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Damas y caballeros consumidores de cine: ¿sabían que existe toda una vida afuera de Netflix y de la series? Por ejemplo, la plataforma Qubit, que tiene en su catálogo cantidad de clásicos, como La bestia humana, del genial Fritz Lang, nacido en Viena en 1890 y muerto en Beverly Hills (Los Ángeles) en 1976.
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Hombre de simpatías izquierdistas, estudió pintura, viajó por Europa, se enroló en el ejército alemán y fue herido gravemente durante la I Guerra Mundial antes de ser contratado por la poderosa productora alemana UFA y radicarse en Berlín. En este período realizó dos obras maestras que son parte fundamental de la historia del cine: Metrópolis (1927) y M., el vampiro negro (1931). Tan bueno era en lo que hacía, que Goebbels lo tentó para comandar el nuevo Instituto Alemán de Cine, cargo que ante la negativa de Lang luego ocuparía Leni Riefenstahl. Retirando la pierna de a poco y silenciando la alarma interior al corroborar la gran cantidad de huevos con esvásticas que había desparramado la serpiente por todo el país y fuera de fronteras, abandonó Alemania y se fue —vía París— a los Estados Unidos, como hicieron muchos de sus compatriotas cineastas, actores y actrices.
En América, su visión sombría del mundo encontraría una nueva realidad con sus pormenores de poder y dinero: los estudios de Hollywood. Al principio fue un hombre de la MGM, pero rápidamente se dio cuenta del juego y no se ató a ninguna productora, de modo de poder filmar con mayor independencia y no depender de la letra chica de un contrato. Hizo varios policiales pero uno especialmente bueno, que es La bestia humana (Human Desire, 1954), con Glenn Ford y Gloria Grahame en los papeles protagónicos, una novela de Emilio Zola en el origen y un estupendo guion del valioso y olvidado Alfred Hayes (hay tres novelas suyas editadas por La Bestia Equilátera, a cual mejor, ambientadas en un Hollywood hipersucio). Un año antes, Ford y Grahame habían estado a las órdenes del director en otro policial furioso: Los sobornados.
Ford interpreta a un combatiente de la guerra de Corea que ha llegado a su ciudad y se reinserta como maquinista de locomotoras. Conoce a una mujer notoriamente rota y peligrosa, que es Gloria Grahame, y juntos vivirán un drama triangular que tiene sus similitudes con El cartero llama dos veces. El afiche de época de la película tiene ese gancho de cine negro clásico, maravilloso:
She was born
To Be Bad…
To Be Kissed…
To Make Trouble!
Todo lo fundamental ocurre en los trenes: el amor, la pasión, el desencanto, la muerte. Nada nuevo bajo el sol, ya sabemos. Pero hay que saber hacerlo. Dicen que Lang era bravo como director, del tipo déspota y gritón. Y además intimidaba con ese monóculo que usaba. Es probable que haya impresionado a Grahame en un par de escenas, que la haya vuelto más histérica porque no daba con el papel. En cuanto a Ford, nunca se le movió un pelo. De todos modos, ambos están muy bien. Lang no saca el pie del acelerador y remata el asunto, como no podía ser de otro modo, a bordo de una locomotora a gran velocidad en la cual… viajamos todos.