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    La trazabilidad y la venta de humo

    N° 1881 - 24 al 30 de Agosto de 2016

    Hace unos días se “festejaron” los diez años de la trazabilidad. Festejo en cierta medida irritante. ¿Por qué? Primero, y más obvio, porque lo que se festejó no es la trazabilidad sino la aprobación de la ley que obliga a trazar todo el rodeo vacuno nacional; la trazabilidad ya existía. En segundo lugar, porque es improcedente que el gobierno tome medidas como esta. Trazar o no trazar es una forma de diferenciar el producto, de “agregarle valor”, como muchas otras; por ejemplo, procesar esa materia prima. La economía uruguaya ha demostrado una inusitada incapacidad de agregar valor en forma competitiva, con la excepción de los productos agropecuarios.

    O sea que agregar valor o no es una decisión soberana del empresario o emprendedor, ya que no siempre va asociado a un mejor resultado económico; un emprendimiento puede ser exitoso agregando valor y otro un fracaso. Que el gobierno en forma totalitaria asuma que él es capaz de “ver” un negocio que el sector privado no ve, es soberbio. Su reputación como empresario y los antecedentes históricos garantizan un estrepitoso fracaso.

    La trazabilidad se instaló en Uruguay en 2003 bajo el gobierno del ex presidente Jorge Batlle y fue planteada en forma optativa. Luego, en 2006, se la declaró totalitariamente obligatoria.

    Cuando se instaló la trazabilidad oficial, se adujo que era una exigencia que crecientemente iban a adoptar las autoridades sanitarias de todos los mercados y que su implementación era inexorable. Este hecho no valida la condición totalitaria de la obligación y, en los hechos, esto no se ha constatado. En el mundo hay un solo mercado que exige trazabilidad para la carne vacuna —el de la Unión Europea—, una inaceptable barrera no arancelaria. Los europeos habían incorporado la identificación animal como base para sus políticas de subsidio y aprovecharon para exigírsela a los proveedores, en la medida en que las negociaciones multilaterales les obligaron a reducir los subsidios y aranceles.

    Pero si bien para abastecer ese mercado —el de la Unión Europea, que paga mayores precios en el mundo— el ganado debe ser trazado, solamente en Uruguay existe la obligación de trazar todo el ganado. Europa nos compra alrededor del 15% de nuestras exportaciones y el gobierno obliga a trazar toda la producción, exportable o no. Los otros proveedores de ese mercado, como Estados Unidos, Canadá, Australia, Nueva Zelanda y Argentina, trazan su ganado, pero solamente aquel destinado a ese mercado, y es voluntario y optativo. Entonces, decir que la trazabilidad fue la clave para ingresar a la Cuota 481 es una “venta de humo”, es “mandar fruta”, como se dice actualmente. Es una bobada.

    Lo llamativo es la ausencia de estudios serios que evalúen esta limitación de la libertad, esta imposición ajena al negocio que el productor se plantea. Analizando la evolución de los precios de exportación de carne vacuna que logran Uruguay, Argentina y Brasil, desde 2003 a 2015, se percibe que no se han registrado mejoras “diferenciadoras” atribuibles a nuestro gravoso sistema de trazabilidad. En los tres países se registraron aumentos en los precios de exportación en forma llamativamente similar. Es decir, la obligatoriedad de trazar en el único mercado que exige esa condición (la Unión Europea) no tuvo ningún resultado en términos de precios. No se entiende bien qué se festeja.

    Por el contrario, si se analiza el desempeño de la producción de carne vacuna en el largo plazo, de acuerdo con cifras de FAO, en el período 1990-2006 la ganadería uruguaya deslumbró al mundo con su eficiencia: fue la segunda de mayor crecimiento entre un grupo de países elegidos como referentes, detrás de la brasileña; es bueno recordar que el crecimiento brasileño fue en parte en función de la expansión de su frontera ganadera. En cambio, en Uruguay fue exclusivamente por productividad, “pura y dura”. Fue una etapa que no solo estableció diferencias sustanciales del doloroso estancamiento a que fue sometida la ganadería durante casi todo el siglo XX, sino que se descolló también en el concierto internacional, como la ganadería cuya productividad creció más en el mundo.

    Pero en la segunda etapa, que va desde 2006 a 2012 (últimos datos publicados por esa fuente), la situación es bien distinta. La ganadería uruguaya integra el grupo de peor desempeño, junto a la argentina. Es decir, en el período en que se impuso esta carga al sector y que se registraron los mayores precios de la historia, se obtuvo uno de los peores desempeños del mundo en materia de producción ganadera.

    Cuánto de este desastre es atribuible a la trazabilidad obligatoria, es un tema a estudiar. Las autoridades del país has echado campanas al vuelo sin el más mínimo estudio serio (como se ha visto en muchos casos), ignorando una de las peores etapas de la ganadería uruguaya, según FAO.

    (*) El autor es ingeniero agrónomo y consultor privado