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    Lo volvieron a echar

    No es broma

    Después de que uno de sus mejores amigos (no sé ahí hay “mejores” amigos) lo defenestró en público, se tuvo que revolver como gato entre la leña.

    Al no contar con un título, aunque fuera trucho, como el de Raulito, para pretender algo con más glamour tuvo que recurrir al viejo y nunca bien ponderado (sobre todo en estos tiempos) “rajá pa las ocho horas”.

    Consiguió trabajo en una bicicletería del barrio. No se precisaba mucha técnica, tan solo un poco de maña y habilidad manual. El dueño del tallercito trabajaba con un ayudante que se fue a vivir a Tacuarembó con la familia y precisaba un pinche para las pinchaduras (o las cadenas sueltas, o los piñones trancados). Ahí se conchabó, ayudando al trompa y atendiendo a los clientes, arreglando fierros menores, sin mucha dificultad.

    Pero un día algunos clientes empezaron a quejársele al dueño de los arreglos que él hacía. Que se le volvió a saltar la cadena, que los frenos se aflojaron otra vez y casi me mato, que el asiento no había quedado bien atornillado y se movía peligrosamente para los costados.

    El dueño lo encaró y le preguntó qué pasaba. Si era cierto o no lo que decían los clientes. Y él le contestó con su franqueza habitual. Sí, era cierto. Pero él lo hacía para que tuvieran que volver, y así les cobraba de nuevo los arreglos. Usted no se quejó cuando vio que estaba ganando más guita gracias a que los clientes volvían por nuevos arreglos, le dijo. Sos un banana, le dijo el dueño, es un papelón, y además muy mal negocio. Los últimos cuatro clientes que vinieron a quejarse ya me dijeron que ya no volverán más a este taller, que ahora le llevan las bicis a lo del Pocho, acá a la vuelta. Estás despedido, le dijo, dándole la espalda.

    Bueno, habrá que revolverse, se dijo a sí mismo, y salió de nuevo a la caza y a la pesca.

    La cárcel de Canelones tiene unas huertas que cultivan los reclusos para proveer de verduras a la cocina del penal. Gracias a un viejo conocido de aquellos tiempos, se consiguió un contrato para supervisar a los reclusos durante los trabajos en la tierra, porque como se trata de muchachos revoltosos hay que tenerles siempre un ojo encima. Y él, para poner un ojo encima, es flor de especialista, y para tratar con muchachos revoltosos ni te digo.

    Pasó un par de semanas y la cosa se empezó a enrarecer. El clima entre los cultivadores fue subiendo de temperatura, y rápidamente se fue formando una grieta entre ellos. Los que cultivaban el sector donde estaban los repollos (y otras hortalizas más, pero entre ellos les llamaban “los de los repollos”) estaba enfrentado con los del sector donde se cultivaban los zapallos (y otras hortalizas más, pero ellos los llamaban “los de los zapallos”). Hubo roces, insultos, desorden, conatos de peleas, que en este ámbito suelen terminar mal, habida cuenta, entre otras cosas, que a falta de cortes carcelarios estos muchachos manejan picos, palas y tijeras de podar.

    El director del establecimiento lo convocó a su despacho y le preguntó qué estaba pasando en la huerta donde él tenía que vigilar.

    Le diré que el dato me lo trajo uno de los guardias, que vio algunos de esos problemas entre los reclusos, le dijo el jefe. En realidad, debería haber sido usted el que me trajera la información y me propusiera alguna solución, ¿no le parece?, le agregó.

    En realidad no, dijo él. Yo no le iba a traer como un buchón los cuentos de los del zapallo, que son unos hache de pe, y destratan todo el tiempo a los del repollo. Que son unos tipos de primera. No, señor. Yo vengo vigilando que los del repollo le den una buena biaba a los podridos de los del zapallo, para que aprendan.

    El jefe no quedó satisfecho con esta respuesta y le pidió que él actuara con neutralidad, aplacando esas reacciones y no tomando partido a favor de los unos y contra de los otros. Que no se vuelva a repetir, le dijo con voz paternal.

    Al día siguiente hubo en la huerta una reyerta terrible en la que hubo 18 lesionados, algunos muy graves, que tuvieron que ser trasladados al hospital. Los guardias que mediaron en el conflicto reportaron que lo vieron a él blandiendo un rastrillo del lado de los del repollo, asestándole terrible golpe en la cabeza al cabecilla de los del zapallo.

    Al día siguiente le rescindieron el contrato por notoria falta grave, sin derecho a compensación por el resto del período.

    “Emigró” al norte del territorio nacional y consiguió un puestito de croupier en un casino clandestino con whiskería anexa en las afueras de la ciudad de Rivera. Manejaba la ruleta, tiraba la bola a girar en la canaleta, gritaba con voz aflautada “¡no va más!” y cantaba el número ganador.

    Como es corto de vista, más de una vez le erró al número ganador, causando el natural revuelo entre los apostadores, ya que tras el canto le metía mano al rastrillo de las fichas, entreverándolas, y la restitución de las fichas movidas generaba líos de todo tamaño. Tengamos en cuenta que los apostadores no eran por cierto niños de jardinera y más de una vez afloraron pistolas y facones, gritos y turbulencias, que es lo único que no precisan los establecimientos clandestinos. Tras el último episodio, que terminó con un apuñalado que fue curado por las muchachas de la whiskería para evitar el riesgo de que cerraran el casino, lo volvieron a echar.

    Ahora se gana la vida repartiendo a domicilio ejemplares de suscripción de una revista de pornografía política, y así la vamos llevando.

    Que le dure.

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