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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEl debate en torno a un posible endurecimiento de las penas para determinados delitos ha vuelto a dejar al descubierto la hemiplejía e ingenuidad en la que nos encontramos como sociedad para hacer frente al complejo tema de la seguridad pública. Hemiplejía, porque solo escuchamos voces que claman disyuntivamente por castigo o educación, como si ambas medidas fuesen polos irreconciliables, cuando en realidad su sinergia es vital si se quieren lograr resultados duraderos en la lucha contra el crimen y no un simple pacto armado con el delito. Ingenuidad, porque cualesquiera medidas concretas que sea que se tomen, no se habrá avanzado demasiado si no se construye el cimiento sobre el que se asienten y que les confiera una dimensión estratégica a largo plazo: el reconocimiento de cuál es el valor que se quiere proteger, la señal clara y firme de que el delito es un flagelo que debe ser combatido y de que el ciudadano respetuoso de la ley cuenta con la garantía de que el Estado está comprometido en su defensa y su seguridad.
Tanto la Declaración Internacional de los Derechos Humanos como nuestra Constitución consagran derechos tales como la vida, la libertad, el trabajo y la propiedad, pero ¿podemos decir hoy que esos derechos estén realmente consagrados en la realidad del vivir concreto, que no van pareciéndose cada día más a un montón de papeles muertos, cuyos rescoldos solo se avivan para causas del pasado y no para la ola de crímenes que nos envuelve aquí y ahora? ¿No parece como si los encargados de velar por nuestra seguridad estuviesen dando la señal contraria, supeditando esos derechos al accionar de los delincuentes, justificando en última instancia su derecho a delinquir y sobreponiéndolo, o al menos equiparándolo, a aquellos derechos fundamentales? Es como si, en lugar de señalar al lobo, se quisiera culpar a las ovejas por no ser lo suficientemente tolerantes con los que las roban y las matan, por estigmatizar a sus verdugos, por no querer resignarse a su reciente papel de carne de cañón social, de meras ofrendas al dios de lo políticamente correcto. Es como si estos perros guardianes estuvieran atrapados en el dilema moral de tener que cuidar a las mismas ovejas que en su anterior estado lupino perseguían, y que tal vez secretamente aún desprecian, y encima tener que fingir que les importan sus miserables balidos que claman por seguridad.
Esta doble moral canina es probablemente uno de los correlatos de una doctrina que parecería haber permeado en el accionar público de nuestros timoneles: la doctrina de que el criminal es un elemento socialmente afín, una víctima de la partición del mundo en países y clases, un compañero de ruta en el camino revolucionario, más inocente y natural que la podredumbre burguesa, empedernida en sus libertades, su propiedad privada y sus relaciones de mercado, un noble salvaje que redimirá sus pecados el día que se rompan las cadenas de la oprobiosa esclavitud en la que vive. ¿Cómo no ver en él a un aliado en la destrucción de esta sociedad que ambos detestan? ¿Cómo no tener doble moral frente a esas ovejas de las que hoy se precisa —en aras de una estrategia de desgaste— pero a las que unas décadas antes, de haber sido otra la situación, nada hubiera impedido pasar tranquilamente a degüello? Es la doctrina la que les impide, siquiera mentalmente, condenar al delincuente, la que los hace invertir la carga de la culpa sobre sus víctimas, criminalizando a la sociedad para escurrir el bulto, la que los hace mover los brazos como frenéticos aspavientos para enturbiar las aguas y permitirle al tiburón seguir escondido entre el cardumen. También es la que los hace poco aptos para manejar un tema tan delicado para la sociedad en la que viven, que tal vez no sea la de sus sueños, pero es la que los ha depositado en el sillón en el que hoy se sientan.
Una de las víctimas más notorias de esta fricción entre una doctrina mesiánica y determinista y la realidad de un país democrático es la propia convivencia. ¿Quién, en su sano juicio, pensaría en construir convivencia dejando a los lobos sueltos entre el rebaño, presuponiendo, además, la existencia de aquello que es lo que supuestamente se desea construir, es decir, la convivencia misma? ¿Quién podría ser lo suficientemente ingenuo, o lo suficientemente desalmado, como para creer que el lobo se transformará en oveja sin necesidad de coerción? O quizás crean que, a fuerza de comer ovejas, el lobo acabará volviéndose una. O que, un día cualquiera, fulminado por una crisis de conciencia, acudirá a la iglesia más cercana a arrepentirse de sus pecados y comulgar con el rebaño. Mucho más probable sería que suceda exactamente lo contrario, y que la alegre granja social diseñada por los teóricos bienintencionados degenere en una selva donde solo impere la ley del más fuerte. Y el lobo sabe que no solamente es el más fuerte, sino que además cuenta con la bendición de la doctrina: si roba, está robando a un ladrón (ya que toda propiedad es un robo); si mata, es la sociedad la que lo impele a hacerlo. Nada de lo que haga disminuirá un ápice la ingenuidad y el servilismo de sus protectores: podrá robar escuelas, quitarle la comida a un niño, acuchillar a un inválido, golpear brutalmente a un anciano, matar por cinco pesos, nada de eso disminuirá su inherente bondad y su capacidad de regeneración, aunque no sepamos de qué pueda servirle regenerarse si no encuentra motivo de arrepentimiento en sus actos, si delinquir es más redituable que trabajar y estudiar, y si hasta probablemente no falten voces que solícitamente salgan a minimizar y hasta justificar su extravío. ¿Cómo podría regenerarse alguien que mata por placer, alguien que tiene en sus manos la posibilidad de perdonar una vida y no lo hace? ¿Por qué no pueden simplemente robar, irse con lo que precisan y no llevarse la vida de quienes se cruzan en su camino? ¿Cómo presuponer la inocencia y la bondad de quienes serían capaces de robarle hasta el aire a un moribundo?
Mientras somos anestesiados con la retórica de la tolerancia y de la inclusión, los delincuentes proliferan en el suelo fértil de la abstracción de lo individual, de la indiferencia y la relativización, del vacío de autoridad que la misma autoridad ha preferido fomentar: campean en la más absoluta tierra de nadie. Se nos quiere hacer hipersensibles a la estigmatización figurada e insensibles a la estigmatización literal que se abre camino a cuchilladas y balazos, insensibles al empoderamiento de la violencia y el crimen, insensibles a nuestra propia desintegración. De no corregirse, esta nivelación de valor entre el criminal y el ciudadano honrado terminará por hacer infranqueable el abismo que hoy vemos abrirse día a día en nuestra sociedad. Años de sacrificio, de trabajo, de esfuerzo y dedicación habrán sido borrados a punta de pistola, como individualmente lo están siendo hoy, ante el beneplácito de quienes fomentan el culto a los delincuentes, pintándolos como mártires del entramado social, difuminando la culpa y forzando a la realidad a tenderse en el lecho de Procusto de su desatino, con lo que no están haciendo sino cavar la tumba de las futuras generaciones.
Mientras el problema de la seguridad ciudadana no sea acometido con la convicción de qué es lo que se está protegiendo, con el acuerdo de todos los actores en ese aspecto fundamental, con el reconocimiento de que el delito no debe ser tolerado, de que la vida, la libertad, el trabajo y la propiedad son sagrados, todas las demás medidas, que tan histriónicos debates provocan, no serán más que un dique de papel con el cual se creerá contener la marea del crimen, no serán más que un maquillaje para el cadáver de nuestra sociedad, del todo inútil ante la voraz indiferencia de los gusanos.
Guillermo Cedrez Ferreira
CI 3.513.805-2