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    Las urnas comprometen a Santos y al diálogo de paz en Colombia

    Rio de Janeiro (Gerardo Lissardy, corresponsal para América Latina). Cuando un presidente busca su reelección y en la primera vuelta queda segundo con apenas un cuarto de los votos, está en aprietos. Si el candidato que lo supera por algunos puntos era un virtual desconocido hasta hace poco y logra una remontada sorpresiva, las cosas se le complican aún más al mandatario. Y si encima su principal apuesta para revertir la situación en sólo tres semanas es una negociación de paz con un grupo guerrillero que despierta gran escepticismo, el panorama se le vuelve realmente sombrío. Todo esto y más le ocurre a Juan Manuel Santos, el aquejado presidente colombiano. 

    La votación del domingo 25 dejó en evidencia el enorme peso político que mantiene en Colombia el ex presidente Álvaro Uribe, archirrival político de Santos, a quien promovió como su sucesor hace cuatro años. Uribe tiene ahora como nuevo delfín electoral a Oscar Iván Zuluaga, un economista que se desempeñó como su ministro de Hacienda durante su segundo gobierno (2006-2010) y el domingo logró 29,2% de los sufragios como representante del ex presidente. Fue el propio Uribe quien fundó el partido de derecha de Zuluaga, el Centro Democrático, tan sólo el año pasado cuando muchos lo creían caído en desgracia.

    Uribe y Zuluaga han sido críticos acérrimos de la negociación de paz que Santos entabló en 2012 con la guerrilla de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). Este tema se perfila como decisivo para la segunda vuelta del 15 de junio, incluso por encima de las alianzas que logren tejer los candidatos con otros partidos. Con el presidente prometiendo acelerar el diálogo con las FARC que se lleva a cabo en La Habana y su retador diciendo que un pacto con ese grupo armado podría dar “impunidad para quienes cometieron crímenes atroces y de lesa humanidad”, la elección presidencial colombiana se parece cada vez más un referéndum sobre qué hacer con una guerrilla rural que justo esta semana cumplió 50 años.

    Este escenario político que tiene Colombia supone “un giro monumental” respecto al que existía hace algunos meses, cuando Santos parecía gobernar sin oposición tras lograr el apoyo de varios rivales bajo la bandera de la unidad nacional, indicó Vicente Torrijos, profesor de ciencia política en la Universidad del Rosario de Bogotá. “Lo que él nunca imaginó es que, después de haber logrado semejante consenso, pudiera perder las elecciones”, indicó Torrijos en diálogo con Búsqueda.

    Entonces, ¿cómo se explica un cambio de esas dimensiones?

    “Presidente distante”

    Santos obtuvo el domingo 25,7% de los votos emitidos. Con un nivel de abstención que alcanzó a 60%, esto significa que el presidente de un país con 33 millones de votantes habilitados logró un apoyo en las urnas semejante a la población de Uruguay: 3,3 millones. Esto es menos de la mitad de los sufragios que recibió en 2010 (7 millones en la primera vuelta y 9 millones en la segunda) cuando se convertía en el candidato con la mayor votación en la historia de Colombia. 

    Gran parte de ese caudal de votos que permitió a Santos llegar a la Presidencia provino de colombianos que buscaban una continuidad del gobierno de Uribe, en el cual se desempeñó como ministro de Defensa. Esto significaba poner el énfasis en la política de seguridad, seguir golpeando militarmente a las FARC y plantarse firme ante al entonces presidente venezolano Hugo Chávez, con quien Uribe mantuvo fuertes enfrentamientos que llegaron a incluir una retórica bélica. 

     Sin embargo, poco después de asumir la Presidencia, Santos buscó recomponer el vínculo con Chávez, a quien llamó su “nuevo mejor amigo”. Y más tarde abrió las negociaciones de paz con las FARC. “Santos se convirtió para todos esos electores que habían votado por él en una especie de traidor político”, señaló Torrijos. 

    La economía colombiana tiene una de las mayores tasas de expansión en la región, con un aumento del PBI de 4,3% el año pasado y otro tanto proyectado para 2014. Pero los analistas creen que Santos, de 62 años, nunca logró satisfacer las inquietudes de los votantes en temas como desempleo (que roza el 10%), delincuencia y salud pública, cuestiones que según las encuestas son más importantes para los colombianos que las negociaciones con las FARC en las cuales puso el énfasis. 

    Luis Eduardo Celis, de la Fundación Paz y Reconciliación, un centro de análisis independiente en Bogotá, opinó que Santos ha realizado durante su gestión diversos anuncios de reformas, pero las mismas son imperceptibles para buena parte de la sociedad. “La ciudadanía no le cree, lo ve como un presidente distante que anuncia y anuncia”, dijo Celis a Búsqueda

    Por otra parte, la campaña electoral colombiana estuvo hasta ahora marcada por una serie de escándalos que pueden servir para explicar la gran abstención de votantes. Santos recibió un golpe con la denuncia de que dos hombres cercanos a él recibieron millones de dólares de narcotraficantes, que el presidente rechazó. Y Zuluaga llegó a las urnas a la defensiva tras difundirse un video de una reunión que mantuvo con un presunto hacker informático discutiendo cómo atacar el diálogo con las FARC. El propio Santos lanzó uno de sus ataques más duros contra su antecesor la semana pasada, cuando afirmó que “Uribe ha sido muy amigo de los paramilitares” de derecha.

    El factor FARC

    Tras la votación del domingo, los primeros movimientos de los dos candidatos que disputarán la segunda vuelta electoral de Colombia confirmaron que el diálogo con la guerrilla será uno de sus temas primordiales. “Los colombianos tendrán dos opciones: podrán escoger entre quienes queremos el fin de la guerra y los que prefieren una guerra sin fin, y vamos a ganar con la paz”, dijo Santos a sus seguidores esa misma noche. 

    La negociación con las FARC alcanzó hasta ahora acuerdos en temas importantes como drogas ilícitas, tierras y participación política de los guerrilleros. Pero la agenda tiene pendientes dos puntos clave que Santos, apremiado por los tiempos electorales, planteó esta semana tratar en simultáneo: víctimas y fin del conflicto, que roza el espinoso tema de la desmovilización y entrega de armas.

    Precisamente, la cuestión del castigo que deberían recibir los guerrilleros por sus delitos se ha vuelto el principal caballo de batalla de Zuluaga. “Si el presidente permite la impunidad para quienes cometieron crímenes atroces y de lesa humanidad, estará transmitiendo el mensaje de que es lo mismo ser honesto que delinquir”, sostuvo la noche del domingo. El candidato opositor, de 55 años, dice ser favorable a “una paz negociada” con las FARC, aunque afirma que si fuera electo pediría a la guerrilla un cese del fuego unilateral para mantener el diálogo. Una exigencia que parece difícil que sea aceptada.

    Santos ha negado que pueda haber “impunidad” para los guerrilleros, pero la duda es en quién confiarán más los electores. Las encuestas dicen que los colombianos apoyan mayoritariamente el diálogo con las FARC aunque pocos creen que llegará a buen puerto, posiblemente teniendo en cuenta el fracaso de negociaciones anteriores abortadas por la propia guerrilla. “Hay un odio y miedo hacia las FARC”, explicó Celis, “y el ex presidente Uribe colocó a las FARC como el gran fetiche del terror”. 

    Como fieles de la balanza electoral aparecen los votantes del Partido Conservador y del izquierdista Polo Democrático, cuyas candidatas Marta Lucía Ramírez y Clara López respectivamente quedaron en un virtual empate con poco más de 15,5% de los votos cada una, así como quienes apoyaron a la Alianza Verde de Enrique Peñalosa (8,3%). 

    Previendo que los conservadores se inclinarán mayoritariamente por Zuluaga por afinidad ideológica, Torrijos sostuvo que Santos tendría que sumar gran parte de los votos izquierdistas y verdes, lo que por ahora parece difícil —en el Polo hay divisiones y los primeros indicios son de que varios dirigentes están inclinados a pedir el voto en blanco. De cualquier forma, la ecuación podría cambiar con nuevos escándalos, anuncios en La Habana o una mayor afluencia de votantes a la segunda vuelta. 

    Hasta ahora las FARC han evitado entrar en una polémica con Zuluaga, conscientes de que esto podría beneficiarlo más que perjudicarlo. “Nadie sabe si Zuluaga será el próximo presidente, no vamos a responder a sus insinuaciones”, dijo esta semana Iván Márquez, el jefe de la delegación guerrillera que negocia en Cuba. Pero Torrijos sostuvo que la cúpula del grupo armado debe estar en estos días deliberando cómo reaccionar si el delfín de Uribe se convierte en presidente. “Son cálculos que nunca imaginaron que tendrían que hacer”, señaló, “de escenarios de ruptura de la negociación y regreso a la lucha tradicional, buscando el amparo de los gobiernos del área que siempre les han brindado oxígeno”.

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