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    Lavadero “La Oriental”

    Tras el escándalo de las denuncias del Gordo Lanata, he leído de todo.

    Pero una de las cosas que más me impresionó, es que la Junta Antilavado de nuestro bendito país tiene tan solo seis empleados, los que sin duda, pobre gente, no dan abasto controlando todos los (infinitos) procedimientos y maniobras que los chicos malos de la región y del mundo andan llevando a cabo por ahí, burlándose de los eficientes controles de nuestros detectives-detectores vernáculos.

    Junté algunos papeles que conseguí por las más diversas y ocultas vías, y decidí ir a visitarlos para charlar con ellos y averiguar cómo trabajan, bajo esta insoportable presión de la delincuencia “white collar”.

    Fui muy bien recibido por quien se identificó como el coordinador general de la Junta Antilavado, el Sr. Braulio Telajo Peo.

    —“Y sí” —me dijo con voz de preocupación— “somos muy poquitos y siempre estamos desbordados de trabajo, así que a veces se nos puede escapar algo, pero, qué quiere, al fin de cuentas somos seres humanos…¡eso sí!” —enfatizó— “pero muy honrados, ¡y si se nos pasó algo fue por inadvertencia, no por colusión, que quede claro!”

    Antes de mostrarle un par de papeles que había llevado, le pedí que me contara algún caso del montón, así como para ver cómo encaran los casos que les plantean.

    —“El otro día, por ejemplo” —arrancó— “vino un flaco de la Argentina, y me dijo que precisaba el visto bueno de la Junta para un par de operaciones que tenía que hacer. Se vino con un terrible valijón donde tenía 5 millones de dólares en billetes, y me contó cómo le habían llegado” —prosiguió.

    Acto seguido, me contó que le preguntó al visitante si quería un café, el flaco se lo aceptó, y mientras lo tomaba le informó que el dinero lo había heredado de una tía abuela colombiana, y que se lo había traído un primo en su avión privado.

    —“El tipo me dice entonces que lo que pensaba era fundar un hogar de ancianos con el nombre de su tía abuela, que se llamaba Aurelia Lablanca de Escobar, lo que le insumiría como medio millón de dólares, y el saldo lo pensaba mandar a Panamá, donde un primo de él iba a fundar otro hogar de ancianos, qué se yo, me pareció de lo más humanitario, ¿noverdá? ¿Cómo le vas a negar el permiso a una obra de caridad? ¡Y se lo dimos, nomás!” —concluyó, con una sonrisa de satisfacción del deber cumplido.

    Ahí fue cuando decidí mostrarle un par de documentos que había llevado conmigo.

    —“Mirá este documento” —le dije, exhibiéndole la fotocopia de una escritura de compraventa de una chacra que me consiguió un primo de Lanata que vive en Montevideo.

    —“No” —me cortó— “las escrituras las ve la compañera que está acá al lado, la escribana Laura Novís Tenada, a la que me presentó, y la cual muy cordialmente se prestó a mirar el documento que había llevado conmigo.

    —“Para mí esto no tiene nada de raro, me parece una escritura cualquiera, contiene todos los datos y referencias de estilo, qué quiere que le diga” —dijo la notaria actuante.

    —“Bueno, en  fin” —le dije— “es la compra de cuatro hectáreas en Pueblo Tranquera Vieja, en la sexta sección de Treinta y Tres, por 17 millones de dólares, ¿no le parece que puede haber un sobreprecio en ese importe?” —inquirí, curioso.

    —“No sé, pero no tengo por qué dudar de la regularidad de esta operación” —dijo la escribana— “capaz que hay alguna veta subterránea de oro para explotar, o mineral de hierro, capaz que el nuevo dueño, esta sociedad Net White Washing Ltd de Belize piensa crear un complejo hotelero con spa y esas cosas…”.

    —“¿En Pueblo Tranquera Vieja, a 300 kilómetros de la civilización?, ¿le parece razonable?” —insistí.

    —“En todo caso, no me llama la atención” —concluyó, mientras yo le mostraba a don Braulio Telajo Peo una fotocopia de una factura por servicios profesionales del Ing. Juan José Soyve Loz, por 3 millones de dólares por concepto de “prediseño del futuro puente sobre el arroyo La Gallineta en la quinta sección del Depto. de Tacuarembó, próximo al pueblo Molle Chico”.

    —“Qué quiere que le diga” —dijo don Braulio— “es plata, cómo no, pero vaya a saber las dificultades que experimentó el ingeniero para hacer ese diseño, las idas al lugar, los gastos de transporte y hospedaje, ¡hay que tomar en cuenta todo!” —enfatizó, devolviéndome la escandalosa factura, que por lo visto no le había despertado la menor sorpresa.

    Ya estaba por irme, entre otras cosas porque fui tarde y se acercaba la hora de cierre de la atención al público, cuando apareció un caballero con pinta de galán de telenovelas y acento indubitablemente porteño, seguido de tres ayudantes, que portaban sendas valijas gigantes de esas metálicas con rueditas.

    —“¡A ver, pibe! ¿quién atiende acá?” —vociferó el personaje, con un aspecto de “a mí me bancan todo” que no podía ser.

    Braulio Telajo Peo se iba acercando a él cuando el visitante vociferó en dirección a él, pero de modo que todos (los siete) escuchamos lo que quería.

    —“Acá en estas valijas tengo en efectivo diez palitos verdes, que son de la venta de la estancia de mi viejo, que me la compró un amigo de la familia, y necesito el certificado para mandárselos a mi hermana que vive en las Bahamas, a ver, hacelo a nombre de Blackhole Inc., que es la sociedad que le creamos para que reciba el dinero, que es para sus gastos básicos, ¿visste?, dale, gracias por darle trámite rápido” —decía el personaje, mientras con asombro yo veía que le estaban haciendo el certificado sin pedirle datos ni información alguna.

    —“¿Cómo es posible” —le digo a don Braulio— “que le expidan un visto bueno sin averiguar de dónde sacó esa plata, si es cierto que viene de la venta de la estancia, qué sé yo?” —agregué, desconcertado.

    —“Es que ya estamos por cerrar, y le informo que no nos pagan horas extras, así que lo hacemos y listo. Menos trabajo para mañana.