N° 2021 - 23 al 29 de Mayo de 2019
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáAlguien, alguna vez, definió al fútbol uruguayo como un “profesionalismo en alpargatas”. Esta frase —que marcaba el contraste entre lo que este aspiraba a ser y lo que era en realidad— bien pudo aplicarse a lo acontecido en lo previo al reciente partido entre Fénix y Peñarol, en el Parque Capurro. Un cotejo que podía ser decisivo para la definición del Apertura, iba a disputarse, como es habitual, con la presencia de las dos parcialidades (aunque la del visitante obligada a pagar precios “de ópera”, como inicialmente los fijara la dirigencia albivioleta). Sin embargo, en cuestión de horas, un tribunal de la AUF le prohibió el ingreso a la hinchada de Fénix (por los graves incidentes al final del partido anterior ante Cerro Largo) y obligó a su directiva a reducir a un monto irrisorio, el precio de las entradas destinadas a la gente aurinegra. De modo que lo que prometía ser una apetecible recaudación para el dueño de casa, de buenas a primera, resultó un negocio ruinoso. Y de rebote, Peñarol pudo asumir ese partido en cancha ajena, como si fuera el locatario.
Persuadido de la importancia de esa victoria (que podría permitirle la obtención del título en forma anticipada) el conjunto aurinegro recobró buena parte del fútbol atildado y consistente de la primera parte del torneo, pero ausente en sus últimos partidos, tanto en el plano local como en el internacional. Se mostró en esta oportunidad tácticamente ordenado en la defensa y el medio campo, y volvió a exhibir lo que ha sido su matiz diferencial con el resto de los equipos: el uso permanente de las dos bandas laterales de la cancha para agrandar el frente ofensivo. Una vez más la velocidad de Giovanni González y Cannobio, por derecha, y las permanentes subidas de Lucas Hernández por el sector opuesto —proyectadas por Gargano o Lucas Viatri— generaron varias situaciones de gol, que no fueron concretadas debidamente. Ello hizo que su victoria fuera estrecha, y que su rival tuviera incluso alguna chance final de empatar el partido.
Los resultados de los otros cotejos de la fecha (en especial la derrota de Danubio ante Wanderers) determinaron la anticipada coronación aurinegra en el Apertura, a falta de dos fechas para su culminación. Y no puede objetarse la justicia y legitimidad de esa conquista, pues el equipo dirigido por Diego López demostró una clara y contundente superioridad sobre todos sus rivales, reflejada por la amplísima ventaja que les sacara a sus más inmediatos escoltas. También aparece muy lejos su tradicional adversario, que tuvo un pésimo comienzo en el torneo, dejando muchos valiosos puntos por el camino, que nunca pudo recuperar, pese al repunte experimentado desde que Álvaro Gutiérrez se hizo cargo de la dirección técnica.
Es que, más allá del empate del último clásico, a lo largo del actual certamen ha existido entre Peñarol y Nacional una muy clara y tangible diferencia en favor del primero, que ha sido tan manifiesta que no parece juicioso atribuirla a un supuesto favorecimiento arbitral a su respecto. Y ese tan marcado desnivel, reflejado en la campaña de uno y otro tiene una causa muy evidente. Mientras el actual campeón mantuvo casi todo el plantel ganador del año anterior, y mostró un criterio muy afinado al momento de suplir aquellas piezas que no pudo retener, el tricolor se vio obligado, por explicables razones económicas, a desmantelar casi íntegramente la formación de la última temporada, sin acertar mayormente en el ulterior recambio de jugadores. A ello se sumó una experiencia malograda con el cuerpo técnico primariamente elegido, que no pudo conjurar enteramente el posterior reemplazante; entre otras razones, porque heredó un plantel desbalanceado y con futbolistas que él no había elegido. Con todo, y casi obligadamente, debió promoverse una camada de promisorios futbolistas provenientes de la cantera tricolor, que permiten augurar un mejor rendimiento en lo que resta de la actual temporada, sin perjuicio de aquellos refuerzos que puedan llegar adicionalmente.
Lo curioso del caso —y ello ya lo remarcamos oportunamente— es que Nacional ha logrado en el plano internacional lo que Peñarol no pudo: superar la primera ronda de la Libertadores. Su contrincante en esta nueva fase será Internacional de Porto Alegre, un equipo de reconocida trayectoria en el fútbol sudamericano. Y ante ese rival, el equipo tricolor deberá jugarse la posibilidad de superar esa nueva etapa del torneo, en dos partidos en los que —por razones de calendario— puede llegar a contar con los refuerzos que oportunamente pueda conseguir. Peñarol, por su parte, no tiene otra alternativa que enfocar sus baterías a la Copa Sudamericana, cuya importancia no puede desconocerse, pero que es una suerte de “premio consuelo” tras su dura eliminación de la Libertadores, a manos de Flamengo. Tampoco en este certamen le ha ido bien últimamente, pero su rival –el Deportivo Cali— aunque poseedor de buenos antecedentes en el plano internacional parece accesible a la pretensión aurinegra de avanzar en el torneo (con un primer capítulo, en calidad de visitante, que se disputaba precisamente en la tarde-noche de ayer miércoles, cuando ya estaba en prensa esta columna).
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Pero además de esta importante actividad clubista (que involucra también a los otros representantes uruguayos en la Copa Sudamericana) es claro que el centro de la atención de nuestros aficionados estará en el comienzo del Campeonato Mundial Sub-20, a disputarse en Polonia, y que marca, ya para mañana viernes el debut de nuestra Selección frente a su similar de Noruega. Obviamente no se conoce mayormente el nivel de los rivales que enfrentará Uruguay en su serie, pero da la sensación de que este núcleo celeste ha aumentado su poderío, respecto al que, hace algunos meses, disputó el Torneo Sudamericano de esa categoría. Aunque ya no cuenta con la experiente conducción de Fabián Coito, su sucesor Gustavo Ferreira integraba el cuerpo técnico que aquel comandaba y conoce al dedillo todo el proceso de las formaciones juveniles. Con un aditamento digno de destaque: el tiempo transcurrido desde el reciente torneo continental ha ambientado la aparición y consolidación en la actividad local, de algunas figuras promisorias (como Santiago y Brian Rodríguez, de fulgurantes actuaciones en Nacional y Peñarol respectivamente), que el nuevo conductor celeste decidió sumar al plantel y que pueden contribuir a superar el deficitario poderío ofensivo que mostrara aquella selección, fundamentalmente en la definición frente al arco rival. Y quizás, hasta aspirar al título máximo, como a su tiempo ya lo han hecho sus similares de Argentina y Brasil.
Y, por cierto, sería altamente deseable que esto aconteciera, para que unidos todos detrás de la causa celeste, pueda ponerse fin a una creciente e intolerable crispación entre los seguidores de Peñarol y Nacional, generada y fogoneada a través del uso deleznable de las redes sociales.