En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, tu plan tendrá un precio promocional:
* Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
¡Hola !
En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, por los próximos tres meses tu plan tendrá un precio promocional:
* Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
¡Hola !
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
Para el cineasta Bernardo Bertolucci, que falleció el lunes 26 a los 77 años, Mayo del 68 fue idílico, el último momento en el que los jóvenes quisieron cambiar el mundo. Bertolucci entonces era uno de los tantos adolescentes que se entusiasmaba con la revolución. El tiempo fue pasando y sus ideas políticas radicales se fueron limando. El negro comenzó a tener matices grises y el blanco a ensuciarse (“Desde hace ya mucho tiempo soy alguien que vive asaltado por continuas dudas”). En una palabra: Bertolucci dejó de ser joven. Pero nunca cambió su pasión por el cine, por crearlo y disfrutarlo. En los 60, más allá de las ideas marxistas, trotskistas o maoístas, la gran revolución de las imágenes la había instalado Jean-Luc Godard con Sin aliento (1959), película libertaria desde todo punto de vista, efervescente, inoxidable, que Bertolucci vio cantidad de veces. Y marcó a su cine de modo implícito y explícito, como en Los soñadores (2003, con Eva Green y Michael Pitt), ambientada en Mayo del 68 y un declarado homenaje a Godard.
¡Registrate gratis o inicia sesión!
Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
El padre de Bertolucci era poeta y en su casa resultaba común que las evocaciones, las asociaciones y los pensamientos destilaran musicalidad y más de un sentido. Lo que se dice significa más de lo que se dice. La palabra desborda a la cosa.
Una de las grandes películas de Bertolucci es una de las menos conocidas: Besieged (1998), sobre un pianista de familia acomodada, que es David Thewlis, y una empleada africana ilegal que trabaja en su casa, interpretada por Thandie Newton. Una historia de amor prácticamente sin palabras, con gestos, sonidos, pequeñas notas musicales y una sugerente ambientación.
Vivía en el cuarto piso de un edificio de apartamentos, donde también tenía su domicilio Pier Paolo Pasolini (primer piso), y un día recibió una invitación de este para que fuera su ayudante de dirección. Con Accatone (1961), el primer largo de Pasolini, un jovencísimo Bertolucci abrazó el cine como su modo de vida. De hecho es un guion del propio Pasolini el punto de partida para la perturbadora La commare secca (1962), ambientada en un parque cuando cae la noche, la primera realización de Bertolucci. A partir de allí su cámara no dejaría de moverse, de ser una protagonista tan importante como los actores.
Mundialmente conocido gracias a Novecento (1976), con un gran elenco (Depardieu, De Niro, Burt Lancaster, Dominique Sanda) pero excesivamente larga, igual que El último emperador (1987, nueve premios Oscar, incluyendo mejor película y director), Bertolucci deslumbró a los cinéfilos con El inconformista (1970, sobre novela de Alberto Moravia), que es mucho más que el ascenso al poder de un fascista con el rostro de Jean-Louis Trintignant. Estamos ante un retrato de notoria belleza plástica iluminado por Vittorio Storaro, que también descubre caos y podredumbre. La luz del renacimiento sobre la caverna humana.
De aire más urbano y jazzístico (Gato Barbieri en la banda sonora) y con un considerable escándalo en el momento de su estreno y aún en nuestros días, tenemos Último tango en París (1972), el baile entre los desconocidos que interpretan Marlon Brando y María Schneider. Parece que Brando y Bertolucci violentaron —uno haciendo, el otro filmando— a Schneider en la famosa secuencia de la manteca. La película tiene un final inolvidable: Brando en el balcón con los ojos desorbitados por el balazo, pega el chicle en la baranda antes de quedar en posición fetal.
La luna (1979), con Jill Clayburgh, era rara y claustrofóbica, y también se puede decir lo mismo de Tú y yo (2012), basada en una novela de Niccolò Ammaniti, que resultó la última película filmada por el cineasta. En ambos casos descansa un tema recurrente: la sexualidad en la adolescencia.
Este poeta enamorado de la luz que había nacido en Parma en 1941, que se casó tres veces pero no tuvo hijos, también filmó Refugio para el amor (1990), con Debra Winger y John Malkovich, sobre novela de Paul Bowles. Otro peliculón: las doradas arenas del desierto, los turistas errantes que se transforman en beduinos, la soledad y la desaparición del ser humano en una naturaleza seductora y envolvente.
El cine es un arte colectivo y una de sus químicas esenciales es el juego interpretativo. “En el fondo”, dice Bertolucci, “todas las películas son historias de amor entre la cámara y los actores”. Y recuerda un consejo que le dio Jean Renoir en Los Ángeles en 1974 y que se aplica a los actores, a la sorpresa de un cambio y a lo que puede traer la vida en general:
—Siempre debes dejar una puerta abierta, porque nunca sabes cuándo querrá entrar alguien.