Nº 2086 - 27 de Agosto al 2 de Setiembre de 2020
Nº 2086 - 27 de Agosto al 2 de Setiembre de 2020
Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáUna de las características de la charla en redes es su despersonalización. Uno no conversa con personas sino con cuentas, esa entelequia que (el sueño mojado del populista) puede ser rellenada con cualquier cosa. Uno está charlando con Carlos2653AmorBolso y en realidad puede estar charlando con la recepcionista de una importadora de bolsas de plástico o con un adolescente uruguayo que emigró a Berlín y extraña el paisito. Esa clase de anonimato obviamente favorece la polarización, los extremismos. ¿Por qué? Porque la ciudadanía, el ejercicio de derechos y el cumplimiento de obligaciones requieren un cuerpo, requieren a la persona real detrás de la opinión. Por eso votamos en persona, con nuestro cuerpo, no delegamos el voto a un tercero ni se acepta esa clase de voto delegado.
Se dirá que en las redes no se está ejerciendo esa ciudadanía, ya que no se está votando nada. Bueno, desde el momento en que los gobiernos usan las redes como uno de los termómetros de opinión, de hecho sí se está votando y haciendo de ciudadano. El problema es cuando ese uso de las redes está reducido al insulto o a la pasión futbolera aplicada a todos los temas que se conversan allí. A esto se agrega que la inmensa mayoría de esas personas ha internalizado que lo más “normal” es usar las redes para el insulto y la descalificación, y entonces directamente no se percibe como el acosador violento que realmente es en las redes.
En su libro En el enjambre, el filósofo coreano-alemán Byung-Chul Han señala: “El respeto va unido al nombre. Anonimato y respeto se excluyen entre sí. La comunicación anónima, que es fomentada por el medio digital, destruye masivamente el respeto. Es, en parte, responsable de la creciente cultura de la indiscreción y de la falta de respeto”. Y apunta: “Nombre y respeto están ligados entre sí. El nombre es la base del reconocimiento, que siempre se produce nominalmente. Al carácter nominal van unidas prácticas como la responsabilidad, la confianza o la promesa. La confianza puede definirse como una fe en el nombre. Responsabilidad y promesa son también un acto nominal. El medio digital, que separa el mensaje del mensajero, la noticia del emisor, destruye el nombre”.
A pesar de que las personas que protagonizan los más violentos choques en la redes suelen vivir profundamente embebidas en mantras ideológicos (o quizá precisamente por eso), la mayor parte de las veces que se involucran en una discusión virtual, no discuten ideas sino que atacan personas. Precisamente el debate de ideas era la herramienta que teníamos para dilucidar qué ideas eran mejores, al contrastarlas con sus resultados. Cuando la charla se desplaza hacia la agresión a personas concretas, se termina la posibilidad de contrastar ideas, se termina con la política. O, mejor dicho, se completa el círculo que entiende la política como una agonística y no como un punto de encuentro. ¿Quién se va a interesar en buscar puntos de encuentro cuando lo único que importa es poder pegarle una buena puteada en Twitter a quien se considera “el enemigo”?
Según Han, “el respeto constituye la pieza fundamental para lo público. Donde desaparece el respeto decae lo público”. Es decir, sin que exista una diferencia sustancial entre discutir ideas y atacar personas, esto es, sin que exista ese respeto, lo que se pierde es la posibilidad de que exista lo público. Y si no existe lo público, los rumbos de lo colectivo son marcados por aquellos poderes que ya existen. Pierden, como casi siempre, los más débiles, los que necesitan de un espacio público que les permita pararse en él sin necesidad de apuntalar ese lugar con dinero o poder propios. Una sociedad en donde se pierde el espacio público (ese lugar en donde se conversa sobre el destino colectivo) es una sociedad funcional a los poderes que ya existen y que ya pesan, inciden, modifican, moldean el todo.
¿Por qué usamos la tecnología disponible a nuestro alrededor? Porque, se supone, mejora nuestra calidad de vida. Y eso es verdad en la inmensa mayoría de los casos: nuestro celular, las vacunas, los congeladores, el aire acondicionado, las computadoras, los equipos de audio, las licuadoras, etcétera, en general cumplen con esa promesa. Material de otro tipo son las consecuencias de meter esas dosis de tecnología en el corazón de nuestro vínculo social. Allí, que la promesa de bienestar se venga cumpliendo, es algo bastante más dudoso.
De hecho diría que uno de los principales problemas que enfrenta nuestra posibilidad de deliberación democrática es precisamente la entrada sin cortapisas de la tecnología en nuestra charla colectiva. Una entrada que, como suele ocurrir, se produce simplemente porque “se puede” y que no viene acompañada de un método para su uso. Y cuando digo método no me refiero al manual de instrucciones de la compu o un tutorial para saber cómo hacerse una cuenta en Instagram. Me refiero a un método, no necesariamente formal, que aporte sentido socialmente, que permita mejorar nuestras interacciones, que empuje hacia arriba la calidad democrática de nuestra charla.
Pero, como hacemos siempre los humanos, primero hacemos las cosas y luego pensamos en si tenemos o no desarrollada una ética que nos permita usar de manera sensata al aparatito en cuestión. Y eso sin meterse en que a veces el aparatito produce efectos laterales que terminan siendo su centro y que no estaban previstos cuando alguien imaginó el aparatito en origen. Es decir, terminamos jugando a un juego que nos hace perder por todos lados, usando una herramienta que se creó para otros fines. Es casi la receta para una tormenta perfecta.
Para colmo de males, por sus propias características (mediado, sin espacio para la charla, sin posibilidad de construir una trayectoria más allá de su odio puntual), el enjambre de redes no es capaz de articular una política a lo largo del tiempo. “Las olas de indignación son muy eficientes para movilizar y aglutinar la atención. Pero en virtud de su carácter fluido y de su volatilidad no son apropiadas para configurar el discurso público, el espacio público. Para esto son demasiado incontrolables, incalculables, inestables, efímeras y amorfas. Crecen súbitamente y se dispersan con la misma rapidez”, dice Han y, a la luz de la evolución reciente de nuestra charla pública, parce que no se equivoca.
Si aceptamos alegremente, como si fuera parte del paisaje o, peor, algo deseable, que se ataque a personas, a ciudadanos concretos, en vez de discutir las ideas que esos ciudadanos proponen, nos iremos deslizando de manera cada vez más veloz y clara en una pendiente autoritaria y acéfala, sin posibilidad de imaginar, pensar y proyectar trayectorias conjuntas. Si aceptamos la violencia como moneda de cambio, aceptamos el fin de la política tal como la conocemos. A cambio, tenemos la posibilidad de putear a cualquier desconocido en cualquier parte del globo en un solo clic. ¿No es la gloria?