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    La reforma previsional

    Sr. Director:

    Siempre pensé que aquellos referentes que, viendo una tragedia inminente, como el colapso del sistema previsional uruguayo, no hacían nada, era por malicia. También llegué a pensar que la fuerza bruta en algunos casos se hizo camino para defender privilegios. Pero me equivoqué. La raíz de nuestros males con nuestra incapacidad de administrar el sistema previsional es la llamativa estupidez de nuestros dirigentes, que es mucho más fuerte que la malicia o la fuerza bruta, como en su momento reconoció Dietrich Bonhoeffer.

    En cartas escritas desde su reclusión, Bonhoeffer —ante su visión de una realidad totalitaria amenazante de la libertad en la Alemania de entonces, que parecía que sus conciudadanos no apreciaban— argumentaba que la estupidez es un enemigo del bien más peligroso que la maldad. Mientras uno puede combatir el mal, denunciarlo y prevenirlo mediante el uso de la fuerza, ante la estupidez estamos indefensos. La razón cae en oídos sordos. Sabemos cuan sordos fueron, en el inicio del Nacional Socialismo, en Alemania en los años 30.

    Bonhoeffer sostenía con meridiana clarividencia que la estupidez es un defecto socialmente adquirido. Pero no un defecto uniformemente adquirido. En ciertas circunstancias, las personas se vuelven más estúpidas que en otras. Hay ventanas de oportunidad que permiten que la estupidez gobierne circunstancialmente los actos de las personas con mucha fuerza. Se trata en estos casos de un fenómeno colectivo de obstinación y hasta de negación. Pero, como Dietrich aprendió entonces, pensar así era extremadamente peligroso y lo sigue siendo ahora.

    ¿Qué es lo que pasa ante el avance social de la estupidez? ¿Por qué esa estupidez puede ser tan peligrosa? En ciertas circunstancias, los seres humanos parecen verse privados de su independencia interior. Cuando esa independencia se debilita lo suficiente, en forma más o menos conscientemente, las personas renuncian a una posición autónoma. Se vuelven extremadamente manipulables por los referentes de turno, que aprovechan estas circunstancias para manejar los hechos con relatos favorables a su posición e intereses.

    ¿Qué ocurre cuando la estupidez gana terreno socialmente? Bonhoeffer afirmaba que haber constatado que una persona estúpida sea a menudo testaruda no debe ocultarnos el hecho de que no es independiente respecto de sus apreciaciones y, definitivamente, de sus decisiones. Una persona estúpida posiblemente sin saberlo y hasta sin quererlo ha renunciado a informarse adecuadamente sobre el tema que sea.  Se mueve con eslóganes, consignas y cosas por el estilo que se han apoderado de su capacidad de comprensión.

    Parte de la dirigencia nacional ha optado por capitalizar estas formas de manipulación de la sociedad.  Han trabajado con mucha habilidad para que los uruguayos en general no pudiesen   informarse adecuadamente sobre el tema que fuera. No se precisa argumentar demasiado al respecto. Como una señal de alarma veamos cómo nuestra dirigencia, con por cierto algunas escasas excepciones, ha abordado el tratamiento de la Ley de Urgente Consideración (LUC). Hemos sido sistemáticamente bombardeados por eslóganes y consignas.

    La LUC como campo de experimentación de la manipulación ya es cuestión del pasado. Cada parte reconocerá a sus héroes y recogerá a sus caídos. Además, ya estamos viendo cómo se tercerizarán las culpas. Las culpas seguramente operarán como en Fuenteovejuna de López de Vega y no se sabrá finalmente quién mató al Comendador. Pero ese es solamente un ejemplo cercano en el tiempo que debe llamarnos a reflexionar sobre cómo el discurso cargado de eslóganes y consignas desvía la atención de lo realmente relevante, que era el contenido y los efectos de la ley que fue sometida a consulta popular.

    Si el ejemplo de la LUC no alcanza para convencernos, podríamos poner sobre la mesa la valoración de las debilidades de nuestro sistema educativo y nuestra comprensión de las necesidades de realizar cambios profundos, que sean realmente transformadores. ¿Qué pasará si aceptamos no saber leer y entender un texto desde primaria cuando eso nos bloquee para poder informarnos por nosotros mismos? ¿Por qué no vemos que nuestro sistema educativo secundario expulsa sistemáticamente a los jóvenes y finalmente los margina como ciudadanos? ¿Qué pensamos de una universidad que no es capaz de autorreformarse desde hace décadas?

    Esto que ha ocurrido recientemente con las discusiones de la LUC, y viene ocurriendo desde hace tiempo con los debates sobre nuestro sistema educativo nacional, debería llamarnos colectivamente la atención porque es la impronta con que muchos referentes abordan cuestiones política y socialmente trascendentes. Parecería que unos grandes titiriteros manipuladores del entendimiento colectivo nacional estuvieran nublando nuestra capacidad de comprensión de asuntos complejos. Estamos comprometiendo nuestra capacidad de analizar lo que nos beneficia o perjudica. Ciertos liderazgos manipuladores nos están privando de nuestra independencia como ciudadanos. Despertemos lo antes posible.

    Lo que ahora me preocupa es que estamos renunciando a informarnos adecuadamente sobre los problemas de nuestro sistema previsional. Un sistema que está claro que está vetusto y desarticulado. Que es sistémicamente insostenible. Si no recuperamos nuestra capacidad colectiva de entender ciertos desafíos estratégicos, como la propia sostenibilidad de nuestro sistema previsional, nos volveremos extremadamente manipulables por los poderes políticos, económicos y sociales de turno, que aprovecharán nuestras debilidades para manejar los hechos, con relatos favorables a sus posiciones e intereses.

    Solo basta con mirar cómo el sistema previsional aumenta las presiones tributarias sobre todos los contribuyentes. Presupuesto a presupuesto aumenta la brecha entre lo que el sistema previsional general recauda y lo que debe volcar a los beneficiarios. Ahora vemos además con alarma lo que pasa con el enorme déficit en la caja militar y en la caja policial. A su vez, las cajas profesionales, incluso las mejores administradas, ya están en condiciones difíciles. Miremos además lo que está pasando cerca de aquí, así no nos hacemos trampas al solitario. Cuanto antes busquemos de manera consensuada las mejores respuestas, mejor será. Enfrentaremos situaciones dilemáticas, pero es mejor hacerlo antes que después.

    “Cuanto peor, mejor” es una línea de acción política y social claramente cortoplacista, que además entendemos que es ineficaz como respuesta ante las carencias del sistema previsional actual. Se trata de una estrategia que parte de un supuesto equivocado. No hay una “línea base” firme para —después de haber sufrido el terremoto previsional que algunos agentes están actualmente estimulando— poder desarrollar una reconstrucción rápida del sistema. Si finalmente destruimos —fundamentalmente como consecuencia de nuestra inacción— el sistema previsional que trabajosamente nuestros abuelos y padres nos legaron, los escombros no nos ayudarán a sustituirlo por algo mejor en pocos años. Serán décadas de sacrificios.

    No dejemos que la estupidez colectivamente inducida desde parte de la dirigencia política y social del Uruguay nos nuble el entendimiento, al punto que no sepamos qué es un fundamento sólido y qué es pura fantasía.  Estamos a tiempo de tomar las riendas, pero el tiempo pasa rápidamente transformando flores en espinas. Lo que antes mirábamos como una oportunidad, sobre todo en las cercanías de la vejez, pronto se convertirá en una amenaza. Nuestro sistema previsional agoniza. Solo que por ahora no nos damos cuenta colectivamente, aunque la enfermedad que padece puede ser fatal, pero el final, triste por cierto, solo se verá claramente después de unos cuantos años.

    Espero que un conjunto de ciudadanos que quieren realmente hacer algo para que las transformaciones imprescindibles que deberíamos realizar en nuestro sistema de seguridad social logren encontrar por lo menos una ventana de oportunidad para sentar las bases de un acuerdo, que por ahora permanece muy lejos de nuestro alcance, pese a los diagnósticos alarmantes ya realizados. Estoy convencido de que si todos juntos no nos preocupamos un poco más por nosotros mismos, sobre todo levantando la mirada y pensando en nuestros hijos, ellos sentirán crudamente en unos pocos años el desamparo de un sistema previsional inoperante, justo cuando enfrenten su vejez.

    Estas reflexiones forman parte de un primer llamado de alerta que quiero realizar a colegas y amigos cercanos ante nuestras actuales dificultades colectivas como nación, para enfrentar el desafío de reformar el sistema previsional uruguayo. Pienso que vuestro semanario puede operar como una caja de resonancia para que muchas más personas puedan hacer llegar sus inquietudes. Hoy más que nunca hay que desterrar ciertos eslóganes y consignas que operan como bloqueos para entender los problemas complejos de nuestro sistema previsional. La carga ideológica parece por ahora impedir a los agentes negociar ante diversos escenarios posibles y, lo que es todavía peor, hace imposible aprender de alguien que piensa distinto.

    Carlos Petrella

    PhD

    CI 1.308.975-0