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    Lo que aún no hemos vivido

    Murió Peter Brook, uno de los grandes refundadores de la dirección teatral

    Vivió todas las vidas posibles para un artista del escenario. Fue el joven prodigio del teatro británico, reinó en Broadway y en la Royal Opera House, se sacó el esmoquin, recorrió el planeta para inspirarse y se mudó a los suburbios de París, donde vivió y creó durante el último medio siglo. Cada vez que alguien versiona un clásico está transitando un camino que en buena parte desmalezó Peter Brook, el gran dramaturgo, director teatral y cinematográfico y ensayista inglés, fallecido el domingo 4 a los 97 años de edad. La partida de uno de los principales renovadores de las artes escénicas contemporáneas generó múltiples manifestaciones de admiración y afecto en legiones de teatreros de todo el mundo. Este maestro de tres generaciones de artistas y considerado entre los mejores directores teatrales de la historia fue el artífice de montajes de alta significación estética, que resultaron de gran influencia. Fue distinguido una y mil veces con los premios Tony, Emmy, Laurence Olivier, Praemium Imperiale, Prix Italia y en 2019 ganó el premio Princesa de Asturias de las Artes, uno de los máximos galardones internacionales por detrás de los Nobel. En forma incansable y sin abandonar la trinchera independiente, abrió camino hacia terrenos desconocidos en la dramaturgia contemporánea al allanar el camino de regreso entre el epicentro occidental y las fuentes culturales primigenias de África y Asia, defenestradas durante siglos.

    Peter Stephen Paul Brook nació en Londres en 1925, de madre francesa y padre judío procedente de Letonia, estudió artes en la Universidad de Oxford, a los 20 años debutó como director teatral y con solo 22 años, en 1947, asumió la dirección de la Royal Opera House de Londres. Durante los años 50 se instaló en Estados Unidos, donde dirigió asiduamente en Broadway y llegó a los más grandes teatros de Estados Unidos y Europa. En 1962 volvió a Londres para dirigir la Royal Shakespeare Company británica, hasta 1970. Allí comenzó a desandar el camino estelar apegado a las grandes tradiciones del teatro y asumió nuevos riesgos: le tomó el gusto a dejar atrás los cánones habituales con versiones de clásicos isabelinos como Rey Lear y Sueño de una noche de verano y se aventuró en puestas en escena inéditas hasta entonces, como la caja blanca (el escenario despojado de decorados) y elencos con habilidades circenses y trajes exóticos. En esa etapa de transición hacia la experimentación más pura se tradujo en montajes removedores y controvertidos como Marat-Sade, de Peter Weiss, que dirigió poco después de su estreno en Alemania, que narra la persecución y asesinato del científico y revolucionario francés Jean-Paul Marat por los internos de un hospital psiquiátrico dirigido por el Marqués de Sade. Poco después dirigió la adaptación cinematográfica, con Patrick Magee e Ian Richardson.

    En 1970, la compañía le impuso la prohibición de contratar actores extranjeros, dio el gran golpe de timón a su carrera al renunciar para instalarse en París, donde fundó el Centro Internacional de Creaciones Teatrales, consagrado a la investigación y producción de montajes experimentales que dirigió hasta poco antes de su muerte. En 1974 plasmó un proyecto titánico que se transformó en un ícono de su carrera: la restauración de Les Bouffes Du Nord, un gran teatro parisino que estaba en ruinas, junto a la estación de trenes Gare Du Nord, donde fundó un elenco estable con intérpretes de todo el mundo que se mantuvo en actividad hasta 2010. Con esa plataforma globalizada, mucho antes de que la globalización llegara al mundo de las artes escénicas, montó el núcleo central de su obra contemporánea, con el motor inspirador de sus permanentes viajes por todo el mundo, especialmente por África y Asia, que lo llevaron a explorar en estéticas no occidentales que se plasmarían en el escenario en los años 80. Los teatreros mencionan una radical adaptación de la ópera Carmen, a la que redujo a su esencia y de la que conservó solo cuatro personajes, sin coro y con solo 90 minutos de duración.

    En 1985 estrenó Mahabharata, su obra consagratoria en su etapa parisina, que insumió una década de preparación y cuya versión original duraba seis horas (con varias pausas). Basada en un texto épico indio antiguo, la narración de una familia destruida por la guerra a lo largo de varias generaciones se transformó en un punto de atracción en todo el mundo escénico, en cartel durante varios años.

    Durante los años 90 acentuó el minimalismo de sus puestas y concentró su trabajo en la actuación, con escenarios cada vez más despojados. Un caso paradigmático de esa época es El hombre que (1993), basada en el ensayo El hombre que confundió a su esposa con un sombrero, del célebre neurólogo y escritor británico Oliver Sacks, que se inspiró en casos clínicos de síndromes extraños que afectan la percepción. Esta obra no llegó a la cartelera montevideana pero sí a los galpones de la Rural del Prado, donde un grupo de la EMAD que dirigió Alberto Coco Rivero en 2009 la representó como espectáculo de egreso. Aunque Brook nunca vino a Montevideo, en la segunda edición del estatal Festival Internacional de Artes Escénicas, en 2011, pudimos ver una muy dinámica versión suya de la ópera La flauta mágica en el Solís. Otra obra suya que llegó a la región (en 2008 a Brasil y Argentina) fue El gran inquisidor, versión del famoso poema en prosa de Dostoievski incluido como un capítulo de su novela Los hermanos Karamazov. Allí, Jesucristo regresa a la Tierra en pleno medioevo y es apresado e interrogado por un clérigo inquisidor interpretado por el actor inglés Bruce Myers. El rol de Cristo, sin parlamentos, sentado en una silla, era interpretado por un estudiante de teatro seleccionado en cada ciudad.

    En el plano teórico, su frondoso legado se sintetiza en su trabajo más célebre, El espacio vacío, ensayo publicado en 1968 que desarrolla su concepción de la esencia de la actuación, despojada de ornamentos físicos, que así comienza: “Puedo tomar cualquier espacio vacío y llamarlo un escenario desnudo. Un hombre camina por este espacio vacío mientras otro lo observa, y esto es todo lo que necesita para realizar un acto teatral”.

    Brook según Pouso y Morena

    En 2019, cuando Brook ganó el Princesa de Asturias, la dramaturgista y asesora académica de la EMAD Laura Pouso, quien durante la década en que vivió en París fue asidua espectadora de los estrenos del inglés, destacó a Búsqueda algunas de sus vivencias en Bouffes Du Nord. Destacó en primer lugar Soy un fenómeno, adaptación de la novela Una memoria extraordinaria, de Aleksander Luria: “Me impactó ese viaje al cerebro de una persona. Te hace reconocerte como ser humano. Me hizo vivir una de esas emociones profundas que uno puede vivir en el teatro. El camino de Brook está marcado por la búsqueda en las profundidades de la naturaleza humana. Y el teatro es su laboratorio”. Pouso también contó cómo era ir a ver un espectáculo de Brook: “Era muy curioso encontrarlo tomando un café en la mesa de al lado en el bar del teatro y al rato parado al lado de la boletería, saludando a la gente que entraba. Para nosotros era una estrella, toda mi generación leía sus libros, y ahí estaba, como uno más. El programa era una fotocopia en A4 doblada en dos. Uno venía de Uruguay y esperaba otra cosa más espectacular en la producción. Y al leerlo estaba todo lo que tenía que estar, en negro sobre blanco. Todas las baterías estaban puestas en la escena. Fue una lección de buen gusto hasta para eso”.

    Pouso también recordó El traje, basada en un cuento del sudafricano Can Themba que retrata los años del apartheid: “Todos los actores eran africanos de su propia compañía. Pero no eran africanos europeizados, como hay tantos. Brook les pedía que conservaran sus improntas, sus abordajes originales del arte teatral y especialmente de la cultura oral de los narradores, y eso fue maravilloso. Lo más fantástico es que esa obra era una comedia, con toques dramáticos, sí, pero con un sentido del ritmo y del movimiento en el espacio alucinante. El tipo los mueve y los actores parece que flotan”.

    La dramaturga y directora Marianella Morena también compartió con Búsqueda, consultada para esta nota, el siguiente texto breve con sus recuerdos e impresiones de sus noches en el teatro del británico, cuando vivió durante una temporada en París: “Bouffes Du Nord es un teatro antiguo, con parte de su historia sin reciclar, en diálogo abierto con lo contemporáneo. Ahí vi por primera vez un Peter Brook y otras obras de lenguajes rupturistas. Leer y volver a leer a Brook es una experiencia luminosa para conectar con lo anterior y ver qué rescatamos para sobrevivir en esta locura egoísta de presiones económicas, desconectadas de la calidad. Peter Brook trabajó incansablemente sobre la libertad y la grandeza humana, dentro y fuera del ejercicio teatral. Abrió la mirada, la perspectiva sobre los pesos históricos, los mausoleos artísticos que nos condicionan, oprimen y nos eliminan identidad. Pionero en la inclusión, en la diversidad étnica, en crear un camino propio, en alejarse de los centros de consagración, en ir por los/as otros/as, en la reescritura de clásicos, en la valentía para pensar un director como autor y no un mero organizador de lo escrito. En cuestionar hasta el cansancio lo dicho, lo formulado, en amar su profesión sin importar el tiempo transcurrido, lo alcanzado. En ser joven hasta el extremo de la curiosidad sin importar lo sabido. Nos seguirá diciendo desde su mirada ingenua que sigamos hambrientos/as por encontrar, porque esa es la esencia de lo teatral: lo que aún no hemos vivido en colectivo”.

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