con una ideología partidaria. Yo soy votante de un partido, pero no por ello coincido en todas las ideas que se manejan. Como católico puedo estar a favor o en contra de una infinidad de temas tratados dentro de la Iglesia, sin por eso apartarme un ápice de mi fe.
Precisamente se me podría asociar con un ciudadano de izquierda, pero sencillamente soy un católico sumamente orgulloso de los momentos que está viviendo nuestra Iglesia con personas como Daniel y Francisco. Y entiendo que los cristianos todos, laicos y consagrados, tenemos mucho que aportar al bien de nuestro país.
Agradezco se publiquen estas líneas junto a mis datos personales, aclarando que no deseo entablar un debate público sobre el tema sino manifestar libremente mi desacuerdo.
Gonzalo Noseda
CI 1.884.528-6