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    La razón de Atlas

    Columnista de Búsqueda

    N° 2006 - 31 de Enero al 06 de Febrero de 2019

    En su vasta novela alegórica sobre las injurias del autoritarismo y el desprecio a la libertad, Ayn Rand describe lo que fácilmente podría caracterizarse como una zona del infierno si no fuera que el nombre en sentido estricto no luciría adecuado, ya que en su origen el vocablo define a un plano de la realidad que está abajo, que es inferior al suelo que pisamos, y no a lo que está a la vista, a la luz del sol que inútilmente nos ilumina, sobre el mundo en el que padecemos. Atlas, en su rebelión, siente que es preciso tomar conciencia de que nada bueno se puede edificar sobre la trampa y sobre el menosprecio. Las palabras han quedado grabadas para siempre como una marca de vergüenza en el frontispicio de las sociedades del último medio siglo de la historia occidental: “Cuando advierta que para producir necesita obtener autorización de quienes no producen nada; cuando compruebe que el dinero fluye hacia quienes trafican no bienes, sino favores; cuando perciba que muchos se hacen ricos por el soborno y por influencias más que por el trabajo, y que las leyes no lo protegen contra ellos, sino, por el contrario son ellos los que están protegidos contra usted; cuando repare que la corrupción es recompensada y la honradez se convierte en un autosacrificio, entonces podrá afirmar, sin temor a equivocarse, que su sociedad está condenada”.

    Aquí está instigada la cuestión de los fines y de los medios, que ya Platón trató y no fue escuchado con la debida devoción por quienes en nombre de sus determinaciones hegemonistas, les rinden homenaje a los requiebros totalitarios de su República. Cuando los medios violentan los fines, los medios son inválidos, con lo que los fines deberían dejar de ser tales para no convertirse en agentes de la causa que quieren salvar o reivindicar. La filantropía, la sensibilidad social, el altruismo y todas esas especies, en este sentido, deben asumirse no desde la nobleza de sus intenciones sino exclusivamente desde la idoneidad de los medios que permitan implementarlas sin producir daño a los individuos.

    La base práctica y la razón sobre la que se funda la filosofía liberal, el individualismo, y el comienzo del recelo y luego francamente del rechazo a las solidaridades impuestas desde un poder externo a la persona, consiste en reconocer que ningún hombre es tan grande como para llevar sobre sí el peso de la humanidad y la comprensión adecuada de todas sus necesidades. Los sentimientos morales de los que habla Adam Smith guían la acción hacia el mundo pero desde la existencia propia, desde el camino personal. Hacer por el mundo es hacer uno su propio proyecto, concurrir al mercado con el producto de su talento, de su ingenio, de su ambición.

    Dice Hayek “que debe dejarse a cada individuo, dentro de límites definidos, seguir sus propios valores y preferencias antes que los de otro cualquiera, que el sistema de fines del individuo debe ser supremo dentro de estas esferas y no estar sujeto al dictado de los demás. El reconocimiento del individuo como juez supremo de sus fines, la creencia en que, en lo posible, sus propios fines deben gobernar sus acciones, es lo que constituye la esencia de la posición individualista. Esta posición no excluye, por lo demás, el reconocimiento de unos fines sociales, o, mejor, de una coincidencia de fines individuales que aconseja a los hombres concertarse para su consecución. Pero limita esta acción común a los casos en que coinciden las opiniones individuales. Lo que se llaman ‘fines sociales’ son para ella simplemente fines idénticos de muchos individuos o fines a cuyo logro los individuos están dispuestos a contribuir, en pago de la asistencia que reciben para la satisfacción de sus propios deseos. La acción común se limita así a los campos en que las gentes concuerdan sobre fines comunes. Con mucha frecuencia, estos fines comunes no serán fines últimos de los individuos, sino medios que las diferentes personas pueden usar con diversos propósitos. De hecho, las gentes están más dispuestas a convenir en una acción común cuando el fin común no es un fin último para ellas, sino un medio capaz de servir a una gran variedad de propósitos”.

    Lo que se establece es que el entramado social es producto de una sumatoria de actores irreductibles, libres y selectivos; todos los individuos nos servimos de lo que se vuelca al espacio de convivencia, que es el mercado, en cualquiera de sus acepciones. Por fuera de ello, dice la teoría, no debería haber nada; si lo hay, es opresión.

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