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    La renuncia de Gonzalo Fernández

    Sr. Director:

    Lincoln Maiztegui decía que la política fue el mal que carcomió los cimientos de la Universidad de la República. Quizás no fue el único: los celos docentes, las disputas fratricidas también hicieron lo suyo.

    La reflexión viene a cuento del escueto recuadro incluido en la última edición de Búsqueda: el Prof. Gonzalo Fernández ha presentado renuncia a su cargo de director del Instituto de Derecho Penal en la Facultad de Derecho de la Universidad de la República.

    Cualesquiera sean los hechos concretos —descarto gruesos expedientes administrativos y jurisdiccionales mediante—, la noticia solo puede ser motivo de hondo pesar para todos aquellos que, desde adentro o desde afuera, sentimos a la Facultad como propia y aún soñamos con un Uruguay mejor.

    Gonzalo Fernández es uno de los profesores más excepcionales de esa Facultad. Me atrevería incluso a ir más allá: creo que hoy es uno de los uruguayos más notables que aún pueblan este país.

    ¿Qué credenciales me asisten para ser tan categórico? Ninguna. Tan solo las que pudieren emerger de mi calidad de estudiante en su curso de Derecho Penal 2º, en los lejanos días de la década de los 80. Es decir, las credenciales propias de ese sentido cósmico que alcanza la relación que vincula a un profesor con sus estudiantes y cuya explicación, como escribiera Saul Below, a ningún lado podría conducirnos.

    Muchos creen que en los años de la intervención todo fue gris y negativo. No es así. Hubo notorias excepciones: hubo profesores que salvaron el honor de la Facultad y vieron en la enseñanza un camino de luz y de salvación.

    Gonzalo Fernández fue uno de ellos. Por entonces ya era autor de un par de libros importantes (sobre todo uno, su tesis: “Derecho Penal de la Sociedad Anónima”). Y si bien era tan solo adscrito a la Cátedra —el curso estaba a cargo de Darío Corgatelli—, sus clases eran un oasis en medio de la oscuridad, que lograba sacar a relucir lo mejor de sus estudiantes. El frío del inhóspito salón de la planta baja donde se daba la clase, poco tenía que ver con el calor y la pasión que el profesor irradiaba. Quien esto escribe, aguardaba esas clases con ansiedad; porque lejos del estilo magistral clásico, el profesor nos cuestionaba, nos preguntaba y nos re-preguntaba, contrastaba las opiniones de un alumno con las del otro; así construía el conocimiento, sin verdades mesiánicas, ladrillo tras ladrillo. El profesor nos exigía; pero también nos estimulaba. Tenía el secreto de la enseñanza: hacer pensar a los alumnos con sus propias cabezas.

    Como para tantos otros, fue en ese curso que nuestra vocación por el Derecho (despertada poco antes en las clases de Gamarra), quedó allí definitivamente sellada. Porque el componente humano —sin el cual, como escribiera mi padre, el Derecho no es más una cáscara vacía—, tampoco estaba ausente: en el ambiente hostil y anónimo de la Facultad de entonces, al fin éramos llamados por nuestro nombre, éramos alguien. Y sobre todo —ahora lo sé— éramos libres.

    Sr. Director, Me temo que el triste episodio que nos convoca dice mucho más acerca del estado decadente de la Facultad (y de tantas otras cosas —por qué no decirlo), que acerca del profesor renunciante. El nombre de Gonzalo Fernández, indisolublemente ligado a la mejor tradición de nuestra Facultad, pasa ahora a engrosar una lista que se va haciendo, penosamente, cada vez más numerosa: la de ilustres docentes a quienes, por razones completamente ajenas a su voluntad (de hecho: contrarias a esta), y tras décadas de docencia —casi cuatro en el caso de Fernández— la permanencia en Facultad se les hizo lisa y llanamente insostenible. Es otra Facultad.

    Queda como consuelo la íntima convicción de sus discípulos de que, como escribiera Tarigo, su alejamiento de la Facultad de Derecho no ha de significar su alejamiento del Derecho, sino por el contrario, una reafirmación de su fe en el Derecho y en los valores más elevados de libertad y de dignidad que sus clases rezumaban. Desde dondequiera que sea, la pluma y la voz de Gonzalo Fernández aún están llamadas a realizaciones mayores.

    Jonás Bergstein

    CI 1.316.079-4