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    Linaje y estirpe

    Columnista de Búsqueda

    N° 1785 - 09 al 15 de Octubre de 2014

    Nos enseñó San Agustín que Dios creó el mundo de la nada, que mediante su acto primordial dio nacimiento a todo lo que existe, incluso al tiempo. Desde ese momento único, todas las cosas proceden de la combinación, del encuentro o de la división de las sustancias, de algo preexistente que sufre transformaciones y determina nuevas realidades.

    Para disgusto de muchos teóricos optimistas y apresurados que postulan el dogma de la originalidad y le prestan una fe poco menos que islámica, el arte no escapa a esa fatalidad que implica la producción de lo que no existe a partir de lo que existe. Crear es puramente re-escribir, re-combinar, re-contextualizar, re-comenzar, re-pensar; para ser más exactos: comentar o, peor: volver a comentar.

    La palabra linaje corresponde en un sentido casi literal para referirse a las obras de arte; toda pieza artística, en efecto, inevitablemente tiene un hilo que la traído al presente, una línea de hechos y referencias que la anteceden; por ejemplo: la mejor película de todos los tiempos, El Nacimiento de una Nación, de Griffith, es también la primera película narrativa, es decir, la que crea el lenguaje del cine mediante el uso perfecto de los recursos del montaje y de la posición y distancia de la cámara. Esa obra, si le seguimos el hilo, si interrogamos su linaje nos lleva en lo inmediato y anecdótico a cierta popular novela de Thomas Dixon Jr. que celebra con buenas razones las valerosas acciones de la gente del Sur atacada por la prepotencia y la vulgaridad de los perversos hombres del Norte y de los antiguos esclavos; en lo formal y permanente; a su vez, nos conduce a las fuentes del lenguaje narrativo, de tomas de primer plano, de plano medio y panorámico, a perspectivas invertidas de paisaje, al uso de escenas simultáneas con fines de expectación, a la distribución dramática de los episodios como forma de armar un eje de climax-anticlimax a lo largo de todo el relato. Tales características las podemos rastrear hasta donde nos permite la memoria documental, esto es, hasta Homero, maestro, creemos que fundacional, de esa increíble gramática de la expresión que en homenaje a la brevedad llamamos Literatura.

    Pero esto último nos pone frente a la segunda palabra que corresponde para entender la índole de lo artístico, que es estirpe, que en su origen remite al concepto de tronco o raíz de árbol. La estirpe de una obra es el lugar primero desde el que proviene; su raíz. Bajo esta nueva mirada, tenemos entonces que una obra, por sus referencias hipertextuales, nos conduce a su remoto origen, o dicho con mayor sencillez: partiendo del linaje llegamos a la estirpe. Veamos un ejemplo cercano y muy querido para mí, el cuento El Alpeh.

    Allí Borges nos plantea en sentido literal una suerte de paráfrasis de la Divina Comedia, con una Beatriz amada y también muerta, ya irrecuperable. El dolor del personaje Borges es el mismo dolor del personaje Dante, al escribir La Vita Nuova, al prometer la Comedia. Y es parecido al dolor que vemos en el canto V de la Eneida, donde se nos cuenta que Eneas se encontró en el reino de ultratumba con la sombra de la infortunada Dido —de la que fue arrancado por la voluntad de los dioses— pero que esta pasó por su lado despreciándolo. De igual intensidad es el dolor de Ulises en el canto undécimo de la Odisea, donde el héroe se encuentra inesperadamente con el alma de su madre, a quien todavía creía bajo la luz del sol. El intento de abrazarla, de contener en algo la antigua ternura lo llevó a desesperar cuando comprobó, tendiendo los brazos, que su madre solamente era una imagen, una sustancia virtual, un aire que se disolvió en aire y nada más. Homero, para concebir esta escena, ha de haber tenido presente el inmemorial relato de Orfeo en la mansión de Hades rogando para que le permitieran devolver a la parte visible de la tierra a su entrañable Eurídice. A modo de resumen: Borges nos traslada a Dante, este a Virgilio, este a Homero, y desde él al cono de sombra que definen los viejos mitos que iluminaron la imaginación de los aedas de hace tres mil años.

    Conocemos el linaje, pero la estirpe todavía permanece oscura; aunque algunos han dicho que la fuente de todo no está en los hombres, que es inútil buscar entre ellos, sino en los dioses.

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