N° 2070 - 07 al 13 de Mayo de 2020
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáHace un par de meses, en la tarde de un domingo familiar prepandemia, mi madre lidiaba con el control remoto de su televisor. Intentaba navegar en Netflix pero, por alguna extraña razón, no era posible. Lo intenté yo pero tampoco logré encontrarle la vuelta. Se nos ocurrió recurrir a Valentín, quien con sus 12 años es el experto informal (e inconsciente) en dispositivos tecnológicos. Extrañamente, él tampoco pudo resolver el asunto así que nos conformamos con ver cable. En todo caso, ese pequeño incidente me dejó pensando en el valor de la experiencia versus el valor de la tecnología.
Sin duda alguna, vivimos en una sociedad tecnológica: usamos la tecnología como herramienta para resolver nuestros problemas cotidianos y también los no tan cotidianos. De hecho, confiamos de manera casi ciega en que cualquier problema al que nos enfrentamos, presente o futuro, podrá ser resuelto gracias a alguna clase de tecnología. Y, como efecto colateral de esa confianza, esa suerte de fe tecnológica, tengo la impresión de que hemos ido progresivamente dejando de lado el valor de la experiencia.
Es verdad, en trabajos que implican un manejo creciente de dispositivos nuevos, la experiencia laboral de quien estuvo desempeñando una misma tarea mecánica que ya no se hace, no parece demasiado valiosa. El asunto es que nuestra vida es algo mucho más amplio, complejo y sofisticado que sus aspectos laborales. Es decir, es correcto decir que el “aprender a aprender” es útil en la medida en que nos prepara para manejar (de manera bastante subordinada para la mayoría, por cierto) nuevos y distintos dispositivos tecnológicos. Pero la experiencia vital de las personas no se reduce a ese aspecto funcional, es algo más grande, que tiene que ver con un montón de otras cosas, siendo las afectivas algunas de las centrales.
Y justo entonces nos encontramos de golpe en medio de un quilombo pandémico global en el que por un lado los más viejos son uno de los grupos más vulnerables, víctimas recurrentes del virus, y en donde, por otro, se hace necesario monitorear y protocolizarlo todo, usar toda clase de tecnologías y de conocimientos técnicos para entender y tratar de manejar mejor el asunto. Vendría a ser uno de esos momentos en que la experiencia parece retroceder en su importancia de manera casi física. Y, sin embargo, no creo que sea esa la ecuación. O, por lo menos, no toda la ecuación.
En alguna columna de estas semanas pasadas comentaba que mi generación y las generaciones más jóvenes estábamos de alguna manera faltos de reflejos. De esos reflejos que, hace millones de años, nos hicieron levantarnos en dos patas para mirar por encima de la maleza en busca de algún depredador. Los mismos reflejos que mantuvieron y hasta desarrollaron quienes han pasado por alguna desgracia colectiva mayor, como una guerra, un genocidio o una dictadura feroz. Y que por eso no éramos especialmente conscientes de lo delicado que era este momento que estábamos viviendo: acostumbrados a que la tecnología resuelva (casi) todo en un click, nos resulta difícil entender (y hasta detectar) la incertidumbre que nos provoca constatar los límites de lo que sabemos y lo que podemos hacer como especie.
Evidentemente, en términos estadísticos, epidemiológicos y médicos, es claro que no es un consejo de sabios ancianos de la tribu quien nos va a salvar. Pero el problema es que esta pandemia no solo nos está testeando en esas áreas. Las respuestas que nos hemos visto obligados a desarrollar (o improvisar, como se prefiera) han afectado, afectan y afectarán un montón de otros aspectos de nuestras vidas. En Italia y España, son miles quienes han sufrido el impacto de no poder decirles adiós a sus mayores. En el mundo somos millones quienes debemos empezar a pensar en cómo será una vida con nuevas distancias sociales, con otras formas de relacionarnos, con otras formas de ocupar los espacios comunes, con otra forma de vincularnos con nuestros seres más queridos. Parece difícil que en tiempos cercanos se pueda volver a nuestras formas previas.
Y es justo ahí, en esa zona del asunto en que las tecnologías ayudan a paliar el problema (escribo esta columna desde mi casa, la envío por mail y cuando sale, la difundo en las redes, sin contacto humano alguno) pero no alcanzan a resolverlo, en donde quizá la experiencia de los afectos nos sirva para pensarnos mejor. Obviamente, esta oposición que hago es meramente argumental, en realidad todo el mundo va echando mano a las dos cosas sin pensarlo siquiera. Lo que sí me parece interesante señalar es que la experiencia no es lo opuesto de la tecnología, ni es algo de lo que se pueda prescindir socialmente a voluntad. Y que ese sea quizá un error en el que colectivamente hemos venido cayendo.
Recuerdo que en algún texto leído en facultad, el filosofo alemán Jurgen Habermas señalaba los peligros de que la lógica del mundo económico (con su eficiencia, su exigencia de performatividad, su fría lógica de resultados) terminara avasallando la lógica del “mundo de la vida”, es decir, de todos los aspectos que hacen de nuestra experiencia social humana lo que es. Creo que es claro que ese avasallamiento ya se produjo y que ni siquiera fue avasallamiento sino pura seducción: hace rato que somos como los personajes de Wall-E, encantados de pasar la vida sentados sin casi movernos, rodeados de dispositivos tecnológicos que lo hacen todo por nosotros.
Nuestra experiencia de vida tiene, pese a la economía, la competencia y el rendimiento, un montón de aspectos que no son codificables, que no responden a esas lógicas, que funcionan con el desprendimiento, la confianza, la solidaridad y los afectos. Es la única forma de explicar que un taxista madrileño se pase los peores días de la pandemia en su ciudad, trasladando desconocidos a los hospitales sin cobrarles, solo porque entendió que ese era su papel en ese momento. O que una madre, sin dudarlo, se sacrifique por un hijo que biológicamente tiene muchas menos posibilidades de sobrevivir que ella. Dentro de todo eso que no resulta codificable, vendible, “tecnologizable” viene la experiencia, especialmente la experiencia afectiva, personal y familiar.
No soy de los que cree que esta pandemia nos va a hacer mejores. O peores, da igual. Eso dependerá de cada uno, de cómo capture el instante y cómo lo procese. Pero sí creo que puede ser un buen momento para repensar nuestra relación con nuestros mayores, con su experiencia de vida, con aprender de ellos todo lo que no puede ser guardado en un pendrive, medible, codificable. Su afecto, su historia, sus acciones, sus valores, su legado. Porque es precisamente todo eso lo que nos hace humanos, tanto o más que nuestra capacidad de transformar tecnológicamente nuestro entorno. Y es que seremos humanos o no seremos.