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    Loco de la guerra

    Un día Limónov fue y dijo: Me bañaré en todas las aguas que conozca. Y así lo hizo en océanos, mares, ríos, lagos, estanques y cañadas. En aguas prístinas donde se podía ver el fondo como si fuese a través de un vaso de agua o, mejor dicho, de vodka; con temperaturas cálidas y bajo cero. En aguas calmas y turbulentas, de colores verde turquesa para turistas con pensión completa o marrón pútrido de cadáveres baleados.

    Otro día Limónov fue y dijo: Combatiré en todas las guerras que pueda, porque amo las guerras. Y fue a los Balcanes y se puso del lado de Miloševic. Y fue a Tayikistán, donde pululan los narcotraficantes de opio y los forajidos tienen nombres extravagantes como Rajmón Hitler y por las noches la gente duerme como una piedra a pesar de las ráfagas de metralleta. Y a Afganistán. Y a Kazajistán, donde lo acusaron de provocar con su grupo un levantamiento armado. Y a Crimea. Y a Chechenia. Y se paseaba con soldados en carros blindados. Y se emborrachaba con sargentos y coroneles que bebían más que él. ¿De qué lado estaba? Bueno, más o menos del lado de un paneslavismo estalinista anticapitalista, si eso quiere decir algo. Pero no busquemos claridad, la vida es un cúmulo de voluntades inconscientes y emociones románticas, nos cuenta Limónov, antes que ideologías precisas y predeterminadas. Cualquier guerrilla de los 90 le venía bien, menos la causa de los chechenos, claro, gentuza del Islam. El asunto es salir y empuñar armas. Y que los tilingos y débiles se queden encerrados viendo cómo pasan las cosas por sus narices sin ser partícipes de nada.

    Y otro día fue y dijo: Tendré muchas novias, rubias de largas piernas, modelos de revista, también punkies y militantes y, si es posible, de una edad que podrían ser mis nietas. Le encantaba que lo vieran paseando de la mano de su “nietita”. Y por ellas hizo de todo: se casó, se cortó las venas, se escapó de un psiquiátrico, les dedicó poemas desde la cárcel, las llevó a Moscú, a Nueva York, a París, a Roma y Venecia, por el mar Negro, el mar Blanco y el mar del Norte, a través del Danubio, del Volga y del Kubán. Y también les pegó. A veces las nietitas se ponían un poquito histéricas y necesitaban una corrección.

    Y otro día fue y fundó un partido, el 1º de mayo de 1993: el Partido Nacional Bolchevique (PNB), que al principio manifestaba con sus banderas rojas con una granada estampada en el centro y carteles que decían: “¡Lárgate, Putin!”, y por supuesto fue prohibido, y como tal su líder y fundador Limónov se comió alguna paliza y estuvo dos años preso en la cárcel de Lefórtovo, en Moscú. El encierro lo inspiró para escribir… nueve libros y reconsiderar algunas cosas, como que Crimea es de Rusia, no de Ucrania. Y eso que había nacido en Ucrania. Claro, en aquel entonces era parte de la Unión Soviética. Ah… si el viejo Koba viviera, estas cosas no habrían pasado. La catástrofe comenzó con el imbécil de Gorbachov.
    Pero lo mejor que hizo, y de inmediato se dio cuenta con la desenfrenada existencia que cargaba, fue escribir. El punk vagabundo y rebelde en la URSS, el joven pelagatos hastiado de todo y que nada tiene para perder, el poeta y escritor, el mujeriego, el soldado romántico, la bestia apostada detrás de todas esas máscaras no podía permanecer callada. Hasta el momento lo conocíamos por la biografía Limónov (Anagrama, 2013), de Emmanuel Carrère, que será llevada al cine por el polaco Pawel Pawlikowski, el notable director de My Summer of Love, Ida y Cold War. Pero ahora conocemos directamente a Limónov gracias a El libro de las aguas (Fulgencio Pimentel, 2019, 350 páginas), una especie de relato personal en torno a todas las aguas en las cuales se bañó, y que incluyen además de océanos, mares, ríos, lagos y bahías, los saunas y las fuentes que conoció y las lluvias que lo marcaron. Dice Limónov: “Calentar agua cuesta mucho dinero. Por eso los franceses se lavaban, y se siguen lavando, con menor frecuencia que otros pueblos. Ocurre lo mismo con los italianos. Solo dos pueblos tienen agua de sobra, rusos y americanos. Abres el grifo y el agua fluye…”.

    Estamos ante otro caso donde es necesario separar la política, sobre todo cuando es realmente infecta, de la literatura. El libro de las aguas tiene un buen número de aristas bolche-fascistoides, además de una antipática devoción por las Kalashnikov y todas esas cosas. Una cronología final nos informa que Limónov quiso ser en algún momento jefe de la policía secreta rusa, antes que participar en cualquier cargo de tipo cultural. También creía que algunos pueblos debían integrar listas negras, particularmente los croatas y los chechenos. En 2015 propuso, como columnista de los medios oficiales rusos, expatriar a los intelectuales y disidentes de la oposición.

    Quedémonos con el hombre que construye lirismo sobre estos cimientos putrefactos, oscuros, locos. Con el rebelde al que un día se le dio por bañarse en una fuente de la Quinta Avenida, a la altura de la Calle 42, en pleno Manhattan. No solo se bañó: también buceó. Se podría decir que buceó entre los rascacielos y le costó la pérdida de los lentes de contacto. Solo los lentes, porque se rajó antes de que llegara la policía.

    O con el poeta maldito capaz de destilar belleza a través de la imagen de otra fuente, esta vez en el jardín de la Tullerías, en París, donde vivió 14 años. Limónov recuerda a un hombre disfrazado de capitán que alquilaba barquitos de juguete para los niños, pero al instante le brota el bicho y aclara que muy cerca de allí, en la plaza de la Concordia y durante la época de la revolución, estaba ubicada la guillotina. Ah… la guillotina. Vemos la cabeza de Luis XVI rodar a nuestros pies. Les seguirán otros aristócratas y otros burgueses. Se lo merecen, diría nuestro poeta de la guerra.

    No hay dudas: es un buen escritor, aunque el personaje le gane por varios cuerpos. Es capaz de evocar los desangelados edificios vacíos y galpones que bordean una parte del Támesis londinense, la que a él más le gustaba, bajo un cielo amarillo pálido, donde le pidió que lo llevara en auto una novia inglesa que tuvo.

    O de traer a un primer plano con frescura un día soleado en el que hay patinadoras en traje de baño, vendedores de helados, hippies drogotones y jóvenes con camisas floreadas en Venice Beach, California, en una visita relámpago que hizo al Pacífico en 1976. Por no hablar de los personajes que se han cruzado en su camino, temibles y también cinematográficos. Sobran pasajes en los que uno sospecha si Limónov no ha vivido una vida escenificada conscientemente, si no ha decidido atraer hacia sí un teatro del horror en el cual el primer extasiado con el espectáculo es él mismo.

    Eduard Savienko, más conocido como Limónov aunque también podría ser Eduard, el Aceitoso, falleció el 17 de marzo pasado y no a causa del coronavirus, sino debido a un par de cirugías complicadas en un cuerpo ya de por sí complicado por los golpes y achaques de una vida ultraintensa y de aventuras demenciales. Fueron 77 años, pero perfectamente podrían haber sido 770. Muchos baños, en muchas aguas.

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