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Ocurrió en Boulder, Colorado, el 26 de diciembre de 1996. JonBenét Ramsey, reina de belleza infantil, fue hallada muerta en el sótano de su casa. Asfixia por estrangulamiento, ligado con trauma cráneo-cerebral. Tenía seis años. Ocho horas antes la madre de la niña había denunciado su desaparición y el hallazgo de una nota de dos páginas y media escrita por los secuestradores de JonBenét.
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El crimen estremeció a la sociedad estadounidense. Una niña blanca, rubia, de ojos claros y facciones delicadas, hija de un empresario y una exreina de belleza en la década de 1970, asesinada en su propia casa. La cobertura se convirtió en un fenómeno mediático seguido con la obsesión y la fascinación con la que se siguen y se consumen las ficciones por entregas. Se supo, entonces, que el nombre completo de la niña, JonBenét Patricia, era una combinación de los nombres de su padre, John Bennett Ramsey, y su madre, Patricia Patsy Ramsey, quienes además tuvieron un hijo, Burke, tres años mayor que JonBenét. Que desde el comienzo de la investigación, a las autoridades les llamó la atención la actitud defensiva adoptada por los supuestamente afligidos padres. Que fueron —y continúan siendo, junto con su hijo Burke— los principales sospechosos del asesinato. Que desde una edad muy temprana, Patsy presentó a su hija en varios concursos de belleza infantil, algunos de ellos financiados por su esposo. Que antes de cumplir seis años, JonBenét participó, maquillada, peinada y vestida como una mujer adulta, en certámenes como America’s Royal Miss, Little Miss Colorado, Little Miss Merry Christmas y National Tiny Miss Beauty. Que mientras desde la revista Vanity Fair se llegó a afirmar que la niña murió como consecuencia de un juego sexual con sus padres, la Policía de Boulder aseguraba tener una treintena de razones para creer que John y Patsy eran los culpables. Aunque nunca se recabó la cantidad de pruebas suficientes para llevarlos ante el juez.
Pasaron los años, las pruebas, los testimonios, las acusaciones, las sospechas, los análisis forenses, los especiales de televisión y no apareció ningún culpable. Patsy falleció el 24 de junio de 2006 a causa de cáncer de ovarios. Ese mismo año, un experto del FBI elaboró un perfil del autor de la carta de rescate; coincidía con el de Patsy. Poco después, John Mark Karr, un profesor estadounidense detenido en Tailandia acusado de pedofilia, se declaró culpable del asesinato, aunque pronto se descubrió que mentía. A su vez, en la web se hallan páginas y blogs y foros que analizan los hechos y proponen y discuten diferentes hipótesis sobre lo que realmente sucedió, incluso con el cáncer de ovarios de Patsy.
El asesinato además inspiró las miniseries documentales The Case of: JonBenét Ramsey y JonBenét: An American Murder Mystery, ambas de 2006. Joyce Carol Oates publicó en 2008 Mi hermana, mi amor, una novela de no ficción al estilo de A sangre fría, de Truman Capote, donde recreó el caso alterando algunos nombres y ocupaciones.
Tras todo esto, más de 20 años después de aquel 26 diciembre, llega Quién es JonBenét, un excéntrico y arriesgado documental dirigido por Kitty Green. Se trata de una película sobre la creación de una película basada en un caso real. La directora se trasladó a Boulder, el lugar de los hechos, y allí realizó audiciones y ensayos para la filmación de una película sobre el crimen. Aunque en realidad, la película, como tal, jamás se hizo.
Green retoma un recurso ya empleado en otro trabajo suyo, The Face of Ukraine: Casting Oksana Baiul. El cortometraje documenta las audiciones de niñas ucranianas para interpretar el papel de la patinadora artística ganadora de una medalla de oro Oksana Baiul. Esta vez va más lejos. Traslada el formato a un caso delicado y controversial, un asesinato terrible y sin resolver. Así, Quién es JonBenét es un documental sobre un crimen, una sátira mordaz acerca de cierta manera de hacer documentales sobre crímenes, una mirada atenta e inteligente sobre la asombrosa capacidad de convertir todo en espectáculo.
El filme despliega abundante material de audición, con personas de la localidad, muchas con nula o muy poca experiencia en cine o televisión, que se presentan para interpretar los papeles principales, que son, básicamente, el de la pequeña JonBenét, sus padres, John y Patsy, su hermano Burke, el jefe de Policía, John Mark Karr el pedófilo y... Papá Noel. Es que, según se comenta en las audiciones, “hubo un Papá Noel” en una fiesta a la que asistió la niña. A continuación aparecen los aspirantes a interpretar a Papá Noel. Es uno de los momentos en los que aparece la risa incómoda e incontrolable atravesando el horror. En otra escena, uno de los que audicionan para el papel de jefe de Policía resulta ser, además, “educador sexual”, así que ofrece explicaciones acerca de cómo dar azotes según el tipo de látigo durante un encuentro sado.
Se ven los ensayos, las lecturas de guion, parte de la cocina de una filmación. Green huye de los tópicos y de los recursos más elementales del género como si fueran agentes de infección y contagio de una enfermedad mortal, y con originalidad y una emocionante capacidad de fascinación expone las teorías salvajes que intentan explicar lo que pasó. Es inevitable ver a personas hablándole a la cámara, pero Green jamás recurre a material de archivo ni nada parecido; no hay fotografías ni grabaciones de audio o video. Todo lo que se conoce de la familia Ramsey y su tragedia es a través de lo que conocen o dicen conocer quienes quieren interpretar o interpretan a sus integrantes. El caso es realmente aterrador. Y, a medida que avanza el relato, a través de los testimonios de los actores y los aspirantes a intérpretes, cada detalle que se revela parece peor, más doloroso, más inquietante y todavía más retorcido que el anterior.
Green muestra cómo cada actor interpreta el instante en que Patsy llama a la Policía o cómo recrean el momento en que John encuentra el cuerpo de su hija. “Si quieren que cambie en algo mi pelo, si quieren que me tiña o me rape para una peluca... No me importa lo que quieran hacer. No tengo ningún problema”, dice un aficionado que audiciona para encarnar al padre. “Me dicen que soy parecido a Nick Nolte. A Jeff Bridges. Y a veces a ese joven... ¿cómo se llama? Kris Kristofferson”, dice un hombre con innegable parecido a Bridges. Un tramo inquietante en particular: para probar o refutar si un niño de nueve años tiene la fuerza suficiente para provocar el trauma craneal que JonBenét sufrió el día de su muerte, se ve a alguno de los niños que hacen audiciones para el papel de Burke dándole golpes con una linterna a una sandía.
Todos ellos, incluso los niños, tienen algo para decir acerca del caso. Si fue la madre quien mató a la niña. Si fue Burke, su hermano, de nueve años, situación que obligó a los padres a simular el secuestro para protegerlo. Y, poco a poco, todos ellos también tienen algo para decir de sí mismos. Las personas evocan recuerdos, comparten juicios, exponen hipótesis y expresan sus sentimientos sobre los Ramsey y sus circunstancias. Así es como el experimento de Green se revela como algo más que un experimento, como algo más que la exhibición de sospechas y teorías. De juzgar, muchos pasan a confesar, desde sus temores a sus recuerdos más tristes, desde la muerte de alguien cercano a un diagnóstico de cáncer. Es que sus afirmaciones, su forma de juzgar a los demás, están teñidas de sus experiencias, sus traumas y sus recuerdos.
El final, con todas las teorías expuestas de manera simultánea en un mismo plano, una danza de horror y dolor, es sencillamente brillante. Y con un punto arriesgadamente surrealista que perturba y emociona.