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    Los ascensoristas del Parlamento

    Sr. Director:

    En estos carnavales, y antes de que empiece el nuevo año civil, digamos, y luego de ver pasar por redes sociales mensajes variados relativos a la respetabilidad de promitentes y de salientes funcionarios, me parece que antes de sumar reenvíos y “likes”, cabe la siguiente reflexión elemental sobre la respetabilidad.

    Tendremos un Parlamento surtido y multicolor, con gran renovación de bancas y votos y anuncios magnánimos, que descuento no hacen prácticamente mella alguna en el espíritu de la ciudadanía.

    Apuesto cualquier cosa que, si alguno de los que ingresan, en su discurso hubiera comprometido eliminar los puestos de ascensoristas del Parlamento, mandándolos a trabajar a una escuela, por ejemplo, sí haría mella en el respeto ciudadano para su investidura.

    Obviamente que los ascensoristas y otros floreros no cambian el presupuesto, pero lo que sí cambia el sentido de respeto institucional. Que las organizaciones públicas no sean un ámbito de acomodar seudotrabajadores es el primer paso para que merezcan la atención y el respeto ciudadano.

    Acaso la gente que tira papeles, plásticos y cualquier porquería en la calle ¿no está replicando el largamente sostenido ejemplo de la Intendencia de Montevideo con la limpieza?

    Acaso las filas para presentarse a trabajos públicos de ascensoristas y taquígrafos ¿no son a cuenta de quienes crean y sostienen puestos absurdos y anacrónicos?

    ¿Tendremos un país de ascensoristas? ¿O tendremos alguno —uno solo al menos de los juramentados funcionarios— que tenga el coraje de revisar esta triste cultura de sostener malas prácticas institucionales?

    Supongo que nadie espera que con el nuevo gobierno brote maná del cielo, ni aparezcan megasoluciones mágicas ni inspirados gurúes que arreglen el mundo con discursos maravillosos y con leyes sobre la felicidad. Pero sí puedo decir que algunos todavía tenemos la esperanza de que esta renovación institucional ayude a que cada uno desde su lugar tenga la oportunidad de revisar el valor de la responsabilidad que le fue otorgada, y que, lejos de la desidia generalizada que inspiran, nos haga sentir un profundo respeto por su labor.

    Porque, si hay un futuro respetable, no es el de ascensoristas y gente durmiendo en las veredas.

    Escribo esto por el respeto que me inspira mi pediatra de 90 años, la Dra. Lil Cardozo, por su compromiso desde siempre inagotable por un país mejor, a prueba de ascensoristas.

    Irene Pazos

    CI 1.736.292-2

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