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    Lo sagrado

    Columnista de Búsqueda

    N° 1703 - 28 de Febrero al 06 de Marzo de 2013

    Parsifal es la obra de Wagner que más disgustó a Nietzsche, que no tuvo tiempo de apreciarla debidamente porque tanto le indignó su contenido, que se apresuró a condenarla y derivar de allí su celebrada ruptura.  Entre otros dicterios incluyó el que sigue: “Parsifal es una obra del rencor, de avidez de venganza, de secreto envenenamiento de los presupuestos de la vida, una mala obra. La prédica de la castidad constituye una incitación a la contranaturaleza: yo desprecio a todo aquel que no experimenta el Parsifal como un atentado contra la moralidad” (“Le Cas Wagner”, Gallimard, París, 1980, pag 134).

    Hay varios elementos que explican el disgusto de Nietzsche, siendo el más importante aquel que define un cambio en la actitud filosófica y espiritual de Wagner, tan afiliada en sus primeras obras a la postulación dionisíaca que Nietzsche formuló como ideal del arte y de la vida. Wagner, ya mayor y decantado, se halla deliberadamente lejano de ese jadeo primitivo; se encuentra, por el contrario, abiertamente solicitado por la necesidad del sentimiento religioso. Tal vez Parsifal no sea, como lo quiso y proclamó su creador, el fiel testamento de toda su vida y de toda su obra, pero sin duda fue el leal reflejo de un regreso íntimo a sus convicciones originarias, un encuentro con aquella región del alma que en los años de conquistas fáciles, de tentaciones mundanas y pasos equívocos quedó soterrada y en silencio, sin más cuidado que su decente voluntad de permanecer. 

    El clima de fervor medieval se aprecia en el conjunto y en cada uno de los componentes de esta última y central ópera. Tanto quiso destacar Wagner ese ambiente que cuando se encontraba preparando en Bayreuth el estreno pidió a  Van Joukowsky, su maestro escenógrafo, que se inspirara en la inmensa cúpula de artesones estrellados de la catedral de Siena, cuyos mosaicos y dameros de mármol policromo lo habían seducido por sus reminiscencias orientales. Sostenía que la escena debía invitar al heroísmo introspectivo, mostrar que la verdadera batalla de cualquiera que se consagra a la Verdad y al Bien se libra dentro de su pecho, en un lugar que invita al recorrido de la conciencia, de la interioridad; ambiente donde son extraños todos los estímulos que provienen de los sentidos. 

    La historia que recoge Wagner es una de las más persistentes y populares de la Edad Media, y expresa como pocas ese ardor por lo espiritual. Nos dice que el Santo Graal (“El vaso en que bebió Cristo durante la Cena… el Graal bendito adonde desde la Cruz su sangre divina corrió”.) fue confiado a la custodia de los piadosos caballeros de Montsalvat, y que la posesión de ese sagrado objeto los hace invencibles; son los misteriosos “Hermanos de corazón”, que extraen su fuerza de la sangre de Cristo recogida por José de Arimatea, combaten el Mal en nombre del Amor Puro y de la Fe.

    Sobre el escenario del teatro, convertido en templo, se representa el destino del hombre que aspira a una felicidad que no puede alcanzar sin el socorro de un redentor, artista o sacerdote. Esa será la misión de Parsifal, quien bautiza “en nombre del dios que salva” a Kundry arrodillada a sus pies, mientras Gurnemanza canta el esplendor, en ese día de Viernes Santo, de la naturaleza purificada. A Kundry arrepentida, símbolo de la mujer que se debate entre la fascinación del amor humano y la necesidad de pureza y de renunciamiento absoluto, Parsifal, vencedor del pecado, que ha llegado al conocimiento por la revelación de la piedad, le ha concedido el perdón regenerador. 

    Nietzsche no saldrá del asombro y ya no podrá controlar su ira ante este viraje que para Wagner es un triunfo y para él una caída, una derrota: “Ya en el verano de 1876, a mediados de temporada de los primeros Festivales, tuvo lugar dentro de mí una despedida de Wagner. No soporto nada equívoco; desde que Wagner estuvo en Alemania, condescendió paso a paso con todo lo que yo desprecio —incluso con el antisemitismo... Fue entonces, en efecto, el momento cumbre para la despedida: pronto obtuve la prueba de ello. Richard Wagner, en apariencia el máximo triunfador, en realidad un podrido y desesperado décadent, se postró de improviso, desamparado y abatido, ante la cruz cristiana... ¿No tuvo entonces, pues, ningún alemán ojos en la cara ni compasión en su conciencia para ese horrible espectáculo?” (Op.cit. págs. 129-130).

    Jamás quiso Wagner darse por enterado de estas diatribas, ni siquiera bajo la forma de desaires. Intentó alguna respuesta a través de la prensa, pero Cósima, con esa suspicaz sabiduría de la esposa que triunfa sin estridencias sobre el tormentoso pasado de su marido, lo disuadió con arte, aconsejándole el silencio. Por ese entonces Wagner, sentado en el trono de la gloria, leía con fruición al antiguo Maestro Eckhart, que dijo: “El camino más rápido para llegar a la verdad es el dolor”. 

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