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Un indignado ante la quintaesencia del pensamiento antilibertario. Entiendo adecuado que para referirme a dichos publicados en el semanario de su dirección, debo aclarar mi punto de partida, mi concepción de la sociedad y remarcar que considero que mi pensamiento no es “conservador”, “derechista” o “reaccionario”.
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Obviamente que ello implica definir esos conceptos y lo haré en una forma muy general, diciendo que, a mi juicio, son “conservadores”, “derechistas” o “reaccionarios” los individuos que aceptan el orden instituido sin cuestionarse el poder en sí, existente en las sociedades o, a lo sumo, pretendiendo modificar las relaciones de poder existentes, atribuyendo el mismo a partidos, razas, tribus, confesiones, o cualquier otra entidad, diferente a quien lo ha ejercido hasta el presente.
También por un elemental deber de lealtad para con quien lea esta carta confieso que las ideas o concepciones personales que subyacen en la misma puedo reducirlas, con el forzamiento que toda reducción supone, en lo que sería un sincretismo de “pensamiento libertario”, “existencialismo agnóstico” y “ misticismo laico”. Los menciono en ese orden porque así surgieron cronológicamente en mi conciencia, en mi ser.
Del pensamiento libertario conservo la convicción que no encuentro mayor riqueza para el ser humano que el amor a una vida intensa, de rechazo al dogmatismo y al culto a cualquier personalidad, de expansión del pensamiento, de búsqueda de conocimientos, de una moral acorde con los valores antiautoritarios, fraternales y solidarios.
Del existencialismo agnóstico mantengo la idea que es la existencia del ser humano libre lo que define su esencia, en lugar de entender que es su esencia la que determina su existencia; por lo tanto la carencia de libertad es carencia de existencia. La individualidad del ser humano estaría por encima del hombre abstracto del idealismo hegeliano y del hombre genérico del marxismo.
Finalmente, el misticismo laico, adquirido en los últimos años de mi vida, me lleva a pensar que hay una cierta trascendencia, un cierto “más allá”, pero solo aquí en la Tierra, algo que me lleva a mejorar mi vida y la del prójimo, un compromiso con ciertos valores. También encuentro y acepto una trascendencia intelectual porque ser agnóstico no me impide vivir experiencias personales de plenitud, misterio, silencio y eternidad; como expresa André Comte-Sponville: “el presente es la eternidad”.
En mi pos adolescencia adherí a la Internacional de las Juventudes Libertarias. Nuestra “desorganización juvenil” nos convirtió en provocadores profesionales. No utilizábamos armas, solamente banderas rojinegras, panfletos, pancartas que decía “¡Libertad!” y, eventualmente, quemábamos neumáticos en las calles, o tirábamos alguna piedra para intentar no ser detenidos.
Entre abril y octubre de 1968, participé en primera línea durante las revueltas por el asesinato de Martin Luther King en Washington DC, en el Mayo Francés, en la Primavera de Praga y en la masacre de la Plaza de Tlatelolclo. En siete meses perdí cuatro revoluciones mundiales y un amigo que murió en mis brazos en México.
Aún hoy sigo convencido que la vertebración política y moral de la sociedad no tiene por qué estar a cargo de ninguna entidad superior al individuo: deidad, iglesia, estado, partido, o cualquier otra.
Pues bien, realizadas esas precisiones previas, más extensas de lo deseable pero a mi juicio necesarias para que no se me interprete mal, quiero referirme a las declaraciones de la senadora Lucía Topolansky reproducidas en la edición de Búsqueda de fecha 3 de mayo de 2012.
Dijo la referida senadora: “Precisamos Fuerzas Armadas fieles al proyecto nuestro... Tenemos una novedad, el comandante en jefe es hijo de un ex preso político... Eso no se había visto. Yo no digo que eso tenga un efecto mágico inmediato y que de allí tengamos unas fuerzas armadas revolucionarias... Si aislamos a los militares y la única versión que tiene es la de los viejos que están presos, ahí tenemos un problema. Nosotros tratamos de hacer un trabajo en esas cabezas... Siempre decimos así, un numerito, preciso por lo menos un tercio de la oficialidad y la mitad de la tropa de mi lado. Me gustaría todo”.
Esas declaraciones constituyen a mi juicio la quintaesencia del pensamiento antilibertario. En efecto, la senadora expresa con toda claridad su intención de que los militares, que constituyen en todo el mundo la máxima expresión del poder de los estados, sean fieles a su pensamiento político, para lo cual hay que trabajar en sus cabezas y de esa forma serían fuerzas armadas revolucionarias,siendo en principio suficiente un tercio de la oficialidad y la mitad de la tropa.
Concluyo sin esfuerzo que la senadora Lucía Topolansky es profundamente “conservadora”, “derechista” o “reaccionaria”, porque ella acepta el orden instituido y solamente procura modificar las relaciones de poder existentes, atribuyendo ese poder a quienes comparten su proyecto político, resguardado por el poder de fuego de las Fuerzas Armadas y distribuyéndolo entre los que piensan como ella, aquellos a quienes Bakunin llamaba la “nueva burocracia roja”, que fueron quienes quedaron como dueños de los medios de producción luego de extinguida la URSS. Explicaba Bakunin: “... rechazamos cualquier tentativa de organización social que no admitía la libertad más amplia tanto de los individuos como de las organizaciones, o que requiera la instauración de cualquier régimen de poder. En nombre de la libertad, la cual reconocemos como fundamento único y único principio creativo de la organización, económica o política, protestaremos contra todo aquello que remotamente pueda parecerse a Comunismo Estatista, o al Socialismo Estatista” (M. Bakunin: “Rechazo al Socialismo Estatista”).
En síntesis, me indigno de la manera más radical posible ante las expresiones de la senadora Lucía Topolansky, en el entendido que las mismas son la expresión de un proyecto político que no busca respetar mi libertad sino someter mi vida a la visión de su partido, de sus dogmas, de sus ansias de poder en manos de nuevos amos y con el respaldo de las armas.