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    Libertad de palabra

    Columnista de Búsqueda

    N° 1897 - 15 al 21 de Diciembre de 2016

    La política nunca fue un juego de ideas, como dicen los políticos que es, sino una tensión más o menos discreta de costumbres. Los medios sobre los que opera la costumbre, según lo demostró Antonio Gramsci, el fundador del Partido Comunista italiano, son mil veces más eficaces que aquellos en los que trabaja la razón. Según este brillante agitador, la revolución socialista llegará el día en el que no sea necesaria la violencia para imponerla, cuando a las personas, convenientemente adoctrinadas por la erosión de una prédica cotidiana e integral, metida por todas las fisuras en la sencillez de su existencia, les resulte aceptable o indiferente renunciar a la propiedad de sus bienes y a sus libertades esenciales, porque estarán convencidas de que por encima de ese patrimonio hay valores superiores a los que generosamente les donarán todos los sacrificios, incluidos los sueños más elementales, más queridos.

    Gramsci declara que la educación, los cambios de las relaciones interpersonales —como la disolución de la familia tradicional, la eliminación de las jerarquías por méritos—, la propagación permanente y cansina de una literatura y de unos discursos proselitistas, la música, el teatro, el lenguaje, la forma de vestir y el trabajo de las organizaciones horizontales como los comités de barrio, las asambleas políticas y la acción de los sindicatos, urdirán las condiciones propicias, “subjetivas”, para asentar un sistema basado en la colectivización de los medios de producción, la abolición de la propiedad privada y la planificación central de la economía. Dicho con mayor simpleza: a la victoria del socialismo se llega no solamente por asaltar el Palacio de Invierno o hacer la guerrilla desde la Sierra Maestra, sino también por la costumbre de vivir y de pensar  de manera socialista, cuando la promesa del paraíso en la Tierra ya no despierte recelos, cuando los pueblos se hagan a la idea de que renunciar a un destino propio  no es tan malo como lo denuncian sus enemigos. El socialismo que vencerá, sugirió Gramsci, será el que consiga que las gentes se acomoden a él antes de darse cuenta de que se les ha venido encima. En esa indolencia, en ese silencioso horadar estriba su gran carta de triunfo.

    La corrección política del lenguaje —que ha logrado  trastocar nuestra apropiación de la realidad en nombre de una concordia que en verdad es una guerra  por otros medios— debe ser  encuadrada como un objetivo a derrotar precisamente por formar parte de ese tipo de manejo de conquista del poder. En sus empalagosos giros se esconde  la neutralización de cualquier  sugerencia o connotación que indique enfrentamiento, discrepancia irreconciliable, abismo de metas, ideas que no tienen ninguna relación entre sí. Pero sabemos bien que en la vida que nos ha tocado en suerte, las cosas son diferentes a como se nos impone nombrarlas; hay enfrentamiento, hay abismos, hay discrepancias insalvables. No es  lo mismo ceder a la opresión que resistirla, no es equivalente aceptar las intervenciones improcedentes del Estado que rechazarlas;  no es igual impedir que aprobar  que se nos regule mediante el mal uso de la ley la valoración de la moral personal o la forma y oportunidad de hacer negocios, de comprar, de vender, de ahorrar o de gastar nuestro dinero.

    El método del gramscismo —funcional a varias ideologías, no únicamente al marxismo, que es su raíz— se demostró eficiente para servir a los enemigos de la libertad. Y en algún sentido debemos reconocer que es exitoso. Alcanza con ver de qué manera se ha encadenado nuestro lenguaje a los intereses de la corrección política, y viciado nuestra apreciación de los conflictos que enfrentamos en la realidad; no por azar corremos el peligro de diluirnos en el paisaje de lo meramente testimonial  y ser cada vez menos una alternativa para redimir a nuestras sociedades de la pobreza, de la desesperanza, de la falta de vigor necesario que permite hacer algo bueno y grande con sus mejores talentos y voluntades.

    La historia del liberalismo empieza con un panfleto de John Milton, hacia mediados del siglo XVII, en el que defiende la libertad de palabra; lo escribe cuando era peligroso hablar, cuando la prepotencia de los poderes se organizaba para acallar  y castigar las diferencias. Hoy no es muy diferente el reto; cambiaron, es cierto, los modos, los medios, los ejes de control de los flujos ideológicos. Pero el principio rector es el mismo. La amenaza también.

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