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    La tragedia de Pudding Lane

    Columnista de Búsqueda

    Nº 2073 - Nº 2073 - 28 de Mayo al 3 de Junio de 2020

    Debido a su amistad con el hermano menor de Carlos II, Samuel Pepys, que no tenía experiencia marítima, fue secretario jefe del Almirantazgo y poco tiempo después fue miembro del Parlamento. Amaba a su esposa y también a su sirvienta; a ambas, dice en sus diarios, las hizo felices. Cuando quedó convenientemente viudo vivió puertas adentro una vida matrimonial con la chica que atendía los deberes de la casa, y a su muerte le dejó una considerable renta. La historia lo habría olvidado por completo y su nombre se habría perdido en el fárrago de los nombres que surgieron, brillaron y se apagaron en los años de la Restauración de los Estuardo si no fuera por su diario personal, un conjunto de apuntes correctamente escritos que fueron beneficiados por la Peste de 1665 y enseguida, en 1666, por los cuatro oprobiosos días del famoso incendio de Londres. Pepys fue quien dio la única noticia que hay prácticamente de primera mano sobre este terrible episodio.

    A Pepys lo despertó bruscamente su criada, Jane, a las tres de la madrugada con la alarmada noticia del fuego distante. Cansado de una noche de licor, no le asignó al miedo de su querida mayor relieve, puesto que era muy común entonces que las noches de Londres fueran interrumpidas por los resplandores pasajeros de acotados siniestros. Así que se encogió de hombros y volvió a los brazos de su desconfiada esposa, que no vio con buenos ojos la sospechosa irrupción de Jane. Pero, horas más tarde, al darse cuenta de la gravedad de la conflagración, Pepys se encaminó al Palacio de Whitehall para informarle a Carlos II que la ciudad estaba en llamas y aconsejó derribar las casas para detener la propagación del fuego. Tiempo después inmortalizaría esas jornadas en las páginas de su Diario.

    El incendio comenzó el domingo 2 de setiembre por la mañana temprano. Se inició en la Pudding Lane, exactamente en la tienda del panadero del rey, Thomas Farrinor. Cuando Thomas se fue a la cama no apagó debidamente el fuego de su enorme horno. Algunas chispas traviesas que cayeron sobre unas bolsas de harina seca enseguida dieron origen a las llamas que rápidamente se extendieron por toda la casa, bajando por Pudding Lane hasta las calles cercanas. La familia de Farrinor increíblemente se salvó; no así su empleada, que por temor al fuego quedó paralizada en la cama y fue oportunamente abandonada…

    Pronto toda la ciudad se llenó de humo. El cielo, dice Pepys, estaba rojo con las enormes llamas del fuego. Para el lunes ya se habían incendiado más de 300 casas y el fuego se envalentonó con 400 de las calles de la ciudad. Había 13.200 casas y 87 iglesias, todas en llamas. Entre los edificios que cayeron se encontraba la venerada y monumental catedral de San Pablo.

    Como cualquier ciudad de su tiempo Londres estaba llena de materiales inflamables sin ningún control: la luz provenía de las velas, la calefacción central era producida por ardientes fogatas; materiales como heno, brea, alquitrán y madera estaban en todas partes, sin mencionar una gran cantidad de pólvora aquí y allá. Además, la mayoría de los edificios estaban hechos de madera y casi todos con techos de paja y las calles eran estrechas. Todo esto se confabuló perversamente. Cuando en la ventosa mañana el incendio llegó al puente de Londres, se cortó el suministro de agua, lo que dificultó la ya por entonces reconocidamente inútil lucha. No deja de resultar paradojal que Londres fuera en su tiempo una ciudad adelantada en materia de lucha contra el fuego; a diferencia de casi todas las ciudades de entonces, la capital tenía camiones de bomberos para incendios tempranos a gran escala. A decir verdad, esos pobres carros solamente estaban bien inspirados, pero no eran prácticos. En esos días de setiembre varios de los camiones eran tan difíciles de mover que la mayoría terminó cayendo en el Támesis.

    No todos en ese momento pensaron que el incendio fue un accidente. Algunos dijeron que los extranjeros lo causaron. Otros sintieron que el fuego fue iniciado por aquellos que no eran libres de seguir su propia religión. Algunos incluso lo vieron como un castigo de Dios.

    La descripción de Samuel Pepys de esos cuatro días y noches en que el fuego arrasó la ciudad no tiene comparación. Podemos sentir su frustración, su miedo, su sentido del deber al proteger su oficina y su profunda preocupación por la seguridad de su esposa, sirvienta y amigos. Y también nos transmite su tristeza al ver en lo que se había convertido su amada ciudad: “Me hizo llorar al verla”.

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