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    Laicidad I

    Sr. Director:

    En la edición del pasado 16 de enero se publica una carta del dr. Ignacio de Posadas, quien cada tanto practica una suerte de tiro al blanco epistolar contra el laicismo y la laicidad en el Uruguay.

    En esta oportunidad no estaba tan inspirado como en otras ocasiones en las que ha escrito sus diatribas con mucho mayor elegancia, y ya, de entrada, comete errores que no se explican cuando provienen de alguien tan versado y formado con mucho rigor, que siempre ha hecho gala de una prosa en la que se observan nítidamente los destellos de una educación jesuita de alta calidad. Por ejemplo, tratando de denostar la laicidad uruguaya dice que “para encontrar algo parecido hay que ir a Francia (que fue de donde nos vino originalmente el fenómeno), pero ni siquiera ahí es tan xenófobo”. La adjetivación fue utilizada con el indisimulado ánimo de agraviar pero tan a la ligera que no reparó que xenofobia es definida en el diccionario de la RAE como “fobia a los extranjeros” y cuesta entender cómo asocia la separación de las iglesias y el Estado con el odio o la fobia a los extranjeros.

    Luego deambula por lugares comunes ya transitados previamente por este prestigioso exministro de Economía del gobierno de Lacalle Herrera y se detiene con una frase que no tiene mucho asidero cuando expresa que “hace muchos años, Real de Azúa ya señalaba que, pasado su primer momento de entusiasmo reaccionario, el pensamiento batllista no había conseguido sustituir la ética y la moral cristiana por un sistema alternativo de contenido positivo (‘El Impulso y su Freno’). Tampoco lo consiguieron plenamente quienes buscaron un fundamento sistemático en el artiguismo con qué sustituir los valores cristianos”.

    No podía faltar en este exponente del más rancio conservadurismo vernáculo la manifestación de rencor hacia el pensamiento batllista, al que los enemigos de la laicidad han pretendido históricamente, aunque con error, imputarle la responsabilidad de haber introducido el laicismo en el Estado. Cuando se aprobó la reforma constitucional de 1918, que formalmente decretó la separación de las iglesias y el Estado, en los hechos este principio ya estaba consolidado por la vía administrativa a través de diferentes actos que se fueron sucediendo paulatinamente, sin solución de continuidad, desde la secularización de los cementerios decretada con medio siglo de antelación. Lo que hizo Batlle y Ordoñez, que por cierto no fue algo menor, fue otorgarle a este principio el rango constitucional y con ello dotarlo de un escudo protector para evitar que algún trasnochado pudiera intentar derogarlo.

    El dr. De Posadas tendría que tener un poco más de cuidado, cuando la coalición multicolor ha logrado el tan ansiado cambio de orientación gubernamental para beneplácito de la mayoría de los uruguayos, de no introducir en este momento tan especial para la vida del país “ruido en la línea” para un socio fundamental del gobierno electo como lo es el batllismo, sobre todo porque muchos ciudadanos lo recuerdan como una de las figuras distintivas del gobierno encabezado por el padre del presidente electo. El dr. Lacalle Pou ha cuidado con gran esmero y prudencia la salud de la coalición, y sus partidarios, como lo es seguramente De Posadas, no deberían “poner palos en la rueda”.

    El doctor De Posadas concluye su carta expresando si no será tiempo de que “nos preguntemos si no hay alguna vinculación entre la laicidad yorugua y la realidad que vivimos (y que nos espanta)”. No es la única figura pública que en los últimos años ha pretendido imputarle al laicismo y a la laicidad la responsabilidad de muchos males que nos aquejan. Recordamos que no hace muchos años el obispo auxiliar de Montevideo, Milton Tróccoli, declaró, sin ningún empacho, que el laicismo era responsable del aumento de la tasa de suicidios entre los jóvenes uruguayos.

    Nosotros, con la mayor modestia, le respondemos si no habrá llegado la hora de que, conspicuos representantes del clero y la feligresía católica, como Troccoli y el propio De Posadas, comiencen a analizar públicamente los graves problemas que aquejan y han estado aquejando a la Iglesia Católica de Roma en los últimos años, procurando esbozar soluciones a esos problemas en vez de criticar sin argumentos sólidos y contundentes a la laicidad uruguaya, tan enraizada en la identidad nacional, que nos ha distinguido por más de un siglo en el concierto internacional.