N° 2030 - 25 al 31 de Julio de 2019
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáCuando la semana pasada escribí sobre las declaraciones del presidente de la Junta Anticorrupción (Jutep), Ricardo Gil Iribarne, lo hice en la estela de la idea de que es muy difícil hablar de un nuevo “proyecto de país” cuando el sistema político (que es algo más amplio que el partido de gobierno) no parece estar haciendo nada muy distinto a lo hecho en otros momentos. Por lo menos en lo que Gil destacaba como casi idéntico: lo refractario que era ese sistema político a los controles externos que contribuyan a mejorar la transparencia y reducir la corrupción. Un blindaje resumido en esa suerte de ese, al decir de Gil, “sí pero no” que es la ley que modifica el régimen de declaraciones juradas de funcionarios públicos aprobada por el Senado.
Como ocurre casi siempre que subo las columnas a las redes sociales, se generó un pequeño debate con un lector. En realidad no fue un intercambio de puntos de vista, fue más bien lidiar con la insistencia de que yo debía reconocer (por alguna clase de mandato que esta persona consideraba natural y evidente) que Uruguay está inmerso en un nuevo “proyecto de país” y que ese proyecto era mejor que el previo. Y que si no reconocía eso era porque a) yo era un ignorante o b) era mal intencionado. Y aunque cabe la posibilidad de que pueda ser incluso las dos cosas (espero que mis amigos piensen distinto, pero nunca se sabe), me quedó la impresión de que lo que latía detrás de su convicción absoluta era que su utopía, su horizonte de vida y sus ideas, debían de ser naturalmente aceptadas por todos. Porque sus ideas eran mejores sin necesidad de debatirlas con otros o de ser contrastadas con los datos de la realidad, con los hechos. Hechos que, por cierto, ponían muy seriamente en duda que estuviéramos viviendo en otro “proyecto de país”.
Estoy bastante seguro de que utopías tenemos todos: algunas serán más de corto plazo y de escaso alcance social (“quiero irme de vacaciones con mi novia dos meses a Lanzarote”) y otras de largo aliento y que en su concepción involucran a millones (“quiero que esa sociedad sin explotados con la que sueño, sea para todos los seres humanos”). Son, evidentemente, muy distintas: una nos puede parecer pobre y mezquina, la otra noble y de amplio carácter social. Tan distintas que las vacaciones largas en Lanzarote quizá no se parezcan mucho a una utopía, aunque para quien atravesará la vida sin poder pagárselas, pueden llegar a serlo. Lo que sí tienen en común es que ninguna de ellas puede ser obligatoria para nadie salvo, quizá, para quienes deciden asumirlas como propias.
El problema es que como por definición la utopía es un no lugar, algo que aún no existe en la realidad, siempre debe ser debatida. Si estamos parados en un cierto punto del llano y la utopía nos invita a escalar una montaña cubierta de hielo, asegurándonos que al otro lado hay un llano mucho más fértil, conviene charlar un poco antes de emprender la marcha y preguntarse algunas cosas: ¿qué clase de tierras tenemos en este instante bajo los pies? ¿son tan malas como se dice? ¿es muy alta la montaña? ¿moriremos muchos en la escalada? ¿realmente existe un prado fértil al otro lado? Todas esas preguntas son necesarias porque ninguno de quienes estamos parados en el primer llano sabemos si existe siquiera ese otro prado fértil y utópico: nadie ha estado allí, solo algunos entre nosotros tienen la idea de que existe y, dicen, es mejor que lo que ya tenemos.
¿Estoy haciendo un llamado a abandonar las utopías? En absoluto: estoy convencido de que si como especie hemos llegado hasta acá ha sido precisamente gracias a las utopías. Porque las utopías son el motor que late detrás de la curiosidad humana. Casi diría que son esa curiosidad proyectada al futuro. Yo, por ejemplo, enfrento la tarea de hacer un nuevo disco con la convicción de que aún no he hecho mi mejor trabajo. Que ese mejor disco puede ser el que tengo entre manos o el próximo. ¿Es realista pensar eso? No lo sé, seguramente no. Pero me resulta del todo imposible realizar todo el esfuerzo creativo, logístico y personal que implica hacer un disco pensando que voy a hacer las cosas peor a como las hice hasta ahora. Necesito creer en esa posibilidad de mejora para poder enfrentar la tarea con alegría y convicción. Necesito que ese no lugar, ese horizonte que se desplaza siempre hacia adelante, exista para poder acumular el combustible que necesito para cambiar lo que quiero cambiar y hacer lo que quiero hacer. En ese sentido, la utopía es un horizonte vital deseable.
Lo que sí se debe entender cuando se plantean utopías es que estas deben partir del análisis del punto de partida (el llano donde estamos parados), de los costos que tiene el viaje (la escalada por la montaña de hielo) y de dar cierto grado de certeza respecto a la viabilidad de aquello que se imagina (si es al menos probable que exista aquel llano más fértil). Y algo aún más potente: de ninguna manera mi utopía puede ser impuesta a nadie más. Eso que a mí me puede parecer autoevidente y “natural” (una palabra que muchos utopistas rechazan en su discurso, pero en la que, al mismo tiempo, lo basan) puede no serlo y probablemente no lo es para el resto.
Hasta donde conocemos, la única forma no totalitaria que tenemos para convencer gente de la bondad de nuestras ideas es charlando, argumentando. Pero salir a convencer implica, necesariamente, que nosotros también podemos ser convencidos. Reconocer interlocutores iguales y válidos implica reconocer al mismo tiempo la posibilidad de cambiar nuestros propios puntos de vista previos. Es decir, nuestras convicciones previas también están necesariamente puestas en juego y sometidas al debate. Nuestro punto de vista también puede ser discutido y, eventualmente, cambiado.
Cuando ese debate no se basa en unos hechos que pueden ser medidos y contrastados, y se lo desplaza a terrenos morales, se abandona la política. Al hacer eso estamos rehusando a evaluar el llano en que estamos parados, descartando las posibles dificultades de la escalada y apostando todas las cartas a la existencia del llano al otro lado, solo porque algunos entre nosotros así lo dicen. Y lo que es peor, cuando se descalifica al interlocutor, que es lo que se hace siempre al llevar las cosas al terreno moral, se pierde necesariamente terreno democrático. Se cae entonces en los tics totalitarios, y esa utopía (que en realidad es una entre muchas) comienza a plantearse como un horizonte prescriptivo para todos. Como una receta compulsiva que si no se acepta, es porque se es un tonto o un malvado.
Me temo que en este año electoral seremos muchos los que caeremos en alguna de esas dos categorías y hasta en las dos. Reivindiquemos pues, el derecho a nuestra utopía, esa que acepta dialogar con las otras, parándose en el llano del presente, evaluando lo logrado e intercambiando entre iguales. Una utopía que busque convencer y seducir con argumentos y no una que intente imponerse a través de la descalificación y el desprecio hacia el otro. Porque ese fue, es y será siempre el camino hacia el totalitarismo.