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En la escena inicial vemos una tala de altísimos árboles y escuchamos el sonido de la sierra eléctrica. Inmediatamente después, entramos en el mundo silencioso de los afectos. El primer diálogo recién aparece a los diez minutos o algo así. Y es de este tipo:
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Un camionero que transporta madera entre Asunción y Buenos Aires. Una mujer y una niña de ocho meses que aprovechan ese viaje. Una frontera polvorienta, gris, fea, como todas las fronteras. Un largo trayecto hacia la capital argentina parando únicamente para comer, para ir al baño y para dormir. Una road movie despojada, qué digo: despojadísima. No hay música, no hay ningún paisaje bello ni ningún atardecer melancólico. Solo vemos el interior del camión y la línea de la carretera, que representa la resonancia íntima de los personajes.
El viaje es silencioso y seco. La mujer carga a la niña, el camionero maneja. No se hablan. No se miran. Solo los inocentes ojos de la niña parecen embelesados con el camionero. Y no lo pierden de vista.
La amabilidad entre los personajes está en el límite de lo tolerable: cuando la mujer sube a la cabina, el camionero le sostiene los bolsos porque no tiene más remedio. Nada más. El juego está claro: mínimos elementos en busca de una máxima expresividad. Dos seres humildes, solitarios y anónimos que al principio no parecen tener nada en común. Y una apuesta interesante: así planteadas las cosas, el espectador también está dentro de la cabina del camión compartiendo el mismo espacio.
El director procura que nada externo al juego esencial entre estos personajes distraiga la atención. Cada vez que aparece una tercera persona en algún alto del camino (un almacén, un restaurante), es como si una multitud se sumase al concierto de los dos solistas, como si el resto del mundo se colase por la rajadura de ese hombre y esa mujer únicos.
El realizador argentino Pablo Giorgelli, que debuta con Las acacias en el largometraje, asume la riesgosa tarea de depositar sobre los actores Germán de Silva y Hebe Duarte, además de la pequeña Nayra Calle Mamani, toda la responsabilidad de este drama asordinado donde la riqueza está en los más nimios detalles, en la entonación que se le da a un monosílabo y en la vergüenza de una mirada. Y la naturalidad que consigue de los intérpretes es asombrosa.
Luego del rodaje, Giorgelli, con ayuda de su esposa, la montajista María Astrauskas, estuvo siete meses editando la película meticulosamente, quitando todo lo superfluo y accesorio. Y valió la pena: los 82 minutos de metraje están perfectamente ajustados y ensamblados y le valieron la Cámara de Oro en el Festival de Cannes, un galardón que en otras oportunidades se llevaron artistas de la talla de John Turturro y Jim Jarmusch.
“Las acacias”. España-Argentina, 2011. Dirección: Pablo Giorgelli. Guión: P. Giorgelli y Salvador Roselli.