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Según la encuesta de intención de voto de Cifra cuyo trabajo de campo terminó el lunes 18 de agosto, el 41% del electorado piensa votar al Frente Amplio (FA), el 32% al Partido Nacional, el 15% al Partido Colorado, el 4% al Partido Independiente, 1% a Unidad Popular, y el resto, 7%, son principalmente indecisos y una pequeña minoría que piensa votar en blanco. Ningún otro partido alcanza una intención de voto de 0,5%, y por eso no se los menciona (Cuadro 1).
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Los cambios con respecto a la encuesta de un mes atrás son pequeños: el oficialismo pierde dos puntos porcentuales; los blancos ganan dos puntos, los colorados pierden un punto, e independientes y la Unidad Popular siguen igual. Estos cambios muy modestos, sin embargo, muestran que la tendencia negativa para el FA continúa avanzando. Esa tendencia ya se insinuaba en febrero de este año, y se hizo claramente visible en marzo. Hasta ahora había tenido su valor más negativo para el FA en mayo, justo antes de las internas (razonablemente: la campaña fue mucho más activa en la oposición). Esa tendencia parecía frenada, aunque no revertida, en julio; los datos actuales muestran la peor posiciónrelativa del FA registrada en el curso de esta campaña.
“Relativa” porque, como el oficialismo es la mitad política mayor del sistema, lo que realmente importa es la comparación del FA con la suma de todos los demás partidos (y en particular con blancos y colorados). Su intención de voto considerada aisladamente no significa mucho. El promedio de las intenciones de voto hacia el FA en el año 2012 fue 39%, pero el promedio de la suma de todos los demás fue 38%. Con ese 39% el FA era la mitad mayor del sistema, con un punto porcentual de ventaja. Hoy la diferencia entre el FA y todos los demás es de –11 puntos; considerando solo a blancos y colorados, es de –6 puntos. Son las diferencias más grandes registradas en lo que va de la campaña.
¿Cómo se llegó hasta aquí?
¿Cómo se llega a esta situación? Subrayando cómo, no por qué; esta última es una pregunta bastante más difícil. El Cuadro 2 ratifica resultados anteriores reportados en este mismo espacio, con valores algo más negativos para el FA. Un mes atrás se observaba que en 2014, en todas las encuestas de Cifra, “el FA ya no es el que más retiene a sus antiguos votantes; antes, a partir de 1989, el FA siempre retuvo mejor que sus competidores… Ahora el Partido Nacional retiene más (en términos relativos) que el FA. Si se consideran las dos mitades en sentido estricto (el FA por un lado; blancos y colorados por otro), entonces el FA retiene bastante menos, en términos absolutos y relativos, que la suma de blancos y colorados” (Búsqueda, 17 de julio de 2014). En julio el FA perdía 14 puntos porcentuales (10 a los blancos, 4 a los colorados), mucho más que la suma de los votos blancos y colorados de 2009 que lograba captar. Ahora, en agosto, pierde 16 puntos porcentuales hacia blancos y colorados (y otros 3pp hacia el Partido Independiente). El FA solamente lo sigue siendo la mitad (a secas) entre los nuevos votantes: el 47% lo votaría, y otro 47% opta por alguno de los otros tres partidos con representación parlamentaria.
Lo que se puede esperar
Con estos números, como con los de julio ppdo., “el FA no tiene mayoría parlamentaria propia (nadie la tiene), la presidencia se decide necesariamente en segunda vuelta, en noviembre, y el ganador de esa segunda vuelta” se definirá en lo que resta de la campaña (Búsqueda, loc. cit.). En mayo, antes de las internas, en este mismo espacio ya se había sostenido: “todos estos resultados sugieren que el humor del electorado estaría cambiando. Ya sea porque ven con mejores ojos a la oposición, o porque evalúan más críticamente al oficialismo (su gestión de gobierno, su campaña electoral preinternas), o por ambas cosas, por ahora los votantes se están alejando del oficialismo, aunque lenta y gradualmente… esta conclusión no registra en realidad algo nuevo, sino más bien una acentuación de las tendencias de mediano plazo. El FA obtuvo su mejor votación nacional en 2004; en 2009 no logró mantener su votación de 2004. Pero la pérdida era modesta, y en parte por esa razón pasó casi inadvertida… Aunque en 2009 fue necesario un balotaje (a diferencia de 2004), la victoria de Mujica en noviembre fue muy clara. Y también, o quizá principalmente, porque el FA había logrado retener su mayoría parlamentaria propia” (Búsqueda, 8 de mayo de 2014).
Los resultados de agosto ratifican esto en todos sus términos; en rigor, resultan fortalecidos por varias consideraciones adicionales. En primer lugar: en agosto, por primera vez en la campaña, todas las encuestas profesionales que se publican regularmente muestran que el FA tiene una intención de voto menor que la de blancos y colorados sumados. Sólo difieren en el tamaño de la diferencia, que varía entre –3 y –6 puntos porcentuales, según los distintos encuestadores. En segundo lugar, todas las encuestas sugieren ahora una tendencia negativa para el oficialismo.
En tercer lugar, la comparación de los resultados de Cifra de 2014 con los obtenidos a la misma altura de la campaña electoral anterior muestra que en 2009 la posición del FA también se había deteriorado antes de las internas (tal vez por razones en parte similares), pero ese deterioro se frenó inmediatamente después de las internas, y en agosto se revirtió: el FA era nuevamente “la mitad mayor”, con 1 pp de ventaja sobre todos los demás partidos sumados (Cuadro 3). En 2014, en cambio, el deterioro previo a las internas fue mayor, la estabilización posinternas se mantuvo en esos niveles, y en agosto la situación no se revirtió, como había ocurrido en 2009; la relación negativa para el FA se acentuó. El +1 de agosto de 2009, favorable al FA, se transformó en –11 en agosto de 2014.
Todo esto significa, como ya se observó, que las conclusiones relativas a la casi certeza de una segunda vuelta para definir la elección presidencial, y a la casi certeza de la ausencia de mayorías legislativas, se han visto ratificadas (más bien, sólidamente fortalecidas). Pero las conclusiones relativas a la presidencia cambiaron significativamente. En julio los números de Cifra mostraban claramente la tendencia negativa para el FA, pero si se consideraban sólo los resultados de julio, “según ellos en octubre Vázquez debería votar arriba de 45%, tal vez 46 o 47%, y allí está tan cerca de la mitad más uno que lo más probable sería que en noviembre sume los votos que le faltan (la poca evidencia histórica disponible, de 1999 y 2009, juega a favor de este argumento)” (Búsqueda, 17 de julio de 2014). Con los números de agosto, en cambio, en octubre Vázquez podría llegar al 44 o 45%, y ya no es favorito: con estos números Lacalle Pou tiene al menos tantas chances de ganar como Vázquez.
Teniendo todo en cuenta (números y tendencias), hoy, para el FA, la victoria en octubre (sin balotaje) o la mayoría parlamentaria propia parecen objetivos muy difíciles de alcanzar. El objetivo “realista” para el FA sería retener la presidencia en noviembre, cosa posible, pero sólo eso: posible. Para lograrlo debe frenar rápidamente estas tendencias, y si es posible revertirlas. Es posible, pero no es fácil.
Conjeturas sobre los porqué
Aunque nada de lo expuesto hasta aquí es “ciencia exacta”, lo que sigue es bastante más especulativo. ¿Por qué razón o razones el panorama electoral ha cambiado tanto en unos pocos meses, especialmente teniendo en cuenta que la mayoría del electorado cree que la situación económica es buena, que el presidente es relativamente popular y su gestión (y la de su gobierno) no son vistas negativamente?
Los comentaristas, independientes y de todos los partidos, FA incluido, han mencionado varios factores que contribuirían a explicar lo que está ocurriendo. Entre ellos, sin que el orden en que se los menciona implique importancias relativas, se destacarían: la acumulación de errores y problemas de gestión (desde Pluna hasta ASSE, pasando por los “gestores inmobiliarios” vinculados a los sindicatos); la acumulación de las inacciones y promesas incumplidas, desde la reforma del Estado (que se suponía sería “la madre de todas las reformas”) hasta la educación (el famoso “no me la llevan” del presidente Mujica); la insatisfacción creciente de la población con la seguridad y la educación públicas (agravada por la respuesta: “los medios tienen la culpa”); la percepción creciente de que en materia laboral el péndulo se inclinó demasiado hacia el lado sindical, imagen fortalecida por conflictos y ocupaciones muchos de ellos a primera vista difíciles de entender (aunque esto no haya afectado, por ahora, la legitimidad colectiva de los sindicatos); la reticencia (o desconfianza) creciente hacia el corporativismo; la confluencia de todo esto potenciando la “fatiga” de los diez años de gobierno, y con ella la pérdida de entusiasmo que sería visible en su propia militancia.
A todo esto se sumaría lo que desde adentro del oficialismo se señala como “lentitud de respuesta” (del FA, de los sectores) a las señales cada vez más visibles de problemas, y la inadecuación de la comunicación y los temas que el FA habría aportado hasta hoy a la campaña. Estas “inadecuaciones” (señaladas, también aquí, desde el FA) incluyen ciertos énfasis en el pasado y en los pecados de la oposición. La mirada hacia el pasado no sería apropiada para el que culmina una década de su propio gobierno. Además, se carga de significados definidamente negativos ante el contraste entre la edad (y el tono, y las formas) del candidato presidencial oficialista y de su “equipo principal” con las edades, tonos y formas de sus rivales, especialmente Lacalle Pou y su equipo. Más allá de las edades y estilos, las formas de comunicación de unos y otros (FA, opositores) señalarían, como mínimo, un corte y renovación generacionales muy evidente.
Todos estos factores son importantes, y acumulados muestran una considerable suma de debilidades y flancos abiertos. Creo que a este relevamiento se podrían o deberían agregar dos familias de consideraciones que, por un lado, aportan significados adicionales a la lista anterior, y por otro lado ilustran la naturaleza de las dificultades que enfrenta el FA.
El primero de ellos se refiere a la acumulación de expectativas insatisfechas a lo largo de varias generaciones consecutivas. Uruguay en primer lugar (y Argentina en segundo lugar) son campeones mundiales en materia de estancamiento relativo de sus economías durante la segunda mitad del siglo pasado. No se trata de estancamientos absolutos: uruguayos y argentinos, colectivamente, viven mejor a principios del siglo XXI que a mediados del siglo pasado. Pero han progresado mucho menos que todos sus grupos de referencia importantes, incluyendo a las democracias ricas de hoy y a todos los parientes y vecinos de la región, y esos atrasos relativos son dolorosamente ostensibles para los rioplatenses rezagados.
Es cierto, sin embargo, que en la última década el país creció como no había ocurrido en los últimos sesenta o setenta años. Pero una década no alcanza para disipar temores y respuestas culturales arraigadas a través de varias generaciones, especialmente cuando, como ahora, la sensación que comienza a entreverse es más bien la de las oportunidades perdidas: estuvimos cerca, pero no alcanzó. Éste es el acelerante que potencia la lista de frustraciones más concretas (y prosaicas) que domina la larga lista anterior, y que, en conjunto, produce una nueva mirada sobre los actores políticos: los nivela. En realidad se parecen bastante.
El segundo factor se refiere a la fortaleza de las camisetas partidarias uruguayas (en la terminología académica, la fortaleza de las “identificaciones partidarias”). En Uruguay son las más altas de la región: con algunas oscilaciones, la mitad del electorado tiene camiseta partidaria. Esto tiene algunas consecuencias bien conocidas: estabiliza la volatilidad electoral y enlentece los cambios en las preferencias de los votantes, porque la mitad “camisetera” normalmente vota al partido de sus amores. Si (como ocurre en Uruguay) las dos mitades del electorado tienen proporciones similares de “camiseteros”, esto significa que las elecciones las decide la otra mitad del electorado, los que no tienen camiseta.
Las campañas, entonces, deben atender a dos públicos muy diferentes: deben mirar “hacia adentro” para no ofender a sus propios adherentes, y simultáneamente deben prestar especial atención “a los de afuera”, a los que no tienen camiseta, que realmente deciden la elección. En 2004 esto era fácil para el FA: venía del llano, no tenía esqueletos (de gestión gubernamental) escondidos en sus roperos, y su crítica radical e indiferenciada a los partidos fundacionales llegaba igualmente bien “adentro” (lideraba la carga contra los denostados rivales) y “afuera” (sintonizaba bien con el fastidio de la mitad no camisetera con los que hasta entonces habían gobernado). En 2004 las respuestas predominantes de las elites políticas fundacionales demonizaban al FA y se centraban en sus presuntos pecados del pasado, reales o no. Esto llegaba bien a su (decreciente) parte “de adentro”, pero iba a contrapelo del fastidio hacia los “fundacionales” dominante entre la mitad sin camiseta. Mostraba a esas elites como dinosaurios con ojos en la nuca e insensibles a los verdaderos problemas, los del futuro.
Diez años más tarde la tortilla se dio vuelta, y con ella el peso de los problemas. Ahora los que vienen del llano son los de la mitad fundacional, que no cargan con las responsabilidades de los errores e inacciones de la última década (potenciados: el FA gobernó con mayorías legislativas propias). Las afirmaciones centrales de los blancos (la principal: “por la positiva”) no hacen daño alguno hacia adentro: la militancia está entusiasmada, presiente y espera la victoria, y es un solo corazón con el liderazgo que, finalmente, lo estaría haciendo posible. Hacia afuera, “por la positiva” mata varios pájaros de un único tiro: se despega de sus propias elites “anticuadas”, se despega del discurso del encono (de buena parte del FA), crecientemente insostenible porque todos son “cada vez más parecidos”, y por contraste, finalmente, pinta al otro (el FA) como el dinosaurio de turno. El problema que el FA debe enfrentar no es pequeño.