N° 1840 - 05 al 11 de Noviembre de 2015
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEl libro del antropólogo inglés Tim Ingold titulado Líneas. Una breve historia no me resultó fácil de abarcar en el esbozo de la primera lectura. Propone allí el autor un repertorio de desconcertantes relaciones entre la escritura, la notación musical, los trazos del dibujo, los mapas, el tejido, los métodos de observación, el alto vuelo de las aves, los pasos en el bosque, las jugadas de ajedrez. Confieso que en principio me pareció oscura la premisa y casi ininteligible la hipótesis planteada; sospeché que algo interesante se escondía a mi ansioso abordaje. Creí que el capítulo de la notación musical me desvelaría el álgebra del problema, me daría razones para convencerme de que las líneas que están en todas las cosas pueden aislarse y estudiarse como un fenómeno separado. No lo vi; lo que dice sobre la escritura musical me dejó en la penumbra. Pero sobre el final del volumen, cuando contrasta el imperio modernista de la línea recta por sobre los juegos y malabares de las líneas curvas prevalecientes en otras épocas, se me hizo luz; es como si se me hubiera caído una venda de los ojos.
Mi asociación inmediata estuvo asistida por dos fenómenos, a saber: uno, los dibujos animados; el trazo de Disney con sus gratos ratones e irreverentes patos y sus tiernos perros en contraste con repugnantes dibujos animados japoneses o posmodernos donde asesinos seriales o psicóticos peligrosos son presentados para el indefenso consumo infantil a partir de una conjugación hiriente y desagradable de ángulos y rectitudes que impresionan por su agresividad y desproporción. La otra asociación se la debo a uno de los mejores cuentos de O. Henry (seudónimo de Sidney Porter) que se llama La cuadratura del círculo, que trata sobre la tradición insensata y satisfactoria resolución de una venganza campesina en medio de las calles de Nueva York a principios del siglo XX. La tesis conceptual de la historia, o, mejor dicho, de su desenlace, se encuentra en las divertidísimas líneas que siguen: “La naturaleza se mueve en círculos: el arte, en líneas rectas. La naturaleza es redondeada; lo artificial está formado por ángulos. Un hombre perdido en la nieve vagabundea, aun contra su voluntad, en círculos perfectos: los pies del hombre de la ciudad, desnaturalizados por las calles rectangulares y por pisos, lo alejan de sí mismo. Los redondos ojos de la niñez encarnan la inocencia: la angosta línea de la óptica del flirteo prueba la invasión del arte. La boca, horizontal, es el sello de la astucia resuelta. ¿Quién no ha leído el poema más espontáneo de la naturaleza en los labios redondeados para el beso sincero? La belleza es la naturaleza en su perfección: el carácter circular es su principal atributo. Ved la Luna llena, la encantadora bola de oro, las cúpulas de espléndidos templos, el pastel de gayuba, el anillo nupcial, la pista del circo, el timbre para llamar al camarero y la “vuelta” de copas. En cambio, las líneas rectas revelan que la naturaleza se ha desviado. ¡Imaginad el ceñidor de Venus transformado en un “frente recto”! Cuando empezamos a movernos en líneas rectas y doblamos pronunciadas esquinas, nuestros temperamentos empiezan a cambiar. La consecuencia es que la naturaleza, más flexible que el arte, tiende a amoldarse a sus normas más severas. (…)La naturaleza se pierde con más rapidez en una gran ciudad. La causa es geométrica, no moral. Las líneas rectas de sus calles y su arquitectura, la rectangularidad de sus leyes y costumbres sociales, las veredas que no se desvían, las reglas duras, severas, deprimentes e intransigentes de todas sus costumbres —aun de sus pasatiempos y deportes— exhiben fríamente un burlón desafío a la línea curva de la naturaleza”.
Bajo esta irónica denominación que proviene de un autor tan lejano y tan distendido, tan vinculado a los roces delicados de las sentimientos, que ha sido un cronista amable de un mundo que se estaba despertando hacia transformaciones que tardaría mucho en comprender, se torna diáfana la turbadora proposición de Ingold acerca de los patrones que seguimos sin ningún rasgo de conciencia y que ya en lo individual como socialmente nos definen tanto o más que el propio ADN. El libro no es amigable para la lectura (para encontrar amabilidad recomiendo siempre un cuento de O. Henry a primera hora de la mañana, lo que asegura un día sonriente y con menos peso de la prosa), pero es revelador de un sistema de códigos asombroso que pone de relieve que en nuestra realidad y conducta hay mucho de lo que somos y mostramos sin saber qué somos y qué mostramos.