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    Sebastián da Silva (‘never pony’)

    Da Silva tiene convicciones profundas y anda al galope: es un “purasangre”; pero al mismo tiempo, para impulsar sus creencias, ha construido un personaje

    Columnista de Búsqueda

    ¿Se puede construir un personaje y, al mismo tiempo, ser auténtico? Se puede. Es el caso del senador Sebastián da Silva. Me ayudó mucho a comprenderlo un poco mejor el extenso reportaje publicado por El País el domingo 29 de abril.1 Paso a compartir algunos apuntes sobre lo dicho allí, entre otras razones, porque es verdad que, como el entrevistado señala, me cuento entre los que pensamos (como siempre digo, en el acierto o en el error) que, con cierta frecuencia, el tono de su discurso puede ser dañino para nuestra cultura política. Pero antes de ir a esa discusión, repasemos sus convicciones y su estrategia.

    Da Silva tiene sangre en las venas. No hace falta explicarlo. Acaso, como tantos en esa profesión, sueñe con ser presidente (cuando le preguntan sobre esto, responde: “apagá el grabador”, y se ríe). Pero me atrevería a decir que sus convicciones acerca de lo que el país precisa son más fuertes todavía que su ambición personal. Cuando lo consultan por su “misión”, responde: “Dar la batalla cultural para poder hacer la fucking reforma del Uruguay de una vez y para siempre”. Nunca medias tintas, never pony: en lo económico, “reformas liberales” (privatizaciones incluidas, empezando por la del Banco de Seguros); en materia de seguridad, que “los caguen a bala” (“es hora de parar… se terminó”). Da Silva resume su visión con la definición de “derecha popular”, al estilo del viejo Herrerismo.

    No es de los que piensa que al Frente Amplio (FA) se le gana pareciéndose a él. “Al Frente se le gana siempre por derecha”. Hay mucha distancia, por tanto, entre su lectura de la estrategia electoral y la de Álvaro Delgado en 2024. Para él, la elección se gana “dando la batalla cultural”: “Genero, construyo, ladrillo a ladrillo, la resistencia, la transformación de un partido ‘paloma’ a ser un partido más ‘halcón’. Construyo o reconstruyo la idea de que la derecha popular es algo de lo que no tenemos que tener vergüenza. Construyo, aunque es un término berreta, la batalla cultural”. Por ejemplo, dejando de “romantizar la justicia social, que es un concepto absolutamente hueco”, y romantizando “la prosperidad, la autonomía, la capacidad de seguir adelante”.

    Never pony. Da Silva tiene convicciones profundas y anda al galope: es un “purasangre”; pero al mismo tiempo, para impulsar sus creencias, ha construido un personaje. Los que lo conocen saben que hay un abismo entre el gurí que militaba en la 903 y el Negro del “tractor amarillo”. El modelo está claro. Es el Pepe Mujica. Como el Pepe, camina por el límite entre el insider y el outsider. Mujica juntaba decenas de miles de votos cada vez que decía que no quería ser presidente. Da Silva dice que se puso cuarto en la lista al Senado “para no salir”. Como el Pepe, Da Silva no tiene filtro a la hora de decir lo que piensa y hace un culto de la autenticidad. Como el Pepe, usa un lenguaje bien sencillo y apela todo el tiempo a la ironía. Como el Pepe, dos por tres pisa la banquina, resbala al exabrupto, y cada tanto, pide disculpas.

    Como el Pepe… Por supuesto, entre ambos hay un abismo en muchos sentidos. Hay un abismo entre haber ido al Seminario, ser productor rural y haber estado 12 años preso por guerrillero. Pepe no tenía que demostrar todos los días que para él no había nada más importante que luchar por sus convicciones, a cualquier precio. Desde luego, Mujica tenía un magnetismo muy especial. Hablaba y lo escuchaban. Rezongaba y lo escuchaban. Callaba y lo escuchaban. Aun así, sabiendo todo esto, Da Silva lo intenta. Tiene sentido el esfuerzo y, en buena medida, funciona. De hecho, ha logrado hacerse un lugar, ser escuchado, convertirse en uno de los principales referentes de la oposición. Y sintoniza probablemente mejor que muchos otros con el enojo que crece en buena parte de la ciudadanía. Dice querer representar a la “sociedad civil desorganizada”, al “hombre de la calle” de la canción de Jaime Roos, y lo hace bien.

    Da Silva, never pony, va para adelante con sus convicciones, su estrategia, su personaje, buscando los votos de Mujica; inspirado, al menos en parte, en el propio Pepe. Pero hay un aspecto de su discurso que lo aleja del mejor Mujica y que, para muchos de nosotros, académicos y analistas, resulta preocupante. Con demasiada frecuencia, el discurso del senador Da Silva transmite odio. Odio a los “zurdos”. Odio a “Frenando Pereira”. Esto es lo que considero dañino. Es completamente legítimo el debate de ideas. Es necesario que izquierda y derecha sean distintas. Tiene mucho sentido, al menos desde mi punto de vista, la frase “al FA se le gana por derecha”. Pero precisamos que la política uruguaya distinga entre adversario y enemigo. Se discute con pasión y rigor con el adversario. Se lucha, sin piedad, contra el enemigo. Al adversario se lo derrota, apenas por un tiempo. Porque la democracia es ganar y perder. Al enemigo se lo destruye, para siempre.

    El peor Mujica, el de la década del sesenta, veía a los otros como enemigos. Fue un factor de radicalización, de polarización. Junto con tantos otros, de organizaciones muy distintas, construyó la “grieta” que nos llevó al abismo. El mejor Mujica, el del siglo XXI, contribuyó decisivamente a transformar al FA en un partido enorme sin odiar. Fue un factor de unión, dentro del MPP, dentro del FA, y un puente, acaso el más inesperado, entre los dos bloques. Mujica construyó un gran imperio electoral (ese que hoy se tambalea), entre otras razones, porque aprendió a mirar a los rivales como adversarios. Esa lección es la más importante. Se puede ser un “purasangre” sin odiar a los rivales.

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