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    Leonardo Corazón de León

    Uno de los héroes románticos más recordados de la antigüedad es Leonardo de Aluria, príncipe y luego rey, abnegado cruzado, guerrero y patriota, quien pasó a la historia con el destacado nombre de Leonardo Corazón de León.

    Leonardo había nacido en Aluria, un ducado legado a su familia por su primo, Raoul de la Sendique, príncipe de Ancapia, quien había dedicado su juventud a los estudios científicos, desinteresándose por el combate contra los infieles, para retomar por fin la lucha en la segunda cruzada que ambos encabezaron para reconquistar la ciudad sagrada de Frentusalem, copada por el Plenarium, un grupo de advenedizos comandado por los traidores Tontojavier de la Mirándola, pensador inútil e intrascendente, pero tenaz y constante, el guerrero Peladus Martínicus, cuyas ambiciones políticas desbordaban cualquier recipiente, el jefe de las brigadas de la represión Bichus Bonómicus, cuya renuncia pedían tan insistente como inútilmente los pobladores de la ciudad, todo con la mirada pasiva y complaciente del anciano y desconcertante filósofo Pepio el Mujíquico, inspirador político de los invasores.

    Planificando la cruzada, Leonardo Corazón de León se reunía con frecuencia con sus tropas en la región de Sieteonce, alentado y respaldado por sus esbirros Arruabarreno y Filipo Carballus, quienes se esforzaban por mantener en alto el ánimo de los combatientes guerreros que secundaban al heroico cruzado.

    —Hay que atacar y reconquistar el Plenarium —decía en sus arengas a sus hombres el heroico cruzado— pero también hay que capturar a los traidores del Sanedrín de Ética y Política de Frentusalem, juzgarlos sumariamente y ejecutarlos. El Fiscal Tribunalicio Pachekus ordenó el archivo de la falsa acusación que se nos hacía, no hay sentencia, no hay delito, y estos imbéciles siguen dando manija, alborotando cuanto avispero se les pone por el camino —agregaba Leonardo Corazón de León, ante los aullidos de entusiasmo y paroxismo de sus fieles, que habían jurado acompañarlo hasta la muerte en sus justas e indiscutibles reivindicaciones.

    Antes de la embestida final del ataque, Leonardo y su primo Raoul habían analizado detalladamente con sus lugartenientes la estrategia y la táctica a seguir, y ambos habían concluido que debían esperar pacientes a que se produjera la condena a muerte y la ulterior ejecución del infiel Ludovico Al Magrus. Habían resuelto esperar para lanzar el ataque a que Al Magrus estuviera muerto, y su cadáver fuera entregado al príncipe Bin Salman el-Tabarek, para que lo disolviera en ácido frentoico y echara al mar sus indignos y traidores restos.

    —Todos estarán atentos a esta esperada ejecución, y entonces podremos encabezar la carga final, terminando con los escrachadores profesionales que nos atacan como a Juana de Arco cuando la mandaron a la guillotina —dijo el príncipe Raoul Sendique, cuyos conocimientos de historia rivalizaban con los de genética humana, especialidad en la que había obtenido dos medallas de oro en la Universidad de Fidelia, a la que sus progenitores lo habían mandado a estudiar cuando era un joven ambicioso y lleno de sueños de redención futura.

    Ambos dos (dijera el destacado antropólogo y hombre de letras Martino Fabletus), Leonardo y Raoul, sabían que había tropas desplegadas en la entrada a Frentusalem que intentarían combatirlos y aniquilarlos en su embestida baguala en procura de la conquista de las sagradas murallas.

    Las fuerzas del príncipe Raphus Michelinus eran de temer. Los habían atacado desde hace años, y ahora estaban desplegadas para obtener la destrucción total. No lo eran menos los ejércitos de las mujeres aguerridas del Plenarium, la duquesa Monika Xavierenda y la sargenta de origen eslavo Lucía Topolanska, que encabezaban dos de los ejércitos más sanguinarios de Frentusalem.

    El esclavo y esbirro de los primos, Arruabarreno, había encabezado una misión secreta de sondeo de las posibilidades de un arreglo con el Plenarium, y había podido dialogar con algunos mandos medios, porque ninguna de las cabezas de lista bélica se había prestado para una negociación. Les habían mandado decir a los primos que no saldrían vivos del planeado ataque contra las murallas, y que les rechazaban la oferta de conseguir el Arca Perdida de los Recibos de Ancapia, que atenuaba las responsabilidades de Raoul de la Sendique, ni la copia en pergamino de la vista fiscal de Pachekus, certificada por el Notario Mayor del Reino, que disminuía el peso de las acusaciones contra el cruzado Leonardo Corazón de León.

    —Vuestras suertes están echadas —le habían mandado decir a los primos los ujieres del Plenarium, que representaban a las bases, así como las otrora indestructibles reservas de la Magna Casa de la princesa Constancia de las Morreiras, y del duque Johannes Castelius, comendador de la Orden Contemplativa de los Comunisti.

    —Habrá sanciones, les guste o no les guste, y si pelean demasiado, les vamos a pasar por arriba sin piedad —le dijo a Arruabarreno el conductor espiritual de los Asambleicos, el envejecido pero siempre militante marqués Danilus Astorius, quien siempre tenía algo que agregar, aunque fuera redundante.

    Arruabarreno le confesó a Leonardo y a Raoul que veía pocas esperanzas de triunfar en el ataque a las sagradas murallas, pero que él, fiel soldado, los seguiría hasta el final.

    Los primos salieron de su carpa de campaña, y se enfrentaron a sus tropas, que aguardaban ansiosas las señales del rumbo a seguir.

    —¡Vamos a la taberna! —dijo Leonardo Corazón de León, y, apoyándose en el hombro de Raoul de la Sendique, la emprendió rumbo a Quinchus Varelius, un añorado refugio en el que habían disfrutado de momentos de gloria, cuando sus conductas no eran criticadas, y sus acciones eran aplaudidas por todo el pueblo.

    Todos los hombres dejaron por un momento sus armas e ingresaron a beber junto a sus conductores, no se sabía muy bien si para darse ánimo antes de la batalla o para mitigar las penas de ese futuro incierto que yacía a sus pies, como antes lo habían hecho la gloria y la fama.

    Y bebieron. Brindaron. Cantaron y se abrazaron.

    Leonardo pidió la factura, y se asombró del monto, aunque podía presumirlo, porque eran muchos los parroquianos.

    —¿Vos tenés efectivo? —le preguntó a su primo Raoul.

    —No, pero tengo acá la tarjeta corporativa. Tomá.

    —No, yo también la tengo —le contestó, rechazando el ofrecimiento.

    Y pusieron las dos tarjetas, y pagaron a medias.

    Que las penas, con pan, son menos, y las cuentas, con las tarjetas corporativas, son llevaderas hasta en las Cruzadas.

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