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    La situación argentina (I)

    Sr. Director:

    El mercado financiero argentino baila hace un par de semanas. De aciertos y errores en las decisiones financieras y económicas, o en el ritmo de las mismas, se desató de súbito la inestabilidad y el peligro de una crisis mayor fuera de control. Así el presidente Macri tomó la decisión de mayor impacto posible inmediato: pedir asistencia al FMI. Argentina no recibe su financiamiento ni ejecuta programas de reformas bajo acuerdo de asistencia desde que Néstor Kirchner cancelara su pasivo con el FMI hace 12 años, con recursos a mayor costo que los del propio organismo; pero cualquier precio le valía sacarse de encima el control externo institucional a su política populista de árbitrio personal, para poder gestar el botín y dejar las arcas exhaustas por funcionarios, salarios, beneficios y subsidios, y al país fuera de Occidente. Ese estado de cosas recibió Macri, que hoy, 2 años después de haber estirado la arruga en la alfombra, llega al límite. Recurrir ahora al atajo del FMI es la necesidad de respaldo financiero, sí, pero también y no menos importante la necesidad de recuperar credibilidad ante el mercado en primer término, disparando las fotos, los encuentros y las frases acordes con tal propósito. Y asimismo, tampoco menos importante es ganar tutoría y control en la difícil ejecución política y social de reformas o ajustes que no admiten más dilación. Y que de esto versará en sustancia la revisión que impone el artículo IV está más que cantado.

    Sin embargo, golpearle la puerta al FMI aparece hoy como una especie de regresión que pega en el falso “soberanismo” nacionalista cultivado en la consigna del alma peronista, pese a que son más los gobernantes peronistas que pidieron ayuda al FMI que los otros que no lo hicieron. Y así, por ende, se erige un arco discursivo contra Macri por no haber previsto esta situación, por no haber encarado las reformas necesarias en el presupuesto y en la estructura desorbitada y demencial del gasto público y sus componentes a tiempo, en suma, por gradualista. Como siempre una mayoría de cracks con el diario del lunes levantan la voz. ¡Qué bipolaridad! Muchos creen que se gobierna así como el Baby Echecopar habla por radio, a golpes de voluntad y entusiasmo. Muchos se olvidan dónde estaban y qué perspectivas tenían hace 5 años, o 3 nomás. Se culpa al ingeniero, no político, ni carismático y de magro don de comunicación, por no haber desmontado en 2 años la formidable maquinaria de poder, recursos y trampas que los pingüinos armaron en 13 años de absolutismo y venalidad. Muchos olvidan que cuando asume tiene a Cristina viva y peleando, a sindicatos y piqueteros siempre listos a recaudar o encender la pradera, sin mayoría parlamentaria propia, ni experiencia de gobierno nacional y con la imperiosa necesidad de articular paz política y acuerdos en su áspera interna con Lilita, los radicales y Cambiemos. Macri tuvo que, recordemos, estrenar gobierno sin transición, sin caja, sin crédito internacional para esa Argentina que debía retornar a la comunidad primero, y hacer todo desde un presupuesto público modelo Titanic. Y a recordar también que afuera, las hordas manifestantes compradas a puro subsidio y choripán por el matrimonio K, prontas para el asalto, y la violencia latente en las calles del escenario argentino de siempre, proclive a la revuelta en Plaza de Mayo y alrededores, o en Alem o en las rutas; y atrás en la memoria viva, las salidas anticipadas de Alfonsín o De la Rúa y el helicóptero. Memoria viva que señala pocos presidentes no peronistas terminando su mandato. Ese era el contexto hace dos años.

    Macri es político, no de raza. Está gobernando la Argentina después del diluvio. Armó el equipo de recambio con gente que luce honesta y con empeño, con profesionalidad y republicanismo. Y cambió parte del elenco. Ha actuado siempre con prudencia, la propia de quien sabe que estar de trajecito de verano en la selva de los caníbales y dejar una hilacha en el piso será suficiente para quedar desnudo. Y con la prudencia que resulta aconsejable en un gobierno que nace con el signo contrario a la pleamar populista, debió construir poder y liderazgo, con paciencia, fondos federales, ensayo y error. Bastante bien lo hizo hasta ahora, que, inexorablemente, llegó la realidad. El mercado canta que no le cree al gobierno su proyecto y su gestión si no resuelve el problemita de sustentar financieramente en el tiempo un esquema económico en el que 1/3 crea y paga y 2/3 a babucha con subsidio, salario público, o etc. No hay cambios estructurales de la matriz actual del gasto salvo las tarifas y algo de subsidios, ni tampoco un plan de reformas que involucre al sector productivo en un modelo más eficiente y menos costoso. Muy bien el sinceramiento fiscal para repatriar fondos argentinos de afuera, pero ¿a qué? A pagar impuestos, bancar zánganos y seguir en el gran trancazo de costos directos e indirectos.

    Entonces Macri estuvo gobernando, sí. Quizá advierte tarde él y/o su equipo que ya no hay más tiempo. Y que hay que hacer reformas. Y la carta jugada es que vendrá otra Cristina, ahora desde el DC y un Cardarelli desde la Via Appia, y se encargarán de indicarle al sistema político el tamaño y la ubicación, los “hallazgos” que deben cambiarse. Y deberán comprender que se acabó la fiesta infantil, que el país debe ajustar por programa su estructura de gestión pública, los beneficios en exceso y desregular la actividad económica privada, sin la cual no habrá producción, inversión, crecimiento y por ende impuestos posibles. Sin reformas no habrá futuro. Deberá ser con el compromiso e involucramiento de toda la dirigencia política. Macri es probable que deba llamar a un pacto de sustento. Y así es que veremos nuevamente en la calle los choripanes, los piquetes y los carteles contra el FMI, de todos los hijos y entenados del populismo. Y será un nuevo camino de negociaciones y alguna pilcha del apero quedará por el camino. Y más complicado será el largo plazo de los ajustes para encaminar el ejército de desokupas que no generaron formación de trabajo, ni tienen la ética del sustento del trabajo, y son actualmente mantenidos por dietas públicas, y se reducen a ser militantes o piqueteros. Esto demandará más esfuerzo y más tiempo que los 2 años que faltan para terminar el mandato. Y eso es lo que bien sabe Macri y, entre otras incertidumbres, es uno de los motivos por los que estos 2 años de cuesta arriba los ha hecho a marcha lenta, hasta ahora.

    Brasil, más estable y con Lula entre rejas, mira de reojo y con sus barbas en remojo qué pasa en Argentina de cara a su inminente proceso electoral. Y Uruguay, con algunas diferencias y muchas semejanzas a Argentina, enfrenta su propio viacrucis: altos costos de producción, onerosa carga fiscal, rigidez laboral, inseguridad acuciante, educación decadente y ola inmigratoria sin control.

    Con críticas actuales a Macri en su país más extemporáneas e injustas que señalamientos racionales y correctos, la situación argentina igualmente es un gong para el Uruguay y todas las resultancias de ese proceso vecino nos afectarán. Aún algo más desacoplado el Uruguay del “menos y peor Mercosur”, la situación argentina si bien no aparece como una amenaza regional inmediata a nuestro país, sí exhibe síntomas de fatiga sistémica y paradigmas sociales revertidos que no le resultan extraños o ajenos al Uruguay. Téngase presente.

    Miguel Vieytes